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Tachas 485 • Otra Mujer y Nada Más • Mabel Barnes

Mabel Barnes

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Tachas 485 • Otra Mujer y Nada Más • Mabel Barnes

Cuando la familia y amigos de Lizy la vieron llorando en su boda se sintieron felices por ella, así que no resistieron y llamaron al fotógrafo para que capturara ese momento. Al verla silenciosa, envuelta en su costoso traje de novia importado desde Europa, aquellas lágrimas sólo podían significar la profunda emoción que sentía al unir su vida a un hombre como Erick. Todos pensaron que Lizy era una mujer bendecida, joven y hermosa, con una carrera emergente y ahora casada con un hombre maravilloso. Ella, sin embargo, era la única que conocía el verdadero motivo de sus lágrimas.

Se conocieron hace poco más de un año. Ella había asistido a una fiesta muy lujosa en el centro de la ciudad, era la primera vez. Después de todo, su carrera como modelo estaba recién comenzando, pero ella estaba optimista, esperanzada. Había venido a la capital en busca de oportunidades, su rostro de muñeca y su cuerpo atractivo fueron el pase de salida de aquella vida ordinaria que tenía junto a su familia, pasando de estudiante mediocre a modelo principiante. 

Cuando lo vio solitario, bebiendo una copa de vino junto a la ventana, fue como si su corazón se estremeciera. Aquel joven vestido impecablemente, con un traje finísimo y zapatos elegantes parecía una estrella de cine, uno de esos hombres que ella solo había visto en las series de televisión.

Tres meses después ya vivían juntos, a Lizy no le importó que algunos amigos pensaran que era muy pronto y que debía conocerle más. Después de todo, su familia vivía fuera de la ciudad y ella se sentía sola. Erick le había ofrecido ese cuidado y compañía que necesitaba, él era un hombre joven, pero tenía la tranquilidad y paciencia de una persona mayor.

Luego de empezar su relación la carrera de Lizy mejoró como por arte de magia y su novio por otra parte no escatimaba en darle lo que ella deseara. Ropa, cenas en lugares hermosos o joyas que jamás soñó poseer. Era como si supiera lo que la mujer más anhelaba, como si al mirarle con esos ojos profundos pudiera leer su mente y así satisfacer todos sus deseos. Su vida entera había dado un giro y en efecto, aquella transformación recién estaba empezando.

La novia radiante tomo una copa de champaña de la mesa, mientras el novio saludaba a sus colegas, quienes le felicitaban por la boda. Ella bebió con prisa, hasta que la copa estuvo vacía en sus manos. Erick, ahora era su esposo, las dudas habían terminado, él la había elegido, pero eso no era lo más importante para ella, lo más interesante y sorpresivo era la certeza de que ella lo había aceptado a él. 

La joven no recordaba exactamente como había sucedido, simplemente fue el pasar de los meses lo que le permitió compartir más con Erick y comprender, poco a poco, su verdadera naturaleza. Notó que se dedicaba a su trabajo con gran entusiasmo, una virtud, que extrañamente hacía ruido en su mente sin cesar, sus palabras y alusiones empezaron a tomar forma y significado para ella. Él siempre dejaba documentos tirados por la casa, demandas que iniciaba la compañía en la que era socio accionista, resoluciones que favorecían siempre a la empresa y despojaban a los clientes. 

La jovencita comenzó a poner atención a sus comentarios, a su exaltado ego, a sus risas y burlas frente al televisor cuando algo triste o cruel aparecía. Él le pedía que se sentara a su lado y luego no ocultaba su total indiferencia frente al sufrimiento de otras personas. Lizy lo escuchaba a menudo proferir amenazas por su teléfono, lo veía mirar con desprecio al camarero que les servía o burlarse sin reparos de los más desposeídos, calificándolos como inútiles o paracitos.

Al principio pensó que no era nada serio, pero pasados ya seis meses de relación lo sabía, Erick era, sin lugar a dudas, una mala persona. Ella nunca era el blanco de su maldad, claramente, pero si era testigo de cuanto hacía y decía. 

Esa noche mientras bailaban el vals, Lizy vio como su familia le observaba con admiración, nunca pensaron que una niñita como ella, que había dejado la escuela para vivir del modelaje fuera capaz de atrapar a un chico como este, educado, culto y lleno de talentos. La habían subestimado siempre, pensó, pero ella tenía una característica que la hacía perfecta para aquel sujeto, ella era una buena chica, una buena hija, una buena mujer ¿Lo soy verdad? Se cuestionó mientras daban giros en la pista iluminada ¿soy una buena esposa verdad? Él le sonreía complacido.

Ella se volvió poco a poco la callada cómplice de su amado novio, quien con el paso del tiempo comenzó a confiarle sus “travesuras”, le contaba sobre importantes negociaciones exitosas, donde se apropiaba de hogares, cuyos dueños no podían pagar la hipoteca.  Le sonreía entusiasmado cuando recibía bonificaciones extra por eliminar a clientes riesgosos de las pólizas de seguro, aun sabiendo que esas personas desprotegidas eran en su mayoría ancianos o enfermos. Luego, le traía algún par de zapatos de diseñador, haciéndola de algún modo participe de todo aquello. Lizy solo le sonreía de vuelta, sin opinar o cuestionar, luego lucía sus obsequios en las fiestas de la compañía, donde todas las mujeres la envidiaban sin disimulo.

A veces él la observaba con curiosidad, con sus bellos ojos brillantes que la recorrían por completo. Lo que en un hombre cualquiera podría ser interpretado como interés, en Erick resultaba inquietante. Lizy sabía que con su novio siempre había algo más. 

Le había pedido matrimonio en su cumpleaños número veinticinco, en la fiesta frente a toda su familia y amigos. El diamante era brillante y la joven cegada por aquel brillo había aceptado con el simple movimiento de su rostro pálido. 

En aquel tiempo su prometido soltaba de pronto alguna de sus burlas e incluso, una vez le comentó, sin reparos el suicidio de una colega de la empresa. Adriana, una secretaria a la cual siempre molestaba por un defecto físico, que hacía extraño su caminar. A Lizy no le costó unir los cabos y responsabilizarlo de los hechos, pero a él no le importaba. Era como si quisiera exponerse frente a ella, como si disfrutara de su monótono silencio y de sus miradas llenas de preguntas que jamás lograban llegar a su boca.

Una tarde, sin embargo, sus sentimientos se salieron de control. Una compañera de la agencia de modelaje renuncio, ella hace un tiempo le había quitado un importante empleo a Lizy, pero se retiró de pronto por una tragedia familiar. El pequeño hijo de la mujer había sido arrollado la noche anterior por un vehículo lujoso y ahora su madre, que lloraba desconsolada su muerte no podía trabajar, dándole el lugar a ella. 

Cuando llegó a casa esa tarde, entró directo a la cochera, revisó histérica el parachoques del auto que su novio había usado anoche y aunque no encontró nada que le incriminara, el hecho mismo de pensar en algo tan terrible acerca de él, le confirmó que todo estaba mal.

Subió llorando las escaleras, buscó su maleta, una maleta italiana que Erick le regaló para su primer viaje juntos. Comenzó entonces a revisar los cajones, a guardar su ropa y objetos personales. Deseaba terminar pronto esa tarea, no quería verlo antes de partir. Mientras lo hacía, algunas fotografías de ella y su prometido comenzaron a aparecer ¿Realmente eran la pareja perfecta de esas imágenes? Viajes, paseos y un montón de lugares hermosos enmarcaban su relación, pero algo oprimía el pecho de la joven.

Estaba decidida a pesar del dolor, a pesar de saber que todos le dirían que no encontraría a otro hombre como él. En ese momento casi pudo escuchar a su madre, diciéndole que si estaba loca al alejarse de un hombre rico. Imaginó a sus amigas defraudadas, ya que no podrían ser las madrinas de la boda. Incluso, pudo escuchar la voz de Erick, diciendo sin preocupación alguna, que no volviera cuando le extrañara. Sintió lágrimas caer por sus mejillas, se quitó el anillo de compromiso con tristeza, pero aún así continuó empacando. Se dirigió entonces a la caja fuerte, que su futuro esposo tenía en la parte inferior de un armario. Erick guardaba allí las joyas más valiosas de Lizy. Él nunca le ocultó la contraseña, por lo que ella pensó que existía cada vez más confianza y la verdad así era, ya que al abrir la cerradura electrónica, encontró mucho más que joyas, documentos o dinero.

Cuando hicieron el brindis, el primero como marido y mujer Erick sonreía, Lizy lo miró con ojos cansados y en su mente reconoció esa sonrisa, el blanco de su dentadura perfecta y el negro de sus sentimientos. Él levantó su mano y le acarició la mejilla, las fotos de ese momento serían sin duda hermosas. 

Aquella noche lejana, Erick encontró a Lizy sentada en el suelo junto a la caja fuerte abierta. Sobre la cama estaba la maleta, en la mesita de noche el anillo de compromiso y entre sus manos un viejo códice. En la antigua portada podía leerse Araziel. Él se acercó lentamente, con ese aire triunfante en sus labios. Lizy comprendió que nunca le ocultó su contraseña, porque en el fondo quería que ella lo descubriera. 

Durante el banquete la novia estuvo callada, mirando a los invitados disfrutar del exclusivo evento. Y cuando una chica se le acercó a felicitarla, ella solo respondió que estaba feliz de ser la elegida.

Erick le explicó que desde el inicio de los tiempos, él había tenido preferencia por las esposas humanas. Le contó amablemente que siendo lo que era, el caos y el mal eran parte inevitable de su vida. Pero, que si ella lo aceptaba, viviría una existencia llena de lujos y placeres. Mientras que, si salía por esa puerta, su vida sería una eterna miseria. No porque él pretendiera dañarla, sino porque el mundo se encargaría de recordarle rápidamente la verdad, que sin Erick ella sólo era otra chica de las afueras que quería triunfar como modelo. Que sin Erick ya no tendría joyas, ropa a medida, viajes por el mundo o una casa que todos envidiaran. Sería otra mujer y nada más.

Esa noche Lizy deshizo su maleta y volvió a colocarse el anillo de compromiso, antes de dormirse el toco su frente y le mostro como había muerto el pequeño hijo de su compañera. 

Ahora, mientras partían el enorme pastel y todos aplaudían, ella sabía que estaba atrapada y maldita. 

Las fotos de la boda, sin embargo, fueron maravillosas.

***

Mabel Barnes. Santiago, Chile. 1981. Licenciada en Filosofía. Profesora. 
 

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