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Tachas 502 • Bang • Absalom Ávalos

Absalom Ávalos

Imagen ceada con IA
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Tachas 502 • Bang • Absalom Ávalos

Clapton Shaw Ripley en una de sus canciones dijo que no pertenecía al paraíso. El único sobreviviente de aquel mal negocio hijo del jefe que había mandado estrangular a unos insurrectos ayudantes pataleaba enjundioso al interior de una cajuela de Lincoln Mercury que llevaba encendido el estéreo. El carro había sido estacionado en una bodega regularmente utilizada para trabajos especiales. 

La canción Layla de ese músico británico tildado con justicia slowhand dominaba el ambiente. Su voz aguardentosa importada directamente de Inglaterra era una delicia extravagante al oído de los hampones. El rehén aún en el interior del auto, amarrado de pies y manos tenía un espadrapo en la boca e insultaba a los agresores en gemidos apenas descifrables. 

What’ll you do when you get lonely, and nobody's waiting by your side? 

—Sácalo de ahí, siéntalo adentro en los bancos y ‘orita lo empezamos a interrogar. 

—Mejor un balazo en la jeta, comanche.

Vociferó el ridículo amateur, el fiel “chaleco” de Mackey, trigueño e impulsivo, con dificultad alcanzaba a medir un metro y medio, tenía la mirada perdida y el seño fruncido en tic de asesino en serie. Era judicial a razón de una cinefilia hollywoodenese enfermiza. Lloraba con las canciones de Erick Clapton y fumaba y bebía como si quisiera morir a los 30. Lo único que pasaba por su mente en ese rato era matar al jefe, al que estaba por encima de todo, al que había liquidado a su hijo por causa de ese mal negocio. 

—Que lo saques de ahí, voy a entrar. —dijo Mackey.

El comandante se dirigió al baño. No podía negar que Elvis tenía los güevos necesarios para el oficio y una izquierda madrugadora que cuando llegaban por la feria semanal a los tugurios azotaba a mansalva en la nariz de los proxenetas que deseban sublevarse. No titubeaba un segundo. Culatazos de revolver. Sillas. Olor a humedad. Al regreso del jefe ya había sometido al rehén. El coro de la canción animaba ferozmente la escena. 

You've got me on my knees. Layla, I'm begging, darling please.

El comanche adoptó un aire paternal y con suma calma inició el diálogo:

—Por dónde empiezo hijo, en realidad nada más quiero saber dónde vive tu padre y una paga de seis cifras por tu rescate, no me obligues a hacerte daño por…

— ‘Orita nos va a decir donde vive.

Y un puño más enojado que Elvis estrellándose a destiempo en la nariz de la víctima provocando en el interrogatorio una pausa innecesaria.

—“Suavena” hijo. “Suavena y su arroz.” 

—Que “suavena” ni que mis güevos comanche, por este “junior” mataron a mi hijo, y si nos encuentra primero el patrón no va a ser “suvena”. Es más se me acabó la paciencia.

—¡Ah cabrón! Buenas con el paciente.

El sonido del cinturón interrumpió por un momento la escena completa, delante de los ojos sorprendidos de Mackey el imberbe desenfundaba su pistola y descargaba cinco balas del tambor dejando sólo una. Ante cliché peliculesco del disparo aleatorio solamente atinó a preguntar con la sonrisa burlona que no desaparecía nunca de su rostro:

—¿Lo vas a matar de una vez? 

Al hijo del jefe se le arrasaron los ojos de lágrimas, no podía pensar, no podía hilar una sola palabra. Balbuceó algo así como por-favor. Súbitamente una mancha de miedo fulguró en la bragueta bajando lentamente por su entrepierna.

—Me vas a decir lo que quiero escuchar junior, ¿dónde vive tu pa’?

Let's make the best of the situation, before I finally go insane

El modelo de guitarra preferido por Clapton (Fender stratocaster) era equivalente a la Ruger calibre .38 especial de Elvis que ahora presionaba incesante contra la frente descolorida de la víctima. El silencio pesaba toneladas. Con la mano desocupada le atizó otro golpe. El más viejo aguardaba detrás. En un ademán hizo girar con fuerza el barrilete de la pistola. Cerró. Retrocedió el percutor. Y tiró del gatillo. Ambos esperaban un clic nada más. La bala perforó la frente del rehén enseguida provocando una explosión de sangre, cráneo y bala expansiva. 

—Ora’ si no creo que hable. —pronunció atónito el comandante.


 

Aparte de la ausencia de aureola el fanático identificábase con Shaw Ripley porque también su hijo de cuatro años había muerto. No de una caída desde el piso 53 ni en Manhattan sino que había sido asesinado por el jefe a quemarropa. Al que buscaba. Ahora sentía un descanso apenas comparable con el estruendo. Hacía minutos que la canción ya no sonaba. Por reflejo el amateur se hincó para tomar el pulso del inocente que había de sosegar aquella incertidumbre inaudita, acción inútil puesto que el misil había pasado justo en medio de la masa encefálica. El homicida estaba de rodillas, estaba implorando algo. Evidentemente Layla no era el occiso. 

Y por supuesto al igual que Clapton, él tampoco pertenecía al paraíso.



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