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CRÍTICA

Tachas 530 • ChatGPT y escritura en el aula • Alejandro Badillo

Alejandro Badillo

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Tachas 530 • ChatGPT y escritura en el aula • Alejandro Badillo

Hace unas semanas tuve oportunidad de asistir a una conferencia sobre Inteligencia Artificial –ChatGPT, entre otras plataformas– y el trabajo en el aula con alumnos de educación media superior. El ponente nos animó a usar la IA en prácticas que podríamos llevar a cabo en nuestra labor cotidiana. Uno de los maestros participantes entró a ChatGPT y escribió algunos comandos para que el programa diseñara una clase con las características que necesitaba. Además, pidió ideas para complementar la hipotética sesión de clase. En un instante tuvo el resultado que compartió, felizmente, con los asistentes al curso. La pregunta inquietante que apareció en mi mente fue: ¿qué tan necesario es un maestro que, ni siquiera, puede planear su clase y, peor aún, no tiene ideas para desarrollar su trabajo? Al parecer, por las reacciones de los demás, fui el único que pensó en esto.

El solucionismo tecnológico, es decir, la fe en que la tecnología resolverá tarde o temprano nuestros problemas, es la ideología dominante en nuestra época. En la escuela –el lugar en donde se moldea el pensamiento de los futuros profesionistas– es común pensar que cualquier innovación tecnológica es buena por sí misma y, de esta forma, más nos vale adaptarnos a las nuevas tendencias, cuya caducidad es cada vez más rápida. Muy pocos se detienen a pensar en las consecuencias de nuestra interacción con las máquinas y sus algoritmos y, casi nadie rechaza el nuevo producto promocionado por Google o cualquier otro corporativo, cuya influencia es cada vez mayor en la educación. Al contrario: hay una carrera para certificarse en las habilidades necesarias para manejar las novedosas aplicaciones que surgen cada mes, en lugar de pensar si debemos ir en una dirección contraria.

La crítica a la tecnología en el aula es a menudo tachada de conservadora. Nos bombardean todo el tiempo con la idea de que la adaptación es una ventaja por sí misma. Si no te unes a la nueva ola estás renunciando a las promesas del mundo moderno. Sin embargo, en los años recientes hemos visto estudios que demuestran la influencia negativa de la tecnología en el aprendizaje, sobre todo cuando no se regula su uso. Muchos dirán –algo que ya se ha vuelto un lugar común– que la civilización siempre ha evolucionado: pasamos de la escritura manual al uso de máquinas cada vez más sofisticadas; la fuerza animal para transportarnos fue sustituida por los combustibles fósiles. El punto crítico del siglo XXI es que las máquinas que hemos creado invaden nuestra vida y, además, forman parte de un ecosistema que nos condiciona como nunca antes en la historia de la humanidad. No sólo es el déficit de atención de los alumnos que apenas pueden despegarse de las pantallas de los celulares, es la idea problemática de que podemos delegar nuestro pensamiento a la tecnología para resolver nuestros problemas. El caso más dramático es, justamente, la escritura. Cuando inició la fiebre por el programa ChatGPT me di a la tarea de investigar en qué consistía esta herramienta. Como es del dominio público, la IA aplicada a la redacción de un ensayo escolar consiste, básicamente, en especificar el tema y otras características del texto para que, en cuestión de segundos, aparezca el producto terminado. Quizá lo más sorprendente de todo es que manuales de publicaciones como APA ya incluyen formatos para citar a ChatGPT en textos académicos. En este caso, por ejemplo, se usa el programa como un motor de búsqueda que ofrece, en lugar de páginas de internet, líneas de texto coherentes que proporcionan definiciones o argumentos sobre cualquier tema. Parece –si entiendo bien– que sería más sencillo el uso de fuentes tradicional.

La aplicación de la IA a la escritura académica plantea una problemática que se suele evitar por sus implicaciones: la producción de trabajos escritos en el aula como parte de un proceso irrelevante para el alumno. Si la persona que escribe lo hace sólo para cumplir algo que no es significativo para ella, entonces optará por delegar la tarea a alguien más (en este caso una herramienta tecnológica). De hecho, desde hace años se ha documentado que estudiantes de países como Inglaterra, Estados Unidos o Australia, compran ensayos producidos por estudiantes de África y otras regiones del Sur Global. Si profundizamos aún más en por qué un alumno decide no escribir, tendríamos que cuestionar la libertad que tiene para hacerlo en el aula, y el acompañamiento que le puede dar el maestro para que la creación de textos sea algo tan personal que, en ningún momento se deba recurrir a un elemento artificial, pues sustituiría ideas que son valiosas y que forman parte de nuestra identidad. El callejón sin salida para recuperar la escritura es que se ha construido un sistema educativo que funciona sólo en términos de productividad y para obtener certificados. También se ha transformado al maestro en un burócrata que gestiona el trabajo de cientos de alumnos y que, por supuesto, jamás tendrá tiempo de fungir como un tutor que conozca los intereses del otro y, mucho menos, le anime a descubrir el reto y el placer de escribir. Mientras esta situación no cambie, problemas como el plagio y la improbidad académica seguirán aumentando. La tecnología se convertirá en una guerra sin final en la que se desarrollarán programas más sofisticados de escritura artificial que tratarán de burlar sistemas de detección de plagio de nueva generación. El fondo del problema, es decir, haber convertido el acto de escribir en algo irrelevante para el alumno, seguirá sin atenderse.  

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Alejandro Badillo (CDMX, 1977) es narrador, ha publicado tres libros de cuentos: Ella sigue dormida (Fondo Editorial Tierra Adentro/ Conaculta), Tolvaneras (Secretaría de Cultura de Puebla) y Vidas volátiles (Universidad Autónoma de Puebla); y la novela La mujer de los macacos (Libros Magenta, 2013).


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