ENSAYO
Tachas 684 • Cuando una mujer (se) escribe • Katherine Villa Guerrero
Escribir-se
Cada carnaval, mi tía madrina solía salir de la casa de la abuela con un traje compuesto por un armazón negro que le cubría desde el nacimiento de sus pechos hasta los tobillos. Entre esos dos bordes, la rodeaban arandelas de organza rojas, verdes y amarillas. El traje, lo completaban accesorios brillantes que emergían de su cuello y de sus orejas, y en su cabeza, tres flores de cayenas coronaban su peinado.
Sin falta, la observaba correr y alejarse. Desde la ventana, fantaseaba con la idea de ir allá donde ella bailaba. Me quedaba mirando hasta que mi tía cruzaba la calle y se esfumaba con todo y vestido. Luego, la abuela me invitaba a moler el maíz. Para animarme, celebraba mi resistencia — casi olímpica— para triturar con el pequeño molino grandes cantidades de aquel grano, con el que armaba pequeños bultos que parecían hombrecillos y mujercillas, que luego serían devorados por otros. Mientras daba forma a sus amasijos, refunfuñaba de las carnestolendas, de las lentejuelas y canutillos que habían entorpecido la escena de su inmaculada casa. Contrario a lo que decía, yo suponía que la vida estaba justo en ese umbral que mi tía, con astucia, atravesaba.
Tendría unos 13 o 14 años cuando después de mucha insistencia, conseguí tranzar los regalos de navidad, el de cumpleaños, el disfraz de Halloween y las medallas del colegio, por aquel vestido centellante. Mi tía me había regalado ese umbral. Por fin, en ese primer carnaval, ya era suficientemente grande para bailar la danza del garabato.
En la danza del garabato, los bailarines —hombres y mujeres— se ubican en dos líneas rectas, danzando al ritmo de los tambores. Las mujeres mueven los hombros, animan al público, coquetean y se intercalan en coordinados movimientos con los compañeros de baile (al menos ese era el pedido del coreógrafo). En algún momento, la música se detiene y la muerte, con una guadaña y con su cara pálida y larguirucha, irrumpe en la escena. El caporal, que representa la vida, tiene que batirse a duelo con ella. El único objeto que porta para defenderse es el garabato, que no es otra cosa que un palo de madera con forma de gancho en uno de sus extremos y que lleva colgadas unas cintas de colores rojo, amarillo y verde. El garabato no es solo de uso exclusivo del caporal: lo poseen todos los hombres bailarines.
Volviendo a la contienda, cada golpe que le encesta la muerte al caporal es sufrido por los danzantes, hasta que el tambor deja de sonar y, en medio de un silencio estridente, se anuncia que la muerte ha triunfado. Acto seguido, el caporal se despierta y, en un último asalto, vence a la parca. Los bailarines se levantan de su letargo: la fiesta sigue, la vida sigue.
En el debut tuve mala suerte. Cuesta abajo, cuando la tarde se apagaba y los tambores disminuían su estridencia, casi me voy de nariz al ver, en primera fila, a la profesora de religión. Yo sabía que el castigo estaba cantado, escrito. La clase comenzó temprano ese lunes; la profesora, maniática del estricto orden, inició la lista de abajo hacia arriba. Ya me había ganado la lotería la tarde del domingo, mientras movía los hombros, hacía figuras de abanicos y agitaba la falda y las caderas. Diabólicamente, decidí que si la muerte, la tarde anterior, me había dejado bailar, ella no me vencería. Leí la tarea con tanta vivacidad que no tuvo de otra que colocarme un perfecto y redondo diez, mientras mis amigas desorbitaban sus ojos para decirme, con ellos, que volteara la libreta: la tenía al revés.
Uno nunca sabe cuándo será su último carnaval. No recuerdo con exactitud cuando me trasladé del pavimento ardiendo a los bordillos abarrotados de gente. En los vericuetos de la memoria, no es posible rescatar la fecha en la que colgué el vestido en el ropero, ni cómo, a pesar de ello, al menos casi una vez por semana, el vestido se descolgaba para aparecer y desaparecer mientras dormía.
En ese sueño que se tejía entre el umbral de la ventana y el vestido, siempre llegaba tarde a bailar la danza del garabato. Los bailarines se alejaban cuesta arriba; no podía alcanzarlos, no lograba seguirles el ritmo. A veces, el vestido desaparecía y, en su lugar, solo podía ver los palos de madera que se erguían por encima de la cabeza de los hombres. Sentía la mirada inquisidora del público: ¿qué hacía una mujer bailando sola?, ¿por qué me había quedado atrás del pelotón de baile?, ¿si no tenía un vestido, entonces estaba desnuda?
Despertaba sudorosa, cansada de haber corrido por todas las avenidas de esa ciudad onírica, que da lo mismo si es en Barranquilla, en Venecia o en Río de Janeiro. El carnaval era el pre-texto para eso que había vivido como a-tras/zado.
Recuerdo alguna vez a mi analista, preguntándome cual era la canción —¡sí, la canción! — que escuchaba en aquel sueño agónico que se repetía como castigo divino. Musité que era una canción de amor. No sé cuántas sesiones transcurrieron antes de recordar que aquella melodía se llamaba: Te olvidé ¿Cómo pude haberlo olvidado? En alguna sesión, apareció la letra: yo te amé con gran delirio con pasión desenfrenada tarareé….
Como una niña que encuentra un tesoro enterrado en el patio de su casa, descubrí que el garabato no era solo un palo de madera dura. El garabato es el primer trazo, ese primer intento de escritura que aparece justo allí donde faltan las palabras. Yo quería garabatear, es decir, escribir en el papel, rayarlo a mi manera. Había descubierto el nacimiento de una vieja lengua que ya no podía hablar, pero que resonaba en el cuerpo. Había encontrado retazos del mapa de una patria infantil que se traslucía y solapaba en las comas, los puntos seguidos, los puntos finales, los puntos suspensivos. En las insondables preguntas sobre las palabras, las pausas, las conclusiones.
Escribir es descompletarse. Faltan las ideas, el papel es demasiado blanco. Como por arte de magia, desaparece la palabra clave, la llave maestra. Y ronda la idea — tan antigua y fantasmal— de que todo ya ha sido escrito. ¿Puede haber algo más bello y aterrador que la página en blanco?
Cuando alguien llega a un psicoanalista, asediado por lo que se la ha escrito en el destino —familiar, en el deseo de los padres, en el inconsciente—, algo está por escribirse, y no cesa hasta que puede hacerlo. El lapsus, los olvidos, los sueños, los síntomas, eran acontecimientos poco importantes hasta que Freud, en el encuentro con la escena del inconsciente, pone eso marginal a hablar o mejor aún, a re-escribirse.
El trabajo analítico tiene mucho de ficcional, y en ese sentido, se escribe bajo el dictado del inconsciente, por el dictado de los significantes de cada uno. ¿podemos escribir lo que no se puede decir?
Cuando una mujer se escribe.
Freud recurrió a modelos metafóricos para dar cuenta del funcionamiento del aparato psíquico, por ejemplo, el sueño es comparado con una escritura jeroglífica. De este modo, el aparato psíquico funciona como una máquina de escritura, una, que en términos lacanianos diría que no cesa de escribir, ¿de escribir qué cosa? la verdad que se sirve de la deformación, del desplazamiento, de la condensación, para poder ser dicha a medias.
Hace pocos días, mientras me encontraba preparando esta escritura, recibo el mensaje de una paciente, me comparte la frase de un libro que está terminando, mientras se apresura a decir que está pronta a pasar a la habitación, para empezar el trabajo de parto. Me comparte el siguiente recorte:
Es la última etapa de mi vida; la muerte de mi madre, mi envejecimiento, la marcha de mis hijas, las visitas de mis nietos, el amor y el sexo después de los sesenta…
—Empezaste a escribir…
—El primer día de universidad, mi profesor de filosofía nos preguntó por qué psicología. Dije que mi prioridad no era ser psicólogo, sino que me interesaba lo que mueve a la gente. En aquel momento, no sabía cómo expresarlo con palabras, pero lo que me interesaba era el inconsciente en todas sus expresiones: en la práctica clínica, en el arte, en la política…
—¿En la escritura?
—¡Sí!
—En efecto.
«Solo la escritura es más fuerte que la madre». Escucho esa frase de Marguerite Duras, en el análisis. Los análisis no se componen de frases largas, al contrario; se componen de buena puntuación, como esa (Iaconelli, p.161) (Traducción propia).
El fragmento corresponde al libro “Analise” de la psicoanalista brasileña Vera Iaconelli. Respecto del recorte, la paciente atina a decir, que no entiende bien aquella frase, que sólo hace sentido cuando piensa en su propia escritura y su madre. Le digo que ha elegido un buen libro para el alumbramiento, para dar a luz.
El acto de escribir supone un trabajo directo con lo que falta, con lo que falla; es enfrentarse al abismo de lo real. No hay totalidad posible. En eso, la escritura se asemeja a lo femenino: se sitúa del lado de la invención.
En el Seminario 18, Lacan plantea algo que me resulta especialmente sugerente: la asociación entre la letra y el alumbramiento. Afirma que toda escritura feminiza. Con ello alude a la transmisión de una letra, al modo en que circula el contenido de una carta. Esta reflexión emerge en el marco de su lectura de La carta robada de Edgar Allan Poe. Cuando una palabra que no se esperaba se desprende del análisis, se consigo partir/parir algo nuevo, devenido del tesoro de los significantes.
La letra, la invención y las escrituras singulares
En la afirmación Freud respecto de la feminidad como un enigma, hay una invitación recurrir a los poetas, ellos, dueños de la invención de las palabras para nombrar incluso lo que no existe, nos ponen en la pista de ese más allá de lo fálico.
Las historias del origen del psicoanálisis nos legaron imágenes casi encriptadas de mujeres sufrientes, escritoras del dolor, del placer, del erotismo, que hicieron de sus cuerpos el lugar de inscripción de mensajes cifrados. No pocas veces, Freud quedó desarmado frente a ese enigma que las histéricas desplegaron. A veces, confieso aquí ante ustedes, me da miedo que la frase bastante citada de la mujer como un enigma, no sé si aquello responda a una necesidad, sobre todo masculina, de ubicarnos allí, para narrarnos.
Lacan ubica lo femenino del lado del Otro sexo, retomando y reformulando la célebre pregunta de Freud: “¿Qué quiere una mujer?” Al afirmar que “La mujer no existe”, no niega la existencia de las mujeres, sino que subraya que no hay una universal que las represente en el orden simbólico. La lógica fálica no logra dar cuenta del goce femenino, que se manifiesta como suplementario, fuera de la medida fálica. Lo femenino se articula como un nombre de lo real: aquello que en el ser hablante escapa, insiste y desborda.
No existe una esencia femenina, como tampoco la hay para el caso de lo masculino. Se trata de posiciones en relación a la inclusión del ser hablante, en el campo del lenguaje. Ubicar lo femenino y lo masculino como posiciones implica entre otras cosas, que una mujer podría estar del lado masculino, ¡cuántas mujeres no se ufanan de tener más pantalones que sus compañeros”. Cuando pienso en las fórmulas de la sexuación las interpelo como pre- escrituras. Lacan las presenta como fonemas, no son palabras terminadas, sino fonemas desde donde son posibles un gran número de movimientos. Entiendo que mi trabajo como psicoanalista implica una frontera, un litoral entre lo escrito y lo dicho.
En la conferencia de Ginebra, Lacan (1975) sostiene “simplemente por escritos yo quería señalar que de alguna manera eso era el residuo de mi enseñanza” (p.5), la palabra residuo la encuentro clave para pensar el estatuto de lo que se escribe en un análisis, en tanto no se trata de hacer escritores en el sentido cotidiano del término.
En el texto: “La escritura comienza donde el psicoanálisis termina”, Serge André (2000) afirma que:
A diferencia de un novelista, cuya vocación es la de mentir, de disfrazar, de falsificar o de silenciar, a la vez que, de confesar los elementos de su biografía, el sujeto en análisis (que llamamos el psicoanalizante) no sabe que está inventando”. (p.81).
En este mismo texto, cuyo título es muy prometedor, al menos en la vía por la que quiero llevar este escrito, André plantea “cuando el recorrido analítico ha tocado su límite cuando ya no hay más por decir al Otro, lo que queda es el gesto de escribir. La escritura recoge lo que el análisis deja caer: la letra, el resto, el trazo singular que ya no espera interpretación.
Si el análisis trabaja con la palabra hablada, sostenida en la transferencia, la escritura hace algo distinto: convierte el silencio en forma, el vacío en materia. Es el modo en que el sujeto continúa la experiencia analítica por otros medios, sin la mediación del analista, inventando una lengua propia para alojar lo indecible.
Lo escrito podría ubicarse en tiempo de entrada del sujeto en el campo del lenguaje, entrada que supone una perdida, eso que pierde es lo que Lacan denominó objeto a, esa letra agujerea lo simbólico, un resto cuya caída se produce gracias a la división entre el sujeto y el Otro. Un análisis apunta entonces, a aquello que está por fuera del libreto, a una gramática en la que se pone en juego la falta en ser. La experiencia de un análisis es una puesta en escena de litoral entre lo escrito y lo dicho, en tanto lo que se escribe es aquello que ha sido apalabrado, re- descrito, vuelto a decir, borrado.
Desde esta perspectiva, Hélène Cixous propone pensar la escritura femenina como el lugar donde puede hacerse oír algo de ese goce otro. Su apuesta no es esencialista, sino política y poética: escribir con el cuerpo, escribir desde la experiencia de un goce que no se deja reducir a la lógica de lo Uno. La voz, el ritmo, los silencios son marcas de esa escritura que resiste al sentido pleno. La escritura femenina, entonces, no nombra, no define, sino que trama, bordea.
Clarice Lispector (2015), en La hora de la estrella, nos ofrece un testimonio literario de ese goce otro. Su personaje, Macabea, enuncia una pregunta inquietante:
[..] de niña había visto una casa pintada de rosa y blanco, con un huerto en el que había un pozo con agua y todo. Era bonito mirar adentro. Entonces su ideal pasó a ser ese: llegar a tener un pozo solo para ella. Pero no sabía cómo hacer, de modo que preguntó a Olímpico: ¿sabes si una persona puede comprar un agujero? (p.54)
La pregunta que Macabea nos lanza, es si algo de ese aguajero de lo femenino puede hacer un lazo distinto, si lejos de comprarlo, podremos acceder algo de él. Es el agujero del deseo, del no saber, del goce. ¿Se puede comprar? ¿Se puede tener? No. Solo se bordea. Tal vez, se escribe.
No todas las mujeres que pasan por un diván devienen escritoras. Tampoco la escritura es condición sine qua non para un análisis. No es un mandato, ni un destino. La escritura, cuando irrumpe, lo hace como resto, como un eco que no pide permiso. No se escribe porque se deba, se escribe porque algo insiste, porque lo indecible encuentra en la letra un borde donde alojarse. La escritura no es un objetivo, sino un acontecimiento.
Lo que oferta un análisis — cuando hay analista— es el uso de la contingencia, del encuentro, para que el sujeto lejos de las significaciones universales, encuentre en su decir, un acto de poesía, de invención, que ocurre, una vez el sentido ha podido vaciarse, para alojar allí, un punto de fuga, un saber hacer con…
Entre la letra y la escritura, es necesaria la operación de un tiempo subjetivo, uno, en el que sujeto pueda narrarse, perderse en los laberintos del sentido, para encontrar en el sin sentido otro texto, un tiempo para despertarse por la ocurrencia de un sueño o un lapsus, y para que el analista como lector puntué y subraye el discurso.
Un análisis, supone entonces, el acto de leer, quizá cada vez mejor y menos difusa, esa opacidad del goce, leer las formaciones del inconsciente, descifrar sus huellas en transferencia para re- escribir otra historia.
Para escribir en un análisis habrá que encontrar la propia voz, lejos de los vericuetos ortográficos, de los puntos seguidos y de interrogación. Está en juego el cuerpo, su historia, la escucha de lo desechado, un regreso a las huellas y a los surcos que dejaron otras voces: lo infantil. Como dice Clarice Lispector, “escribir es la manera de quien usa la palabra como un cebo, la palabra que pesca lo que no es palabra” (p. 25).
Si algo tienen en común el poeta y el acto analítico es el estremecimiento de la letra: su movimiento, su distancia con el sentido, esa lejanía que hace irrumpir la voz propia. Lo poético no es la interpretación, sino la verdad que vacila entre las letras, los lapsus, el sueño. Es la resonancia del tambor en los bordes del cuerpo en una noche de carnaval.
Entonces vuelvo a la pregunta: ¿puede una mujer hacer lazo con eso que la excede escribiéndose? ¿Puede habitar esa falta no para llenarla, sino para dejarla hablar?
Este trabajo, propone escuchar/leer la reverberación de la escritura del no-todo. De una en una ¿Qué ocurre cuando una mujer (se) escribe?
Bibliografía
André, S (2000) La escritura comienza donde el psicoanálisis termina. Postfacio de la novela Flac, Acheronta. Revista de psicoanálisis y cultura, 11, 77-98. Recuperado de: https://www.acheronta.org/acheronta11/andre.htm
Cixous, H., & Moix, A. M. (1995). La risa de la medusa: ensayos sobre la escritura (Vol. 88). Anthropos Editorial.
Duras, M. (1994). Escribir. Barcelona: Tusquets
Freud, S. (1932-1936). 33 conferencia. La feminidad. En Freud. Obras Completas XXII. (pp. 104-125). Buenos Aires: Amorrortu.
Lacan, J.(2009), Seminario 18. De un discurso que no fuera del semblante, Buenos Aires, Paidós,
Lacan, J (1975) Conferencia en Ginebra sobre el síntoma. Recuperado de https://lacanterafreudiana.com.ar/2.5.1.25%20%20%20%20CONFERENCIA%20EN%20GINEBRA%20SOBRE%20EL%20SINTOMA,%201975.pdf
Lispector, C (2015) La hora de la estrella. Madrid, editorial Siruela.
Lispector, C. (2018a). Todos los cuentos. Madrid: Ediciones Siruela.
Lispector, C (2018b) Agua Viva. Ediciones Siruela.
Muschg, W. (1996) Historia trágica de la literatura. Fondo de Cultura Económica. México
Vallejo, I. (2019). El infinito en un junco: la invención de los libros en el mundo antiguo (Vol. 105). Siruela.
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Katherine Villa Guerrero. Docente e investigadora del Programa de Psicología en la Corporación Universitaria Minuto de Dios —UNIMINUTO—. Lidera el semillero Sinthome: Psicoanálisis y lazo social. Magíster en Psicoanálisis por la Universidad Argentina John F. Kennedy y Doctora en Teoría Crítica por 17, Instituto de Estudios Críticos.
ORCID: https://orcid.org/0000-0003-1896-2702
Correspondencia: gvilla@uniminuto.edu.co | kavigue@gmail.com