NARRATIVA
Tachas 641 • El Asesino Anónimo • E. Phillips Oppenheim
E. Phillips Oppenheim
El duelo —o tal vez vendetta— entre Norman Greyes y yo —conocido bajo muchos alias, aunque bautizado como Michael Sayers— comenzó hace unos años el tres de noviembre por la mañana, en el momento en que salí de mi casa en Brixton para tomar el tren en que viajaba todos los días a la ciudad y tuve que afrontar las probabilidades inmediatas de vida o muerte, allí mismo, en la calzada.
Debo reconocer que me tomaron de sorpresa. Yo conocía a todos los hombres de Scotland Yard, nombre y antecedentes y estaba convencido de que, en esa institución admirable, aunque a veces muy criticada, no había nadie capaz de penetrar el misterio de mi vida cotidiana y de descubrir que yo, Thomas Pugsley, corredor de artículos de cuero, que gozaba de óptima reputación establecido con negocio en la calle St. Thomas, en Bermondsey y también con domicilio en Woollerton Road, número 138, en Brixton, fuera el más temido, audaz y completo criminal de los tiempos modernos. Cuando vi que el oficial de policía acompañado de dos agentes vestidos de civil, cruzaba la calle en dirección hacia donde yo estaba, me di cuenta en seguida, de que había alguien más que intervenía en el juego. Aún en este momento, disponiendo de tan poco tiempo para observar, distinguí la bien recordada figura de un hombre, asomando detrás de las cortinas de la casa número 133, en la vereda de enfrente y en diez segundos comprendí, que si conseguía escapar, desde ese momento tendría que mover mis piezas con mayor cuidado en el tablero de la vida. Lo reconocí ni bien apareció en la ventana. Tenía ahora unos mechones grises, pero los ojos pardos, penetrantes, la boca que revelaba voluntad, la cara larga y delgada, no habían cambiado. Era el único hombre de esa época a quien temíamos, el hombre cuyo retiro de la policía habíamos celebrado con una comida en el Café Royal, a la que asistió un número reducido, pero selecto de comensales. El antiguo odio que sentía por él se encendió de nuevo cuando comprendí que había vuelto, motu proprio, a la antigua carrera que había abandonado. Me prometí a mí mismo que si llegara a presentarse la ocasión en que el destino de este hombre dependiera de mí, no le daría cuartel.
Era una calle corta a unos cincuenta metros de una avenida de mucho tránsito. Sin embargo, a esa hora temprana no había mucha gente, y como después lo supe, no hubo casi testigos de los movidos instantes que siguieron. He tenido siempre por principio que la mejor forma de defensa es el ataque decidido e imprevisto. Por lo tanto, en el momento en que el inspector abría la boca para comunicarme que estaba detenido, le disparé un tiro que le atravesó el omóplato derecho. Antes de que lo hubieran apoyado contra los barrotes de la reja y se hubieran repuesto de la sorpresa, yo ya había dado vuelta a la esquina y me había introducido en un quiosco de teléfono, vacío, que estaba al lado de una oficina de correos.
Siempre he sostenido que la gente critica, sin razón a la Compañía de teléfonos. En este caso, al menos, se justifica que yo la defienda. A los treinta segundos de haber pedido el número 1000 de la estación HOP, estaba conversando con el empleado que se ocupaba de quitar el polvo y, mantener en orden las muestras de cueros, las que a decir verdad, se usaban muy poco. Le di algunas órdenes en unas pocas palabras y dediqué mi atención a cumplir esos ardides ingeniosos que, aunque tengan sabor a trampa, me ayudaron, en más de una ocasión, a no perder la libertad. Di vuelta mi sobretodo, el que dejó de ser una prenda sobria color negro y se convirtió en un saco gris de deporte, con cinturón atrás. Me arrollé los pantalones hasta la rodilla, dejando al descubierto unas polainas cortas de cuero marrón, de muy buen corte. Dejé mi galera en el quiosco telefónico, y la reemplacé por una gorra; me saqué, con una punzada de arrepentimiento, el más magnífico bigote que haya salido de la mano de un artista, me puse un par de anteojos y salí.
Había bastante agitación en la calle y la señorita pecosa que estaba detrás del mostrador no paró mientes en mí.
—El servicio telefónico no parece mejorar —le dije con simpatía—. He estado casi diez minutos para conseguir dos números.
Aceptó mi queja con aire resignado. La calle reclamaba todavía su atención.
—¿Qué pasa? ¿Un incendio? —le pregunté.
Sacudió la cabeza.
—No sé —contestó—. ¿Pagó las dos llamadas?
Le aseguré que lo había hecho y emprendí mi viaje por la calle. Había un pequeño grupo en Woollerton Road y una ambulancia avanzaba a toda velocidad. Caminé por la avenida hasta que vi un taxi. Le hice señas de que parara y aparenté vacilar un momento, mirando al cielo.
—¿Se mantendrá el tiempo bueno? —le pregunté al chofer.
Meditó antes de contestar.
—No creo que esté por llover señor —contestó.
—Bueno, entonces lléveme a la estación Streatham Hill —le indiqué.
De la estación Streatham Hill viajé a London Bridge por el ferrocarril eléctrico y de ahí tomé un taxi hasta Waterloo. En Waterloo tomé el tren de las diez y cuarenta a Brookwood, y desde el hotel donde me detuve para tomar un refrigerio, contraté un taxi que me llevara a “Linkside”, la casa de recreo de un tal Mr. James Stanfield, situada en el borde del campo de golf de Woking. Guillermo, mi sirviente, estaba trabajando en el jardín y me recibió con la indiferencia del hombre de campo. Janet, su sobrina, me hizo pasar a la casa y aceptó mi llegada inesperada con esa falta de curiosidad respetuosa que había adquirido cuando trabajó como mucama. Encendió el fuego en la sala y escuchó las pocas observaciones que yo le hice con una amabilidad imperturbable. Esa mañana, más que nunca en mi vida, sentí una sombra de desazón con respecto a Janet. La observaba en silencio, agachada sobre el fuego. Era joven y tenía una figura que ni el mal corsé, ni sus ropas baratas alcanzaban a ocultar; tenía la piel pálida, los ojos, de un color extraño, con expresión reservada; labios delgados y una masa de pelo castaño, brilloso y bien cepillado. Cuando se puso de pie con el rostro algo encendido por el esfuerzo, me miró un momento esperando mis órdenes. No soy un hombre susceptible, pero por primera vez, tuve la impresión de que la muchacha era más buena moza que lo corriente.
—¿No ha ocurrido nada durante mi ausencia, Janet? —pregunté.
—Nada, señor —contestó.
—¿No llamó nadie?
—Un cobrador de impuestos —dijo—. Quería saber su domicilio en Londres.
—¿Se lo dio?
—No lo sé, señor —me recordó, con suavidad.
Me saqué los anteojos y los limpié. Soy un experto en el estudio de las fisonomías, y sin embargo, la impasividad de la cara de la joven me dejaba perplejo.
—Se lo voy a dejar antes de irme la próxima vez —le prometí—. Haga el favor de prepararme el traje de golf de tweed gris y las medias que hacen juego.
—¿Va a almorzar acá, señor? —preguntó.
—Voy a almorzar en el club de golf —le dije—. Esta noche, comeré en casa.
—¿Desea algo especial para la comida, señor?
—Lo dejo en sus manos —le repliqué.
Se fue con paso silencioso y sin otro comentario. Cuando fui al piso alto, unos minutos más tarde, mi dormitorio estaba, como de costumbre, impecablemente limpio y ordenado, mi equipo de golf listo, sin que faltara nada. Me quité mis heterogéneas ropas, me puse el traje de golf con mucho cuidado y me dirigí al campo de golf. En el corredor del local del club me encontré con el secretario.
—¿Va a jugar esta tarde, Mr. Stanfield? —preguntó.
—Me gustaría, si encuentro compañero.
—Acaba de llegar un hombre. Cuatro de handicap. Está en el comedor.
Me encaminé hacia allá. Sentado a una mesa solo estaba Sir Norman Greyes, el hombre que había esperado detenerme pocas horas atrás, en Woollerton Road, en Brixton.
EL RELATO DE NORMAN GREYES
Renuncié al cargo que tenía en Scotland Yard a comienzos del otoño de 19… por dos motivos. El primero, como protesta contra un acto de flagrante injusticia que, aunque no me afectaba personalmente, fue mal recibido por la mayoría de mis colaboradores. Segundo, porque a raíz de la muerte de un pariente lejano vine a resultar “baronet” y recibí una entrada respetable. Pasé la mayor parte de esos tres años viajando. Casi la mitad de ese tiempo estuve en los Estados Unidos. A mi vuelta a Londres descubrí, muy a disgusto mío, que tenía nostalgia de mi antigua profesión. Vi de manera muy clara que la sección en que yo había trabajado había perdido el dominio sobre el mundo del crimen que había tenido antes. Muchos asesinatos cometidos a sangre fría y robos audaces y cuantiosos seguían sin resolver. En las temporadas que pasé en el campo comencé a estudiar estos casos como un simple espectador, valiéndome de los datos que daban los diarios, pero también de los informes y sugerencias que me aportaba mi amigo, el inspector Rimmington, que había sido colega mío y que ahora ocupaba el cargo que yo había dejado. Poco a poco llegué a una conclusión que mantuve en reserva, pues estaba seguro de que nadie en Scotland Yard estaría de acuerdo conmigo. Llegué a la conclusión de que la mayoría de estos crímenes no descubiertos habían sido cometidos por una sola persona, o tal vez, por una banda de criminales que estaba dirigida por una mente maestra. Me dediqué a la tarea de descubrir a este super-criminal, con el instinto que había adquirido en mis largos años de servicio en la policía. En noviembre de 19… empecé a creer que me hallaba sobre la pista verdadera.
Estaba convencido de que tres de estos delitos habían sido cometidos por la misma persona. El primero era el cuantioso robo de alhajas del negocio de Messrs. Henson y Watt, en la calle Regent y la muerte del sereno abatido de un tiro en su puesto. No se había encontrado rastro ni siquiera de una alhaja. El segundo delito era el robo a un agente de comercio de una cantidad de acciones al portador en un vagón de ferrocarril de la línea Londres, Chatham y Dover. El agente fue herido de bala pero se recuperó después de seis meses de asistencia aunque nunca pudo hacer un relato coherente de lo que le había ocurrido. Las acciones se vendieron con pérdida en América del Sur. El tercero fue el robo de una gran colección de piedras preciosas sin tallar en la casa de Lord Wenderley en Park Lane y las serias lesiones que sufrió el mismo Lord Wenderley, que fue atacado en la oscuridad y que no vio ni oyó a su asaltante. Había otros delitos que yo creía que podían estar relacionados con estos, pero a estos tres por distintos motivos, los ligué en mi mente como si procedieran del cerebro de un mismo hombre. Me propuse la tarea de descubrir a este hombre y al fin llegó el día en que creí que estaba en condiciones de echarle mano. No es necesario detallar todo el conjunto de pruebas circunstanciales que me llevó a esta conclusión. Baste decir que después de vigilarlo durante tres semanas, llegué a la convicción de que un hombre llamado Thomas Pugsley, que tenía un negocio de artículos de cuero en Bermondsey y que, al parecer vivía muy honestamente en Brixton, estaba en gran medida relacionado con estos delitos. Descubrí que su negocio de artículos de cuero no lo llevaba con interés ni con cuidado; que cuando se ausentaba de Londres no era para ir a los barrios donde sus mercaderías podían ser colocadas, y que a menudo faltaba un mes entero, sin que la dueña de la casa en que vivía supiera dónde estaba. Esta mujer era muy respetable y Pugsley había vivido en su casa dos años, sin que ella sospechara los antecedentes, hábitos y negocios de su inquilino. Alquilé una habitación en el barrio y no me costó descubrir todo lo que ella sabía, además de uno o dos detalles que añadían color a mis sospechas. Se lo comuniqué a Rimmington y resolvimos detenerlo.
Nunca se planteó ni se ha llevado a cabo una detención con más torpeza. El inspector a quien Rimmington encargó el asunto, llegó a Brixton con dos subordinados, una hora después de la fijada, abordó a Pugsley en la calle y no tardó en darse cuenta de la clase de persona con quien tenía que vérselas. Antes de que el inspector pudiera decir media docena de palabras, estaba tendido en la calzada con una bala, que le había atravesado el hombro. Su compañero lo arrastró, hasta apoyarlo contra las rejas. Entonces se pusieron a buscar a Pugsley. No había el menor rastro de él. Esa mañana hizo una amplia demostración de su asombrosa habilidad y astucia. Pareció haber desaparecido de la faz de la tierra utilizando algún método extraordinario. Cuando se examinaron los libros de su negocio se demostró que apenas había hecho alguna operación; su empleado, hombre honesto pero de muy pocas luces, no sabía sino que su patrón viajaba con frecuencia, probablemente al extranjero. En el banco había suficiente dinero como para cubrir todas las deudas, pero, en lo tocante a Thomas Pugsley mismo, parecía que se lo hubiera tragado la tierra.
Pero hubo otro incidente notable que hizo memorable para mí, la mañana en que el inspector fue baleado y en que desapareció el hombre que tanto me interesaba. Fastidiado por el fracaso de seis meses de trabajo, me propuse borrar de mi memoria todo el episodio y viajé hasta Woking con el propósito de jugar un partido de golf. El secretario del club me presentó a un vecino de la zona, llamado James Stanfield, y jugué los dieciocho hoyos mejores de mi vida. Stanfield era un individuo silencioso pero nada adusto. Aparentaba tener unos cuarenta años; tenía todas las características del jugador de golf apasionado. Ponía un cuidado casi ridículo en cada golpe y debo reconocer que tenía una precisión magnífica. Nunca daba golpes largos, pero sí de la longitud necesaria para que no le crearan problemas, y no puedo recordar un solo golpe de los ochenta con que terminó el partido que fuera una chambonada. Ya en el hoyo diecisiete me había derrotado y el incidente que puso más animación al día ocurrió cuando estábamos parados en el tee del hoyo dieciocho. A nuestra derecha había una pequeña plantación de arbustos por cuyo borde pasaba el camino que mi compañero dijo llevaba a su casa. El ladrido continuado de un perro que estaba en el sendero contiguo atrajo nuestra atención. Movido por la curiosidad de saber qué pasaba caminé un paso o dos dentro del plantío de arbustos. Sin embargo, el primero en descubrir la causa del alboroto que hacía el perro fue mi amigo, que estaba parado un poco a mi izquierda. Dio un grito y fui corriendo hacia él. Encontramos el cuerpo de un hombre, tirado de espaldas, con los brazos extendidos y con un agujerito azul en la frente. Estaba muerto, pero tenía el cuerpo todavía caliente y por una de esas extraordinarias casualidades, lo reconocí. Era uno de los agentes de policía en traje civil a quien yo había visto esa mañana en Woollerton Road, en el momento en que se frustraba su propósito de detener al hombre que se hacía pasar por Thomas Pugsley.
EL RELATO DE JANET SOALE
Exactamente antes del mediodía del jueves tres de noviembre, mi patrón apareció de manera inesperada, como es su costumbre. No me sorprendí. La noche anterior había soñado con él y me pareció imposible que demorara mucho en venir, cuando yo me pasaba rezando todos los días. Cuando lo vi aparecer en el portón, no pude contener mi emoción. Si él me hubiera visto en ese momento, habría sabido y comprendido todo. Sin embargó, cuando hubo llegado a la puerta de la casa, y yo lo hice pasar, ya había recuperado el control de mí misma. Debo haberle dado la impresión de ser la misma mucama, de modales educados, de buena conducta.
Se cambió de ropa y salió a jugar su acostumbrado partido de golf. Cuando fui a su pieza para cepillar y plancharle la ropa que se había sacado me encontré con que la había guardado en un cajón, que había cerrado con llave. Este descubrimiento, precedido de muchos otros, me hizo pensar. Me resolví a observar los diarios del día siguiente. La idea de que había algo en la vida de mi patrón, que él ponía especial cuidado en ocultar, se me hacía cada vez más evidente. Cuando vi que en el cajón superior que había abierto para sacar una corbata, había ocultado un pequeño revolver cargado con seis cápsulas, me convencí más todavía de mi sospecha. Un comerciante que tiene su negocio en la ciudad y una casa de campo para jugar al golf no anda con un revólver cargado. Cuando lo tomé y lo estuve manipulando el corazón me latía de una manera incontrolada. Me olvidé de la indiferencia de mi patrón. No presté atención al hecho de que jamás me ha dirigido una mirada que demuestre un poco de interés por mi persona, a pesar de que no soy fea y de que tengo más admiradores que los que se pueden contar con los dedos de las dos manos juntas. Todavía me tenía fe, en caso de que me decidiera a ser yo la que diera el primer paso. Jamás lo he hecho con ningún hombre pero mi instinto no me falla. Creo que su frialdad y falta de sensibilidad responden más que nada a un hábito. Creo que si le pudiera hacer comprender el fuego que me devora noche y día, arrojaría su máscara de frialdad y de misterio y me daría el sitio que sueño tener en su vida.
Me había demorado en la pieza y miraba todavía el cajón cerrado cuando, para mi gran sorpresa, entró un hombre: delgado, de pobre aspecto físico, con mejillas hundidas y un bigote amarillento, poco espeso. No soy persona que se asusta con facilidad, pero me quedé helada cuando vi que cerraba la puerta.
—¿Qué es lo que quiere? —le pregunté con dureza—. ¿Cómo se atreve a entrar aquí?
Me miró muy seriamente. Era evidente que me había equivocado en mi primera suposición. No se trataba de uno de esos admiradores a quienes me costaba mantener a distancia.
—Muchacha —dijo—, soy oficial de policía. Me parece que usted es una muchacha sensata. Contésteme las preguntas que le haga, no se interponga en el cumplimiento de mi deber y tendrá su recompensa.
Lo miré en silencio durante unos momentos. No creo haber cambiado de color o haber demostrado que estaba muerta de terror. Mi patrón estaba en peligro. Mientras estaba ahí parada, pensaba qué debía hacer. ¿Cómo ayudarlo? ¿Qué hacer para ayudarlo?
—Su patrón ha vuelto hará una hora —continuó diciendo—, y se ha ido a jugar al golf. Necesito que me dé el traje que tenía puesto cuando llegó.
—¿Cómo sabe que se cambió? —le pregunté.
—Lo vi entrar y lo vi salir —fue la respuesta serena—. Esta es su pieza, ¿no?
—Sí —reconocí.
—Entonces, la ropa tiene que estar acá. ¿Dónde está?
—No sé —le contesté—. Estaba buscándola. Pensaba ir al cuarto de baño para ver si la había dejado allí.
Retrocedió y entró al baño. En los pocos segundos en que estuvo ausente, aproveché para sacar el revólver del cajón y ponérmelo en el bolsillo.
—El baño no ha sido usado —dijo con brusquedad al volver—. Quiero que se quede conmigo mientras reviso los cajones.
No me opuse y revisó en forma rápida el contenido de los dos primeros. Cuando llegó al de abajo y lo encontró cerrado, lanzó una exclamación.
—¿Tiene la llave de este cajón? —preguntó.
—No —le contesté—. Mi patrón se la ha llevado.
No prestó atención a lo que dije, ni me pidió disculpas. Con un instrumento que llevaba en el bolsillo, forzó la cerradura y se agachó para ver qué contenía el cajón. Me imagino que era un hombre naturalmente silencioso pero lo oí hablar entre dientes al ver lo que había encontrado. Cuando se enderezó tenía una sonrisa de triunfo.
—¿A qué hora espera de vuelta a su patrón? —preguntó.
—No sé —contesté—. Iba a almorzar en el club y después jugará un partido. Se me ocurre, que alrededor de las diecisiete.
Se dirigió a la ventana y se quedó mirando el campo de golf. Yo también. A la distancia veíamos dos hombres jugando.
—¿Conoce el campo de golf? —preguntó.
—Lo conozco muy bien. He vivido acá toda mi vida.
—¿Qué hoyo están jugando ahora?
—El séptimo.
—¿Qué green está enfrente a éste?
—El diecisiete.
—¿Dónde está el tee del dieciocho?
—De aquí no se le ve; está detrás de los árboles.
Asintió, satisfecho en apariencia. Detuvo la mirada sobre mí. Vi en su cara esa mirada a la que estoy tan acostumbrada. Acababa de descubrir que, en mi esfera modesta, soy buena moza. Se acercó un poco más.
—¿Le tiene mucho afecto a su patrón? —preguntó.
—Lo veo muy poco —le contesté—. No me da trabajo.
—¿Le han dicho que es muy bonita? —se atrevió a decir, acercándose.
—Desconfío de los desconocidos que me lo dicen —le repliqué, dando un paso atrás.
Se rió. Luego, mostrándome un billete de una libra, me dijo, en tono de súplica:
—¿No me daría un beso por esto? Se ha portado como una muchacha inteligente y me ha dicho exactamente lo que quería saber.
Lo miré con curiosidad. Si era cierto que yo era inteligente, no le podía devolver el cumplido. Por tratarse de un oficial de policía era un idiota increíble.
—No le permito a nadie que me bese —contesté rechazando el billete.
—Por esta vez, al menos —insistió.
No le podía creer que hablara en serio y por primera vez en mi vida, me besó un hombre en los labios. No sé cómo expresar la furia que nació en mi corazón contra este hombre. Tenía miedo de hablar para que mis palabras apasionadas no le fueran a advertir lo que pasaba en mi corazón. Él parecía indiferente por completo, y al poco rato se fue y cruzó el jardín en dirección a un pequeño bosque. Utilicé los anteojos de campaña de mi patrón y me quedé tranquila al ver que todavía estaba bastante lejos. Esperé un cuarto de hora. Entonces por otro sendero que llevaba hasta el plantío me dirigí con gran cautela hasta donde estaba este hombre, con los brazos cruzados apoyado en un árbol. Me fui acercando. Soy de paso liviano, hasta furtivo, me han dicho. Como mucama me había entrenado para moverme sin hacer ruido. De modo que llegué a estar a pocos metros de él sin que me viera ni oyera. No soy persona de dejarme dominar por las emociones y estaba resuelta a hacer lo que me había propuesto. Es curioso, sin embargo, cómo cosas sin importancia me dejaron un recuerdo vivido en esos pocos segundos. Era un día de noviembre, ventoso, raro, con grandes masas de nubes y con un viento que doblaba las copas de los pocos árboles y arrastraba las hojas por los senderos llenos de barro. Un pájaro cantaba en aquel instante y recuerdo que en ese momento tan angustioso, me sorprendí interpretando el canto de este pájaro. Cantaba porque era feliz de estar vivo en este bosque lleno de cosas otoñales que morían. Pronto los insectos que se arrastran y para quienes el invierno significa la muerte, tendrían compañía. Y ¡luego…! En mi imaginación me representaba una sala de tribunales, llena de gente, un juez que me juzgaría y un jurado que podría decidir mi destino. Me estremecí un instante. Luego recordé la caricia odiosa. Pensé en mi patrón y me sonreí. Si él supiera, me lo agradecería. ¡Algún día lo sabría!
Estaba ya tan cerca que creo que mi víctima sintió el aliento de mis labios y la sensación de mi cuerpo que se aproximaba. Se dio vuelta con gran rapidez y le vi los ojos muy abiertos de miedo. Hubiera querido escabullirse pero parecía paralizado y le disparé un tiro en la frente. Se tambaleó con la boca abierta como si estuviera loco. Se le dieron vuelta los ojos, se inclinó y cayó de cabeza. Escuché un momento. Entonces tomé el sendero de vuelta a la casa. Había cumplido lo que me había propuesto hacer.
EL RELATO DE MICHAEL SAYERS
No tuve el menor miedo de jugar al golf con el hombre que perseguía mi vida y mi libertad, pero debo reconocer que cuando vi a Norman Greyes sentado en el salón comedor del club, apenas una hora más o menos después de que él hubiera presenciado el frustrado intento de detenerme, sentí cierto sobresalto. Llegué a la conclusión de que su presencia en ese lugar era sólo accidental y que no tenía la menor conexión con ese vecino respetable, James Stanfield, que jugaba al golf con cierta frecuencia y con gran éxito. Mi serenidad se vio perturbada sólo cuando llegamos cerca del tee del hoyo dieciocho e hicimos ese sorprendente descubrimiento. Ni bien vimos su cadáver ambos reconocimos al policía sin uniforme que habíamos visto en Woollerton Road. De mis labios no salió la más mínima indicación en este sentido.
Pasados los primeros segundos de estupefacción, Greyes tomó el asunto en sus manos. Encargó al caddie que buscara el arma y me pidió que llamara a mi jardinero o a alguien que pudiera ayudar. En vano llamé a Soale, hasta que recordé que me había pedido permiso para visitar a su hermano en Mayford. Poco después apareció uno de los hombres que trabajaban en la cancha y llevamos el cadáver al tinglado de las herramientas. Greyes cerró la puerta con llave y telefoneó pidiendo médico y la policía.
—Me van a disculpar que parezca oficioso —dijo—, pero he estado vinculado a Scotland Yard.
—No tiene por qué disculparse —le aseguré—. Por suerte estaba usted acá. ¿Se trata de un suicidio?
—Tengo motivos para dudar que sea eso —replicó—, aparte de que si fuera un suicidio se habría encontrado el arma. Como esto ha ocurrido tan cerca de su casa, en realidad en el camino que lleva a ella, espero que no se oponga Mr. Stanfield a que les haga unas preguntas a sus criados.
—Encantado —le dije—. Tengo poco personal porque no vivo acá de modo permanente. El jardinero ha salido esta tarde, así es que sólo está la mucama.
Lo conduje hasta la casa. Janet estaba ocupada en la cocina pero vino en seguida a mi llamado. Como de costumbre, estaba impecable y su actitud, aunque reservada era completamente franca.
—Queremos saber —preguntó mi compañero—, si vino alguien de visita esta tarde.
—Nadie, señor —contestó—, salvo el chico que trajo el pollo para la comida del señor.
—¿Ha visto a alguien rondando por acá?
—Nadie, señor.
—¿Oyó algún ruido que pudiera haber sido un tiro de pistola?
—No, señor.
—¿Estuvo fuera de la casa? La muchacha sacudió la cabeza.
—No tuve oportunidad de salir. He estado ocupada en la cocina.
Greyes asintió y la despachó después de otras preguntas de menor importancia. Al rato llegó un policía y el médico. Dejé que inspeccionaran solos el lugar del crimen. Ni bien se fueron, subí a mi dormitorio. Busqué el revólver en el cajón de las corbatas. No estaba ahí. Busqué la ropa que tenía puesta cuando me escapé, en el cajón de abajo. Había sido forzado y la ropa había desaparecido también. Comprendí que estaba frente a un problema. Alguien había penetrado en mis defensas. Había estado, y estaba quizá todavía en peligro. Bajé al escritorio y llamé a Janet una vez más. Cuando vino, me senté entre ella y la puerta. Hice que ella diera la cara a la ventana. A la distancia, en la plantación, el inspector de policía todavía estaba hablando con Greyes.
—¿Hay algo de este asunto que usted no le haya dicho a Sir Norman Greyes? —le pregunté.
—Sí, señor —replicó.
La miré, reflexionando. En la media luz distinguía su figura erecta y bien formada. Su mirada se cruzó con la mía, sin titubear. Nunca me han interesado los ojos de las mujeres, pero en este momento vi que Janet tenía ojos muy hermosos de un color castaño verdoso, claros, de expresión cruel, con lindas pestañas y cejas bien trazadas. No había notado antes la curva de sus labios que indicaba un temperamento apasionado. Tenía el pelo castaño y lustroso cuidadosamente trenzado.
—Conviene que me diga todo, Janet —le ordené.
—Poco después de haberse ido usted —dijo—, ese hombre que está tendido allá, vino y me hizo preguntas con respecto a usted. Entró a su dormitorio. Quería ver la ropa con que usted había viajado hasta acá. Abrió el cajón inferior de su ropero y la encontró.
—Había un revólver en el cajón superior —observé.
—Yo lo había descubierto y lo había escondido —contestó.
—¿Y después de que encontró mi ropa…?
—Fue hasta el plantío a esperarlo.
—¿Dijo qué quería?
—Me había dicho que era oficial de policía.
—¿Y luego?
—Tomé el otro sendero y crucé por el césped esponjoso hasta donde estaba él. Cuando estuve tan cerca que no había posibilidad de errarle, lo maté de un tiro.
Para mí el coraje es parte de mi naturaleza; he visto la muerte de cerca, he jugado con ella como un malabarista, pero jamás la había oído mencionar con tanta indiferencia. Afuera, en el bosque se distinguían todavía las figuras del detective y de su compañero. El cadáver estaba a pocos metros. Me incliné y miré a la muchacha, tratando de penetrar la impenetrabilidad cínica de su explicación.
—¿Por qué hizo eso, Janet? —le pregunté.
—Había hecho lo que nadie en el mundo se había atrevido a hacer conmigo: ¡besarme en los labios! ¡No sé cómo no lo maté cuando eso ocurrió!
—¿Ése fue su único motivo Janet? —insistí.
—Quería salvarlo, señor —contestó.
—¿Salvarme, de qué? —De la justicia.
—¿Cree que estaba en peligro?
—Me consta que era así.
—¿Quién o qué cree usted que soy yo?
—Un gran criminal —contestó.
Su respuesta me hizo tambalear, porque era evidente que yo debía haber estado a merced de esta muchacha más de una vez. Siguió diciendo sin prisa:
—Siempre he creído que usted lleva una doble vida. Las pocas visitas que usted recibía venían de noche y en secreto. Cada vez que usted ha venido acá y que Mr. Stanfield ha retomado el golf, los diarios han traído a la mañana siguiente noticias de un drama o un gran robo. Tenía la seguridad de que tarde o temprano esto iba a ocurrir. Ahora que ha pasado me alegro.
—¿Se da cuenta de que ha matado a un hombre a sangre fría? —insistí, con el propósito de ver hasta dónde llegaba.
—Me alegro de haberlo hecho.
—Tratándose de una persona de servicio doméstico, tiene usted un magnífico sentido de sus obligaciones.
—No tiene por qué burlarse de mí —dijo lamentándose—. Soy una mujer peligrosa, pero inteligente. No nací para ser sirvienta ni me educaron para eso. Estoy en condiciones de ser su compañera. Ésa es mi esperanza.
—Jamás he confiado en una mujer.
—En mí va a confiar —declaró en voz baja—. Recordará lo que he hecho hoy por usted. Soy la mujer que va a completar su vida. Le conviene comprenderlo y utilizarme. No se arrepentirá.
Se me acercó un poco más y aunque las mujeres no han sido para mí más que juguetes en mis ratos de ocio, sentí que la pasión de ella me golpeaba el corazón. Mis sentidos se encendieron. Vi la vida en otra forma. Su voz se volvió suave y más sibilante. Era como un hermoso animal. Sus ojos me imploraban, pero no eran ojos humanos.
—Se casará conmigo —continuó—. Estoy ilusionada con eso, e insisto en que así sea. Además piense en las ventajas. Si llegara a ocurrir un desastre, yo jamás podría declarar en contra de usted. Pero no ocurrirá ningún desastre. Sé que usted es muy inteligente. Yo también lo soy. Mi señor, diga que esto no le es indiferente. Le he dado pruebas de mi devoción. Compénsemelo.
La tomé en mis brazos. Tenía los labios ardientes y la sangre me ardía al contacto con ellos, sus ojos, de un extraño color, tenían un encanto salvaje que me sorprendía y me cautivaba. Esta Borgia moderna parecía haberse asido a mi vida. Las figuras de los hombres en el bosquecillo se volvían más y más confusas.
—¿Dónde está el revólver? —susurré separándola de mí por un momento.
—En un lugar donde nadie lo encontrará —contestó.
—¿Y la ropa?
—La quemé. No me gusta correr ningún riesgo cuando se trata de su seguridad.
Los investigadores volvieron a la casa media hora más tarde. Estaba ocupado en recubrir el mango de mi putter. Janet estaba en la cocina, preparando la comida. Greyes aceptó un whisky con soda. Parecía cansado y deprimido.
—¿Consiguió algo? —le pregunté en voz baja cuando se despedía.
Sacudió la cabeza.
—Desde el punto de vista de las pruebas circunstanciales, temo que las cosas no van a andar bien. No recuerdo un asesinato más brutal. Un hombre joven con mujer y tres o cuatro hijos, que estaba cumpliendo con su deber. Si…
Se interrumpió bruscamente, ahogó un sollozo, y se dio vuelta.
—Espero volver a jugar otro partido con usted, Mr. Stanfield —dijo preparándose para irse.
—Con mucho placer —asentí.
EL RELATO DE NORMAN GREYES
Ayer, la investigación judicial sobre el pobre Richard Ladbroke, después de haberse suspendido dos veces, dio un veredicto de asesinato, cometido por una o más personas desconocidas. Este veredicto nos hace reflexionar sobre los métodos criminales modernos. Pesa sobre mi conciencia con una intensidad enfermiza. Ladbroke había descubierto una pista que no había comunicado a nadie. Había viajado a Woking en busca de este hombre que había desaparecido: Pugsley o Michael Sayers, como creo que se llamaba. Pugsley, o algún compinche suyo, debe haberlo asesinado; pero nadie ha conseguido una hebra de prueba. No he podido alejarme de ese sitio. He jugado varios partidos de golf con Mr. Stanfield, y he comido en su casa una vez una comida excelente, muy bien preparada. Él desearía ofrecer una recompensa al que atrape al asesino, pero por ahora le he dicho que no. No quiero que un montón de gente empiece a remover las aguas. No he hablado de esto con nadie ni siquiera con él pero el encontrar al tal Thomas Pugsley se ha convertido en el objeto de mi vida. El día que lo encuentre, el misterio del asesinato de Ladbroke estará resuelto. ¡Y lo he de encontrar!
Traducción de Elizabeth Lee.
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E. Phillips Oppenheim (Gran Bretaña, 1866 - 1946) Novelista británico. Autor de más de un centenar de novelas de género policíaco que le proporcionaron gran fama, está considerado como uno de los renovadores del género, al que aportó un componente de elegancia y distinción que constituye la mejor seña de identidad de sus obras.