MEMORIAS
Tachas 641 • Las Drogas Nazaritas • Nazario Luque
Nazario Luque
Tras aquella célebre primera borrachera de coñac durante una Nochebuena en el pueblo, seguiría bebiendo comedidamente para «alternar», y muchos años más tarde llegaría a beber para emborracharme, y terminaría bebiendo porque no podía dejar de hacerlo. Hasta que llegué a Barcelona y me convertí en artista no usé la cerveza y los gintónics como droga para desinhibir mi timidez.
Del servicio militar sólo conservé el título fantasma de sargento de las Milicias Universitarias y la adicción al tabaco. A partir de entonces me convertiría, hasta mi tuberculosis, en consumidor de uno o dos paquetes de Ducados diarios.
Cuando tras mi estancia en Morón, daba clases en Sevilla y compartía con mi hermano una habitación en un piso de la calle Harinas, fui una noche a comprar droga a la Alameda, donde me habían dicho que un antiguo legionario vendía los porros ya preparados, metidos en cajetillas de tabaco vacías. Yo ya había fumado en Morón, invitado por Cristóbal o por algún americano. Ellos decían que compraban el chocolate en la base, donde había un gran surtido de variedades que los soldados traían de Nepal, Afganistán o Líbano, pues menospreciaban el que procedía del cercano Marruecos. Yo no tenía ni idea de dónde se podía conseguir hachís en Sevilla, pero un día, en una fiesta en la casa del portugués, el hijo del cónsul, al que conocía de la Facultad y que solía dar fantásticas fiestas cuando sus padres estaban ausentes, me dijo que en la Alameda había un tipo que vendía.
A menudo me seguía viendo con mi amigo Tomás, que continuaba de maestro en Morón. Cuando había alguna fiesta flamenca me avisaba y yo pasaba en Morón el fin de semana disfrutando del toque de Diego del Gastor y del cante de Fernanda, Juan Talega, Manolito María y otros monstruos del flamenco de aquella época. Un día decidí darle una sorpresa mostrándole mis avanzados conocimientos en el mundillo canalla de Sevilla. Hice una buena compra en la Alameda la noche anterior y no paramos los dos de reír, tocar la guitarra en la pensión Pascual y gozar de la fiesta.
El consumo de marihuana no estaba aún muy extendido entre los jóvenes sevillanos. Un día decidimos Tomás y yo probar suerte marchándonos un fin de semana en tren a Algeciras, donde cogimos el barco para Ceuta. Llevábamos los pasaportes preparados y pasamos la frontera del Tarajal en un autobús que nos llevó a Tetuán. La ciudad era encantadora y por la kasba descubrimos pequeños cafetines en los que tocaban algunos músicos. Una densa nube de kifi y un penetrante olor nos envolvió en cuanto entramos en uno. Pedimos un té y pudimos observar cómo la mayoría de los clientes tenían sobre la mesa, junto al vaso de té humeante, un papel de estraza marrón sobre el que había un montoncito de tabaco y kifi con el que rellenaban de cuando en cuando las cazoletas de las largas pipas de las que iban fumando. Cuando salimos a la calle no tardaron en ofrecernos, por sólo un dírham, papelinas parecidas a aquellas que habíamos visto sobre las mesas. Compramos diez o doce para probar. El marroquí nos contaba que tenían muchos problemas con la policía, no por vender kifi, sino por vender taba —que era una especie de tabaco que ellos cultivaban—, porque le hacían competencia al gobierno, que lo vendía en los estancos. Compramos papelinas a varios vendedores diferentes y al día siguiente volvimos a Ceuta con las bolsas repletas de papelinas. Habíamos visto que en la frontera entre Marruecos y Ceuta no había registros. En la habitación que alquilamos nos dedicamos toda la noche a abrir las papelinas y, tras separar la taba del kifi, metimos el kifi en varias bolsas de plástico con las que moldeábamos plantillas para los zapatos y bolas que ocultaríamos bajo los huevos, ajustadas a los calzoncillos como dodotis. Después, en el barco y en la aduana, todo era cuestión de olvidarnos de que llevábamos nada encima, intentar actuar con total naturalidad, alternar con los pasajeros y hacer fotos como turistas. Pasada la frontera sin problemas, nos dirigíamos rápidamente a la estación de autobuses y nos montábamos en el primero que saliera para Sevilla. El «alijo» continuaba a buen recaudo pegado a nuestros huevos y las plantillas de los zapatos hasta vernos a salvo en casa. Como prácticamente éramos los únicos que fumábamos y lo hacíamos comedidamente con la cazoleta de barro y la pipa, el kifi podía durarnos casi seis meses, hasta que volvíamos a repetir el viaje. Con el tiempo fuimos perfeccionando la técnica; dejamos de comprar papelinas y nos decidimos a comprar directamente kifi, aunque los vendedores hacían hincapié para vendernos hachís, que era lo que les proporcionaba más ganancia; dábamos vueltas por la kasba y elegíamos a los vendedores cuyo aspecto nos ofreciera más confianza o pedíamos que nos mostraran la mercancía antes de comprarla. Pero la mayoría de las veces todas aquellas medidas resultaban inútiles, porque casi todos los vendedores terminaban siendo muy parecidos y el chocolate o el kifi que nos ofrecían eran de la misma calidad. Nunca supimos si realmente todos vivían lejos y en casas cuyos accesos eran terriblemente complicados, o nos hacían dar vueltas por aquellas laberínticas callejuelas —siempre nos daba la sensación de estar dando vueltas una y otra vez por los mismos sitios—, como un rito o un método de desorientación. El final siempre era el mismo: una habitación desnuda con una hornacina en alguna pared, una alfombra en el suelo con varios cojines, una mujer silenciosa que venía a depositar una bandeja redonda de latón dorado sobre la que había una tetera de metal humeante y tres vasos largos. El hombre sacaba un papel, una piel o un plástico sobre los que depositaba la mercancía. Al principio nosotros nos cansábamos de repetir una y otra vez que no queríamos hachís, que sólo queríamos kifi, mientras el hombre insistía en vendernos chocolate enumerándonos sus cualidades. Al final el vendedor desistía y aparecía cargado de ramas enteras a las que iba sacando los cogollos que depositaba con esmero sobre un tronco de madera, y cuando tenía un montón nos hacía una demostración de destreza como un hábil cocinero. Cortaba la hierba a una velocidad endemoniada con una afilada cuchilla curva con mangos en ambos extremos y dejaba el kifi tan finamente picado que parecía molido. Esta picadura, casi polvo, la colocaba sobre un papel y luego sacaba una pequeña balanza y la pesaba. Mientras hacía esta labor, nosotros íbamos sorbiendo tragos de un té y dábamos caladas a la pipa que nos ofrecía y que rellenaba de vez en cuando. A la hora de coger la mercancía y pagar, el colocón era de tal envergadura que siempre, cuando nos veíamos en el hotel con la mercancía, nos parecía un auténtico milagro que la operación hubiera transcurrido sin problema alguno.
Algunas veces probamos a hacer la compra en Tánger, pero resultó ser más complicado por la lejanía, por el aspecto mafioso de los vendedores y por el riesgo que se corría con los viajes. Ya se había hecho de noche una tarde que volvíamos Tomás y yo en el autobús de Tánger a Tetuán con la bolsa llena con la compra realizada. Yo dormitaba sentado junto al pasillo, apoyado sobre la bolsa que descansaba sobre mis piernas, cuando me despertó de pronto la luz de una linterna que iluminaba la bolsa mientras un policía me indicaba con gestos que la abriera y le mostrara lo que llevaba. Debía de ser alguno de aquellos controles «rutinarios» que hacía la policía más para intentar sacar algún dinero a los pasajeros que por preocuparles lo que cada uno podía llevar encima. Por lo menos eso fue lo que deduje velozmente mientras exhibía toda mi sangre fría ante los ojos atónitos y llenos de pánico con que me observaba Tomás, al que no le había dado tiempo de avisarme. Con pasmosa tranquilidad, felicitándome por la ingeniosa y ocurrente idea de haber comprado bastantes piezas de cerámica bereber de dibujos negros, fui mostrando pieza a pieza, sacándolas con mimo, ceremoniosamente, hasta conseguir aburrir al policía, que dirigió la linterna hacia otro lado y se olvidó de la bolsa del español.
Cuando un tiempo más adelante comprobamos que el hachís colocaba igual que el kifi, que era más fácil de transportar y que nos duraba más tiempo, comenzamos a comprar la mitad de cada clase.
Yo me ponía ciego tocando la guitarra, que me sonaba casi como si la estuviera tocando Diego del Gastor. Cada sonido vibraba con un eco potente y cariñoso. No había peleas sino ensimismamiento. Todo resultaba deslumbrante, mágico, como cada una de los miles de hojitas que decorarían aquellos paisajes en los que unos personajes correrían desnudos en algunos de mis primeros dibujos. El efecto del hachís resultaba milagroso: provocaba la pérdida de la noción del tiempo y la inmersión absoluta en la labor que estuviera realizando.
Una breve pausa en el toque o en el dibujo y, tras rellenar la cazoleta y dar varias caladas, proseguía de nuevo con renovados bríos. La guitarra volvía a adquirir ecos sublimes o la plumilla se deslizaba dulcemente sobre el papel blanco.
Poco a poco se fue ampliando el número de amigos que fumaban y, ya para los setenta, casi todos mis amigos fumaban. El hachís ya no era difícil de conseguir y se podía comprar en diversos puntos de Sevilla y alrededores. De hecho, alguno de mis amigos que fumaban comenzaron también a traficar.
Ni el kifi, ni el hachís, ni el ácido fueron las drogas adecuadas para mis neuronas. Siempre tuve miedo de un crac que me dejara colgado, por lo que cuando estaba muy colocado, en lugar de abandonarme al estado de enajenación, me ponía a luchar con él, ante el temor de dar un resbalón que me colocara más allá de la barrera que debía de separar la cordura de la locura o el «cuelgue». Por esta razón los ácidos que llegué a tomar nunca fueron realmente eficaces ni sus efectos saboreados con placer. El miedo a la locura, al caos y al descontrol era superior al placer que pudiera haber sentido dejándome arrastrar. Posiblemente la heroína, como a tantos amigos, me habría seducido, haciéndome superar esos miedos y conduciéndome a aquellas regiones donde el miedo y el placer se deben de fundir y difuminar. Sólo en una ocasión me invitaron a esnifar heroína, y los vómitos que me produjo me resultaron tan desagradables que nunca más volví a probarla. ¡Por supuesto, a mis nervios la cocaína, las anfetaminas o el popper les sentaban fatal!
Desde que descubrí que el alcohol era realmente la droga que mejor le iba a mi timidez, ya que me producía una desinhibición y una agudeza mental idóneas para alternar en las barras de los bares, donde me entusiasmaba pasar prácticamente todo el día apalancado, el alcohol se convirtió en mi droga favorita.
El primer «mal rollo» que tuve con el hachís lo experimenté con ocasión de uno de mis viajes a Sevilla, cuando ya estaba instalado hacía un par de años en Barcelona. Recién llegado, fui con varios amigos a hacerle una visita a Pololo, que vivía con Conchita en un chalet de las afueras de Alcalá de Guadaira. Comenzamos a fumar y Pololo no paraba, como siempre, de hacer porros cada vez más gordos y artísticos, de aquellos que se hacían con varios papeles pegados, y los iba pasando tan rápidamente que a veces alguno se encontraba con dos de aquellos enormes joints en cada mano. Yo contaba mis aventuras de Barcelona, mis historias con los cómics y con los nuevos amigos y todo el mundo estaba pendiente de mí cuando comencé a sentirme mal: experimentaba una sensación de agobio y confusión cercanos a la paranoia al verme rodeado de toda aquella gente que me observaba mientras yo lo único que quería era desaparecer, hacerme invisible, huir de allí y estar solo.
El segundo y último jamacuco que sufrí fue con ocasión de una fiesta en la terraza de Claude en el Borne. Alguna amiga hippiosa, de aquellas que comenzaban ya a ser ecologistas, había preparado unos pastelillos de marihuana usando una fórmula magistral y exótica. Había mucha gente en la fiesta y muy pocos se dieron cuenta de mi apresurada huida cuando comencé a sentirme fatal tras haberme comido uno o dos pastelillos. Golpes en la cabeza, fuertes tirones de pelo y agotadoras y maratonianas caminatas de un lado para otro eran los únicos remedios que conocía para aplacar los ataques de ansiedad que me provocaba el consumo de hachís. En esta ocasión, Ana Seró y Alejandro se dieron cuenta de mi huida y corrieron tras de mí por la calle Princesa arriba y Fernando abajo, hasta llegar a la Plaza para intentar calmarme. Creo recordar que Ana subió a su casa para coger unos tranquilizantes que me dio, pero tardé unas horas en volver a sentirme bien de nuevo.
Mis últimas relaciones con el hachís fueron muy artificiosas.
Tras pasar veinte días ingresado en el hospital afectado por una tuberculosis, había dejado de fumar y beber durante los nueve meses de tratamiento. Una vez me dijo el médico que todo volvía a estar bien — medio pulmón izquierdo me había quedado prácticamente inutilizado—, decidí continuar bebiendo y mantenerme firme en mi rechazo al tabaco.
Siete años estuve alejado del tabaco, hasta que comencé a mirar con ansiedad los porros que Alejandro se preparaba asiduamente y un día le pedí que me dejara darle una «calaíta» a uno para ver qué tal me sentaba. No me sentó demasiado bien, pero pensé que los siguientes me sentarían mejor y continué pidiéndole más «calaítas» de cuando en cuando. ¿Si el efecto de ansiedad que me producía el hachís seguía siendo tan inquietante y desagradable como siempre, por qué insistía en fumar los porros de Alejandro? ¡Un día caí en la cuenta de la estúpida situación en que me hallaba: intentaba engañarme fumando hachís mezclado con tabaco cuando lo que realmente deseaba era fumarme un cigarrillo! Una vez descubierto este burdo mecanismo de autoengaño, no volví a fumar hachís en mi vida y retomé el hábito de fumar tabaco, esta vez rubio y no Ducados como antes. Muchos años me llevaría conseguir dejar de fumar tabaco definitivamente. Los repetidos intentos para dejar de hacerlo no llegaban a durar más de dos o tres meses.
El alcohol, la última droga y la que más hondo calaría en mí, me tuvo fuertemente enganchado hasta 1984, cuando cumplí los cincuenta años.
Durante mucho tiempo fueron las cervezas y los gintónics mis bebidas favoritas, no me gustaban ni el coñac ni el whisky. Los gases comenzaron a hacer mella en mi hernia de hiato, y empezó a ser habitual que me despertara de madrugada con enormes fatigas y la sensación de que una espuma me rebosaba el estómago y me invadía la garganta; tenía que correr al baño a intentar deshacerme de toda aquella espuma pegajosa que, como la baba que sueltan los caracoles cuando se lavan con agua y vinagre, parecía infinita. Cuando acudí al médico y me preguntó qué cantidad de alcohol bebía a diario, con una sensación que me hizo recordar los viejos tiempos del confesionario —medio excusándome y exculpándome implicando a mis amigos—, le dije que bebía lo «normal». El médico/confesor, que veía los intentos del paciente por ocultar la calidad y cantidad de sus pecados, me preguntó sonriendo qué cantidad de alcohol creía yo que era la «normal». «Pues para mí lo normal es lo que casi todos mis amigos suelen beber», le contesté, señalando tontamente a Camilo, Pepichek, Ángel o cualquier otro, «tres o cuatro cervezas de litro por la mañana y seis o siete gintónics por la tarde». «¡Pues si a esto lo considera usted beber “lo normal”», respondió el médico con asombro, «ya me dirá qué cantidad debe beber una persona para que sea considerada una cantidad “anormal”!». El médico me dijo que dejara de beber y que en el caso de que no pudiera hacerlo, que al menos dejara de beber bebidas gaseosas para evitar esas molestias nocturnas. A partir de entonces me dediqué a beber solamente whisky, exclusiva y empecinadamente whisky.
Los intentos por dejar de beber solían durar unos días o algunos meses, pero nunca más de tres meses. Siempre volvía a beber del mismo modo: tras un tiempo de abstención, un día sentía enormes deseos de probar en alguna comida o alguna fiesta unas copas de vino blanco, un txacolí, un ribeiro o cualquier vino de aguja suave catalán, que me «entonaban» sin tener la sensación de estar transgrediendo regla alguna porque no eran ginebra ni whisky. Siempre seguía el mismo proceso: cuando habían pasado varios días el consumo de vino blanco había aumentado a varias botellas, y al final, como cuando me engañaba fumando porros en lugar de tabaco, terminaba pidiendo en el bar que me sirvieran un whisky y ya no paraba de beber diariamente como antes. Porque mientras el bar Kike funcionase y la Paca me fuese rellenando el vaso en cuanto lo veía semivacío, no había problema alguno de abastecimiento, pero cuando un día, ya sin el bar Kike, comencé a comprar el whisky y a bebérmelo en casa, las botellas de Ballantines rodaban por la cocina. La ración diaria no podía faltar, y conocía al dedillo los diferentes precios de todas las tiendas de los alrededores. Llegaban los fines de semana y yo tenía una botella de repuesto guardada en la cocina por si se me terminaba y las tiendas estaban cerradas. Cuando iba de viaje rellenaba una botella de agua de litro y medio con whisky y agua (nunca bebía whisky solo) y, sin importarme en absoluto que en un momento dado ya estuviera calentorro, paseaba por calles y museos con mi droga siempre a mano. El momento culminante de mi consumo de alcohol llegó cuando por las mañanas, tras tomar un café deprisa, hecho una piltrafa por la resaca de la noche anterior, comenzaba a beber rápidamente —hubo un tiempo que pensé que lo ideal hubiera sido poder inyectármelo—, hasta que el malestar cesaba y comenzaba a sentirme bien. Había una hora de plenitud durante la que podía incluso trabajar; luego seguía otra hora en la que comenzaba a sentirme brillante; a continuación comenzaba a resbalar peligrosamente por el grado chispeante; la llegada por fin al grado eufórico conllevaba la caída en picado al grado degradante en el que la borrachera me invalidaba para cualquier esfuerzo que no fuera comer algo y acostarme a dormir la siesta. Cuando me levantaba de la siesta volvía a repetir el proceso matinal con la hora y pico de lucidez del ángelus, para terminar durmiendo la borrachera nocturna. Así se iban repitiendo los días, enquistándose, sin apenas variantes. Nadie hablaba de alcoholismo. Todos reían las borracheras y las celebraban como algo festivo, como celebraban las de Onliyú, Cristina, Pepichek, Ceesepe o aquellos míticos Eduardo Haro o Leopoldo Panero. Ninguno de nosotros era alcohólico sino borracho. Ninguno estaba colgado, ni enganchado al alcohol, ni era adicto, ni dependiente. Ninguno se sentía estigmatizado por emborracharse a diario. Cuando me emborrachaba en los bares, ya de noche, llegaba un momento en que me sentía saturado hasta el punto de dejar abandonado sobre la barra medio whisky o casi uno recién servido, para levantarme del taburete en silencio y encaminarme lentamente, intentando mantener el tipo, hasta mi casa, desnudarme y meterme en la cama.
Alejandro nunca protestó, ni se quejó, ni me censuró, y si alguna vez lo hacía, era de forma indirecta, con algún comentario en voz alta a cualquier amigo. Él era un bebedor de alterne y lo que más le gustaba era charlar con los amigos y dar un trago de cuando en cuando a un quinto de cerveza. Alejandro estaba casi siempre por los alrededores para lo que pudiera necesitar, y luego estaría en la casa vigilando y cuidando de que todo siguiera en orden.
Nunca pensé en acudir a Alcohólicos Anónimos porque era consciente de que si un día llegaba realmente a proponerme dejar de beber, lo conseguiría con mi tenacidad y fuerza de voluntad sin la ayuda de nadie.
Carme, siempre en su papel de amante maternal, me invitó a pasar unas vacaciones viajando por Marruecos con el pequeño Valentín con la convicción de que, al ser un país musulmán, sería más difícil conseguir alcohol y de ese modo estaría un tiempo sin beber y tal vez aprovechara para decidirme a abandonar el alcohol. Pero los hoteles y bares para turistas de Marruecos eran auténticos garitos expendedores de bebidas tanto para turistas como para alcohólicos marroquíes, que escondían sus botellas de vino en papel de periódico. Fue una especie de tregua de whisky, pero el vino y la cerveza corrieron en abundancia.
Para dejar de beber, primero había que evitar los bares, y luego armarse de valor y saber decir no al señor del chiringuito de la playa de S’Agaró, que, nada más verme aparecer, venía corriendo con el whisky servido, o a Diego el de la bodega de la calle Placentines en Sevilla, que actuaba de la misma forma nada más verme entrar por la puerta.
«Si realmente ha dejado usted el alcohol, he perdido un buen cliente», me comentó el francés del bar de la playa de S’Agaró cuando rechacé el vaso que me servía diciéndole que quería dejar la bebida. Diego, en cambio, fue más expedito: «¡Qué, Nazario! ¿Estás malo?», y yo le mentí diciéndole que en los últimos tiempos el alcohol y mi estómago no se llevaban muy bien.
Todas fueron pruebas que tuve que ir superando yo solo, con tenacidad y coraje, día a día. Como consecuencia de mi nueva vida de abstemio, dejé de frecuentar los bares poco a poco, no porque sintiera deseos de beber, sino porque aquellas conversaciones antes divertidas y burbujeantes, llenas de juegos de palabras y agudezas, ahora habían quedado al descubierto, vacías, engañosas y vanas como las noches de centraminas de la calle Comercio. Aquellos bares y aquellos amigos fueron desapareciendo y ni yo ni ellos volvimos a ser los mismos.
Comencé a llevar una nueva vida y me dediqué de lleno a trabajar, a pintar, a preparar exposiciones, como si quisiera recuperar todo el tiempo que había perdido en aquel desierto al que el alcohol me había llevado.
Un día me levanté con una especie de rara resaca que en absoluto tenía nada que ver con el alcohol, pero que me obstruía la cabeza y me hacía perder la agilidad mental y la lucidez. Deduje que era culpa del tabaco. Me propuse dejar de fumar como lo había hecho en multitud de ocasiones, pero sospechaba que me resultaría mucho más duro que dejar de beber. Ana Seró me procuró un puñado de pastillas de efectos sedantes con las que me mantuve durmiendo durante tres o cuatro días. Me levantaba zombi para comer y me volvía a acostar. Experto en engaños y simulaciones, cuando por fin decidí levantarme, sólo tenía que pensar en la cantidad de días que ya había conseguido pasar sin fumar. No había habido un primer día, sino que había comenzado con el cuarto. Luego todo era cuestión de no flaquear y continuar contando los días, alardear de ello, mirar para otro lado cuando alguien encendía un cigarrillo y decir que no cuando alguien ofrecía tabaco.
A partir de entonces pude disponer con plenitud de mis cinco sentidos para disfrutar del sexo, la única droga que nunca estaría dispuesto a abandonar.
Texto cedido para promoción por los editores del libro La vida cotidiana del dibujante underground. Nazario Luque. Anagrama. 2016, Barcelona.
***
Nazario Luque (España. 1944) es uno de los pioneros del cómic underground español. Artista contracultural por antonomasia y pieza clave de la movida barcelonesa de los setenta y ochenta, ha retratado a lo largo de los años la Barcelona canalla. En 1980 dibuja la portada del primer número de El Víbora, en la que publicará la mayor parte de sus historietas: entre ellas, las aventuras de la detective travesti Anarcoma, una de las figuras más emblemáticas del cómic adulto. La obra de Nazario, definida a menudo como subversiva, transgresora y provocativa, incluye títulos como La Piraña Divina, San Reprimonio y las Pirañas, Anarcoma, Turandot (considerada su obra cúspide), Alí Babá y los 40 maricones, Plaza Real safari, La Barcelona de los años 70 vista por Nazario y sus amigos y los tres volúmenes de memorias La vida cotidiana del dibujante underground, Sevilla y la Casita de las Pirañas y Crónicas del gran tirano.