HISTORIA
Tachas 643 • Reventando El Sistema • Bruce Sterling
Bruce Sterling
El 15 de enero de 1990, el sistema de centralitas de larga distancia de AT&T se vino abajo.
Fue un suceso extraño, grave y tremendo. Sesenta mil personas se quedaron sin teléfono. Durante las nueve largas horas de desesperados trabajos que costó restablecer el servicio, unos setenta millones de llamadas no pudieron realizarse.
Los fallos de servicio, conocidos como cortes en el mundo de las telecomunicaciones, son un riesgo conocido y aceptado en el negocio telefónico. Los huracanes hacen que miles de cables de teléfono se partan. Los terremotos arrancan cables de fibra óptica enterrados. Las centralitas se incendian y no quedan más que cenizas. Estas cosas ocurren. Hay planes de emergencia para resolverlas y décadas de experiencia tras ello. Pero la caída del 15 de enero no tenía precedentes. Fue increíblemente descomunal ocurrió sin razón física aparente.
El fallo de sistema comenzó un lunes por la tarde en una centralita de Manhattan. Pero a diferencia de cualquier simple daño físico, se extendió y extendió. Centralitas de toda América se colapsaron una tras otra en una reacción en cadena, hasta que la mitad de la red de AT&T estuvo fuera de control, y la otra mitad tenía dificultades para hacerse con la sobrecarga.
Después de nueve horas, los ingenieros de software de AT&T comprendieron más o menos qué había producido el fallo. Reproducir el problema exactamente, estudiando minuciosamente el software línea a línea, les llevó un par de semanas. Pero como era difícil de entender técnicamente, toda la verdad del asunto y sus implicaciones no fueron amplia y detalladamente explicadas. La causa principal del fallo, se mantuvo en la oscuridad, susurrada con rumor y miedo.
El fallo fue una gran vergüenza para la compañía. El culpable fue un error en el propio software de AT&T, algo que no era de la clase de culpa que el gigante de las telecomunicaciones quería reconocer, especialmente al tener que enfrentarse a una competencia cada vez mayor. A pesar de todo se dijo la verdad, en los frustrantes términos técnicos que era necesario emplear para explicarlo.
De alguna manera, la explicación no convenció a las agencias de seguridad del Estado, ni tampoco al personal de seguridad de las empresas de telefonía. Estas personas no eran expertos técnicos o grandes programadores y habían elaborado sus propias sospechas acerca de la causa del desastre.
La policía y los departamentos de seguridad de telecomunicaciones tenían importantes fuentes de información, que eran denegadas a simples ingenieros de software. Tenían informadores en el submundo informático y años de experiencia en tratar con ciertas fechorías de alta tecnología, que parecían hacerse cada vez más sofisticadas. Durante años habían estado esperando un ataque directo y salvaje contra el sistema telefónico americano. Y con la caída del sistema del 15 de enero —la primera de una nueva década de alta tecnología— sus predicciones, miedos y sospechas, parecían haber entrado en el mundo real. Un mundo en el que el sistema telefónico no había fallado por sí solo, sino que había sido atacado por hackers.
El fallo creó una oscura nube de sospechas, que determinaría las suposiciones y acciones de cierta gente durante meses. El hecho de que tuviera lugar en el área del software era sospechoso. El hecho de que ocurriera el Día de Martin Luther King, aún hoy la fiesta americana con más carga política, hizo todo todavía más sospechoso.
La caída del sistema del 15 de enero propició que se considerara urgente y necesaria la caza de hackers. Hizo que gente, gente poderosa en puestos de autoridad, deseara creer lo peor. Y fatalmente, ayudó para que los investigadores desearan tomar medidas extremas y preservaran un casi total secretismo.
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Un oscuro fallo de software en un anticuado sistema de centralitas de Nueva York iba a provocar una reacción en cadena de problemas constitucionales y legales en todo el país.
Al igual que el fallo en el sistema telefónico, esta reacción en cadena estaba esperando la primera oportunidad para ocurrir. Durante los 80, el sistema legal americano fue ampliamente parcheado para enfrentarse a los nuevos asuntos que traía consigo el delito informático. Estaba, por ejemplo, el «Acta de Privacidad de las Comunicaciones Electrónicas» de 1986 —elocuentemente descrita como una cosa apestosa por un oficial de policía—. Y también estaba la draconiana «Acta de Fraudes y Delitos Informáticos» del mismo año, aprobada unánimemente por el Senado de los Estados Unidos, que después demostraría tener un gran número de defectos. Se habían hecho grandes y bienintencionados esfuerzos para mantener al día el sistema legal. Pero en el día a día del mundo real, incluso el software más elegante, tiende a derrumbarse y mostrar repentinamente sus fallos ocultos.
Del mismo modo que el sistema telefónico, el sistema legal americano no estaba en ruinas por un fallo temporal; pero para aquéllos que fueron aplastados por el peso del sistema en colapso, la vida se convirtió en una serie de oscurecimientos y anomalías.
Para entender por qué ocurrieron estos extraños sucesos, en el mundo de la tecnología y en el de las leyes, no basta con entender los simples problemas técnicos. Llegaremos a entenderlos; pero, para empezar, debemos intentar entender cómo funciona el teléfono, el negocio de la telefonía y la comunidad de seres humanos que los teléfonos han creado.
Texto cedido para promoción por los editores del libro La caza de hackers. Ley y desorden en la frontera electrónica. Bruce Sterling. GRUPU AJEC. 2000, Barcelona.
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Bruce Sterling (EUA. 1954). Escritor estadounidense de ciencia ficción, considerado uno de los fundadores del movimiento cyberpunk junto con William Gibson, aunque también ha escrito relatos de tipo fantástico, histórico y steampunk. De sus novelas de ciencia ficción, destacan El chico artificial (1980), Cismatrix (1985), Islas en la red (1988, premio John W. Campbell Memorial de 1989), La máquina diferencial (1990; coescrita con William Gibson), El fuego sagrado (1996), Distracción (1998, merecedora del galardón Arthur C. Clarke 2000), Zeitgeist (2000) o The Zenith Angle (2004). También ha escrito libros de relatos, como Mirrorshades: una antología cyberpunk (1988) o Cristal Express (1989), y ensayos, como La caza de hackers. Ley y desorden en la frontera electrónica (1992) y Tomorrow now: Envisioning the Next Fifty Years (2003).