NARRATIVA
Tachas 651 • Ethan Frome • Edith Wharton
El pueblo yacía bajo más de medio metro de nieve, con montones mayores en los rincones propicios. Las puntas de la Osa colgaban de un cielo de hierro como carámbanos y Orión emitía sus fríos destellos parpadeantes. Ya se había puesto la luna, pero la noche era tan luminosa que las fachadas blancas de las casas parecían grises entre los olmos, por la nieve, en la que las masas de arbustos y matorrales pintaban manchas negras, en tanto que las ventanas del sótano de la iglesia lanzaban rayos de luz amarillenta hasta muy lejos, por las ondulaciones interminables.
El joven Ethan Frome caminaba a buen paso por la calle desierta. Pasó delante del banco y del nuevo almacén de Michael Eady y de la casa del abogado Varnum con los dos negros abetos de Noruega a la entrada. Frente a la entrada de la casa de Varnum, donde torcía el camino hacia el valle de Corbury, alzaba su campanario blanco y esbelto y su estrecho peristilo la iglesia.
Mientras el joven caminaba hacia ella, las ventanas superiores dibujaban una negra arcada a lo largo de la pared lateral del edificio, pero por las aberturas inferiores, por el lado en que el terreno descendía bruscamente hacia el camino de Corbury, la luz lanzaba sus largos haces, iluminando muchos surcos recientes en la senda que llevaba a la puerta del sótano y mostrando, bajo un cobertizo contiguo, una hilera de trineos con los caballos muy arropados.
Era una noche tranquila y apacible y el aire era tan seco y puro que apenas se sentía el frío. Frome tenía la sensación de que no había atmósfera, de que entre la blanca tierra que se extendía a sus pies y la cúpula metálica de arriba sólo hubiera algo tan tenue como el éter. «Es como estar en un receptor agotado», pensó. Cuatro o cinco años atrás había estado una temporada haciendo un curso en una escuela técnica de Worcester, y había trabajado un poco en el laboratorio con un amable profesor de física. Las imágenes que tal experiencia le había suministrado afloraban aún inesperadamente en las asociaciones de ideas totalmente distintas en que había pasado a vivir luego. La muerte de su padre y las desdichas que siguieron habían puesto prematuro fin a los estudios de Ethan. Y aunque éstos no habían sido lo bastante amplios para serle de gran utilidad práctica, habían nutrido su fantasía y le habían convencido de que había inmensos y nebulosos significados tras la cara cotidiana de las cosas.
Mientras caminaba por la nieve, el sentido de tales significados brillaba en su mente fundido con la exaltación física causada por la dura caminata. Se detuvo al final del pueblo, ante la fachada oscurecida de la iglesia. Se quedó allí un momento, jadeante, mirando a un lado y otro de la calle, por la que no se veía un alma. El talud del camino de Corbury, bajo los abetos del abogado Varnum, era la zona favorita de Starkfield para deslizarse en trineo; los días claros, al anochecer, en la esquina de la iglesia resonaban hasta tarde los gritos de los que se deslizaban por allí con sus trineos; pero aquella noche ni un solo trineo oscurecía la blancura de la pendiente. La quietud de la media noche cubría el pueblo y toda su vida despierta se agrupaba tras las ventanas de la iglesia, de donde llegaban los compases de música de baile con anchos haces de luz amarilla.
El joven bordeó el edificio de costado y bajó por la pendiente hacia la puerta del sótano. Para mantenerse fuera del alcance de la delatora luz del interior, dio un rodeo por la nieve intacta y se fue acercando poco a poco al ángulo extremo de la pared del sótano. Luego, aún oculto en la sombra, fue avanzando cautamente hasta la ventana más próxima, manteniendo el cuerpo a cubierto y estirando el cuello hasta que pudo ver el salón.
Visto así, desde la pura y gélida oscuridad en que estaba, era como si el salón hirviera en una niebla de calor. Los reflectores metálicos de los mecheros de gas lanzaban ásperas oleadas de luz contra las paredes encaladas, y los flancos de hierro de la estufa del fondo de la estancia, parecían exhalar fuegos volcánicos. La pista de baile estaba llena de jóvenes de ambos sexos. Al final de la pared lateral que quedaba enfrente de la ventana, había una hilera de sillas de cocina de las que acababan de levantarse las mujeres mayores. La música había cesado, y los músicos (un violinista y la joven que tocaba el armonio los domingos) tomaban un apresurado refrigerio en un rincón de la mesa de la cena que alineaba sus devastadas fuentes de pasteles y sus platillos de helado sobre el estrado del fondo del salón. Los invitados se disponían a irse, y la marea avanzaba ya hacia el pasillo donde estaban colgados abrigos y frazadas, cuando un joven de ágiles pies y pelo oscuro se lanzó en medio de la pista batiendo palmas. La señal produjo un efecto instantáneo. Los músicos corrieron a sus instrumentos, los bailarines (algunos ya embozados para irse) se alinearon a ambos lados de la pista, los espectadores de más edad volvieron a sus sillas y el animoso joven, tras zambullirse entre el gentío, salió de él con una muchacha que se había cubierto ya la cabeza con una mantilla ligera de ganchillo, una «fascinadora», color cereza y, llevándola hasta el extremo de la pista, danzó con ella al alegre son de un reel de Virginia.
A Frome le latía el corazón apresuradamente. Había estado intentando localizar la cabeza oscura bajo la mantilla color cereza y le ofendió que otros ojos hubieran sido mas rápidos que los suyos. El que dirigía el reel, que parecía tener sangre irlandesa en las venas, bailaba bien, y contagiaba su fogosidad a su compañera. Recorría ésta la hilera, su ágil figura columpiándose de mano en mano en círculos cada vez más rápidos; se le cayó de la cabeza la mantilla y le quedó sobre los hombros, y Frome captaba en cada giro la imagen de sus jadeantes y risueños labios, la nube de pelo oscuro sobre la frente y los ojos oscuros que parecían los únicos puntos fijos en un laberinto de líneas volantes.
Los bailarines danzaban cada vez más aprisa y los músicos, para seguir su ritmo, espoleaban sus instrumentos como los jockeys sus cabalgaduras en la recta final. Pero el joven que estaba en la ventana tenía la sensación de que aquel reel no acabaría nunca. De vez en cuando sus ojos pasaban del rostro de la chica al de su pareja, que, en el entusiasmo de la danza, había adoptado una expresión casi impúdica de posesión y dominio; Denis Eady era hijo de Michael Eady, el ambicioso tendero irlandés, cuya obsequiosidad e insolencia habían proporcionado a Starkfield la primera noción de los métodos mercantiles «avispados», y cuyo nuevo almacén atestiguaba el éxito de la empresa. Parecía probable que el hijo siguiera los pasos del padre y, entretanto, se dedicaba a aplicar las mismas artes a la conquista de las jóvenes casaderas de Starkfield. Ethan Frome se había contentado hasta entonces con considerarle un tipo despreciable, pero ahora estaba pidiendo claramente un par de latigazos. Era extraño que la chica pareciera no advertirlo: que alzara el rostro extasiado hacia el de su pareja y colocara sus manos en las de él sin sentir, en apariencia, lo afrentoso de su mirada y su contacto.
Frome tenía la costumbre de ir andando a Starkfield a recoger y llevar a casa a la prima de su esposa, Mattie Silver, las pocas veces en que la ocasión de divertirse la llevaba hasta el pueblo. Fue la esposa de Frome quien indicó, cuando la chica se fue a vivir con ellos, que tendría esas posibilidades de diversión. Mattie Silver era de Stanford y, cuando se instaló en casa de los Frome para ayudar a su prima Zeena, se juzgó conveniente, dado que no iban a pagarle nada, procurar que no hubiera un contraste demasiado acusado entre la vida que había llevado hasta entonces y el aislamiento de una granja de Starkfield. Pero de no ser por esto, pensó sardónicamente Frome, difícilmente se le habría ocurrido a Zeena dedicar un solo pensamiento a las posibles diversiones de la chica.
Cuando su mujer propuso por primera vez que deberían dar a Mattie alguna tarde libre de vez en cuando, él opuso ciertos reparos, interiormente, por tener que andar los tres kilómetros que había hasta el pueblo, y los tres de vuelta, tras una dura jornada de trabajo en la granja. Pero poco después, había llegado a desear que Starkfield pudiera dedicarse a la jarana todas las noches.
Hacía ya un año que Mattie Silver vivía bajo su techo, y tenía frecuentes oportunidades de verla, desde primera hora de la mañana hasta que se sentaban para la cena; pero no había momentos en su compañía comparables a aquellos en que, cogidos del brazo y ella intentando seguir con su paso ágil el ritmo de las largas zancadas de él, volvían a la granja en la oscuridad de la noche. Quedó prendado de la chica el primer día, cuando fue hasta los Flats a buscarla, y ella le sonrió y le saludó con la mano desde el tren, gritando: «¡Debes de ser Ethan!», y saltó del tren con sus bártulos, mientras él pensaba, examinando su menuda figura: «No creo que sirva mucho para el trabajo de la casa, pero no hay duda de que es una persona agradable». No fue sólo que la llegada a la casa de un poco de vida joven y optimista fuese como encender un fuego en un hogar frío, pues la chica era algo más que la criatura alegre y servicial que él había imaginado. Sabía ver y sabía oír. Podía enseñarle y explicarle sus cosas y saborear la bendita sensación de que todo lo que decía dejaba largas reverberaciones y ecos que él podía despertar a voluntad.
Y en estos paseos nocturnos de vuelta a la granja él sentía más intensamente la dulzura de esta comunión. Siempre había sido más sensible que la gente que le rodeaba al atractivo de la belleza natural. Sus estudios inconclusos habían conformado esta sensibilidad y hasta en sus momentos de mayor desdicha el campo y el hielo le hablaban con persuasión vigorosa y profunda. Pero hasta entonces la emoción no había salido nunca al exterior, era como un dolor silencioso, que empañaba de tristeza la belleza que evocaba. Ni siquiera sabía si había otra persona en el mundo que sintiera lo que sentía él o si él era la única víctima de aquel fúnebre privilegio. Luego supo que otro espíritu había temblado ante el mismo aliento de lo maravilloso: que a su lado, viviendo bajo su techo y comiendo su pan, había una criatura a quien podía decirle: «La de allá es Orión; aquella grande de la derecha, Aldebarán; y ese grupo de pequeñas estrellitas, que parecen un enjambre de abejas…, son las Pléyades…». O a quien podía mantener extasiada ante un saliente de granito que brotaba entre los helechos desplegando el inmenso panorama de la era glacial, y hablando de los largos y oscuros períodos sucesivos. El hecho de que la admiración por su sabiduría se mezclase con el asombro por lo que le enseñaba, no era en modo alguno la parte menor de su placer. Y había otras sensaciones, menos definibles pero más sutiles, que les atraían mutuamente con un estremecimiento de dicha silenciosa: el rojo frío del crepúsculo tras las montañas invernales, el vuelo de rebaños de nubes sobre laderas de dorado rastrojo, las sombras intensamente azules de los abetos sobre la nieve iluminada por el sol. Cuando ella le dijo una vez: «¡Parece que estuvieran pintados!», Ethan pensó que el arte de la definición no podía ir más lejos, y que al fin se habían hallado palabras para expresar su alma oculta…
Mientras estaba allí, en la oscuridad, fuera de la iglesia, estos recuerdos volvieron con la agudeza de las cosas desaparecidas. Viendo girar a Mattie por la pista, de mano en mano, se preguntaba cómo podía haber pensado alguna vez que le interesara su charla aburrida. Para él, que sólo en presencia de ella estaba alegre, la alegría de ella constituía una prueba palpable de indiferencia. Aquella expresión con que miraba a sus compañeros de baile era la misma que, cuando le miraba a él, parecía siempre una ventana que hubiera conseguido atrapar el crepúsculo. Percibió incluso dos o tres gestos que, en su fatuidad, había imaginado reservados exclusivamente para él: aquel modo de echar la cabeza hacia atrás cuando algo le divertía, como para saborear la risa antes de dejarla salir, y aquel truco de bajar los párpados despacio cuando algo le encantaba o le conmovía.
Lo que veía le hacía desgraciado, y su aflicción despertaba miedos latentes. Su esposa jamás había mostrado celos de Mattie, pero últimamente gruñía cada vez más por el trabajo de la casa y hallaba medios indirectos de llamar la atención sobre la ineficacia de la chica. Zeena siempre había sido lo que en Starkfield llamaban «enfermiza», y Frome tenía que admitir que, si estaba tan enferma como creía ella, necesitaba la ayuda de un brazo más fuerte que aquel que se apoyaba levemente en el suyo durante los paseos nocturnos de regreso a la granja. Mattie no tenía disposición natural para los trabajos domésticos, y el aprendizaje de ellos nada había hecho por remediar tal defecto. Aprendía de prisa, pero se le olvidaban cosas y era muy soñadora, y no parecía dispuesta a tomarse en serio el asunto. Ethan creía que si alguna vez se casaba con un hombre a quien amara despertaría el instinto dormido y sus tartas y pastas se convertirían en el orgullo del condado. Pero las tareas domésticas en abstracto no le interesaban. Al principio era tan torpe que no podía evitar reírse de ella. Pero ella se reía con él, y eso les hizo más amigos. Ethan hizo cuanto pudo por complementar los torpes esfuerzos de la muchacha, levantándose más temprano de lo normal para encender la cocina, llevando la leña por la noche y menospreciando el aserradero en favor de la granja, para poder ayudarla en la casa durante el día. Llegó incluso a bajar furtivamente a la cocina los sábados por la noche para barrer el suelo cuando las mujeres ya se habían acostado. Y un día Zeena le sorprendió en plena labor y dio la vuelta y se fue en silencio, con una de sus extrañas miradas.
Últimamente había dado otras muestras de insatisfacción, igual de intangibles, pero más inquietantes. Una cruda mañana de invierno, mientras él se vestía en la oscuridad y la vela temblequeaba por la corriente de aire que entraba por la ventana mal ajustada, la oyó hablar a su espalda, desde la cama.
—El médico no quiere que me quede sin alguien que se ocupe de mí — dijo, con su liso gimoteo.
La creía dormida y el rumor de su voz le sorprendió, pese a que era dada a bruscas explosiones verbales tras largos intervalos de misterioso silencio.
Ethan se volvió y la miró, tendida allí, vagamente delineada bajo el oscuro cobertor de calicó, el rostro huesudo al que daba un tinte grisáceo la blancura de la almohada.
—¿Alguien que se ocupe de ti? —repitió él.
—Si tú dices que no puedes pagar a una chica cuando se vaya Mattie…
Frome se volvió de nuevo, y alzando la navaja se inclinó para examinar el reflejo de su mejilla tersa en el sucio espejo del palanganero.
—¿Por qué demonios habría de irse Mattie?
—Bueno, cuando se case, quiero decir —repuso su esposa, con el mismo sonsonete a su espalda.
—Bueno, no nos dejará mientras tú la necesites —contestó, raspándose con aspereza la barbilla.
—Jamás permitiría que dijesen que me interponía en el camino de una pobre chica como Mattie y no la dejaba casarse con un muchacho listo como Denis Eady —contestó Zeena, con tono de quejumbrosa humildad.
Ethan, mirando furioso su rostro en el espejo, echó la cabeza hacia atrás y arrastró la navaja de la oreja a la barbilla. Lo hizo con mano firme, pero era una excusa para no dar una respuesta inmediata.
—Y el médico no quiere que me quede sola —continuó Zeena—. Quería que hablase contigo de una chica de la que ha oído hablar, que podría venir…
Ethan posó la navaja y se irguió con una carcajada.
—¡Denis Eady! Si no es más que eso, creo que no hay motivo para apresurarse a buscar una chica.
—Bueno, me gustaría hablar contigo de eso —insistió Zeena, obstinada.
Él se estaba vistiendo ya, con una torpe precipitación.
—De acuerdo. Pero ahora no tengo tiempo; ya me he retrasado — contestó, acercando a la vela su viejo reloj de plata de bolsillo.
Zeena, aceptando aparentemente esto como definitivo, se quedó contemplándole en silencio, mientras él se echaba los tirantes por los hombros y se ponía la chaqueta. Pero cuando ya se encaminaba hacia la puerta, le dijo, brusca e incisiva:
—Creo que siempre te retrasas… ahora te afeitas todos los días…
Este ataque le había asustado más que todas las vagas insinuaciones sobre Denis Eady. Era cierto que, desde la llegada de Mattie Silver, había empezado a afeitarse todos los días; pero cuando él se levantaba en la oscuridad del invierno su esposa parecía dormir siempre y él había supuesto, tontamente, que no advertiría ningún cambio en su apariencia. Una o dos veces le había inquietado, en el pasado, vagamente, aquella costumbre de Zenobia de dejar que pasaran las cosas como si no las advirtiera y luego, semanas después, con un comentario de pasada, indicar que había tomado buena nota de todo y que había sacado sus conclusiones. Pero últimamente, en los pensamientos de Ethan no había habido espacio para estas vagas aprensiones.
Ante una realidad agobiante, la propia Zeena se había desvanecido en una sombra insustancial. Toda la vida de Ethan se desarrollaba ante la visión y el rumor de Mattie Silver, y ya no podía imaginar que fuera de otro modo. Pero mientras estaba allí fuera de la iglesia, viendo a Mattie girar en la pista de baile con Denis Eady, una multitud de amenazas y atisbos menospreciados tejían una nube alrededor de su mente…
[Texto cedido para promoción por los editores del libro Ethan Frome. Edith Wharton. 2022. Alba Editorial. Traducción: José Manuel Álvarez Flórez & Ángela Pérez.*
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Edith Wharton (Nueva York, EE. UU., 1862 - SaintBrice-sous-Forêt, Francia, 1937) Su nombre de soltera era Edith Newbold Jones, y nació en el seno de una familia adinerada durante la Guerra Civil americana. Su pertenencia a la clase alta anglosajona determinó el ambiente y la creación de personajes en sus novelas, además de que su estancia en Italia y París la llevó a compartir sociedad con miembros de la más alta aristocracia europea. En 1885 se casó por conveniencia con Edward Wharton, un banquero del que se divorció en 1913. Tras la publicación de varios relatos, su primera novela, El valle de la decisión, apareció en 1902. Se centró en caracterizar en sus obras la sociedad de clase alta con la que convivía, desarrollando potentes personajes femeninos que atrapados entre sus propios deseos y las exigencias del mundo externo. Era amiga cercana de Henry James, quien tuvo gran influencia en su estilo literario. Posiblemente su obra más conocida sea La edad de la inocencia (1921), que fue Premio Pulitzer — siendo la primera mujer en recibir este galardón— y que fue adaptada para el cine en 1993 por Martin Scorsese. Además de su faceta narrativa, era una reconocida paisajista y diseñadora de interiores; también escribió libros de viajes centrados en Francia y Marruecos, que describen su interés por la participación francesa en la Primera Guerra Mundial.