NARRATIVA
Tachas 654 • Entre tibio y Tombuctú • Kurt Vonnegut
Un joven pintor, cuya esposa había fallecido en un accidente automovilístico dos semanas atrás, se encontraba de pie ante las puertas abiertas de su estudio en una casa silenciosa. Tenía los pies muy separados, como si se dispusiera a atacar a alguien, y el gesto de frustración de su rostro contradecía la apacible escena que tenía ante sí. Una loma verde, chispeada con resplandecientes hojas caídas de los arces, se deslizaba hacia un estanque que bordeaba la presa de rocas que él mismo había construido en primavera. Un anciano encorvado y de ojos brillantes, su vecino el granjero, recorría arriba y abajo el espigón de madera que se internaba en el estanque, arrojando al agua un cebo rojiblanco una y otra vez.
El pintor, David Harnden, sostenía en sus manos un pequeño diccionario y, bajo la frágil calidez de la luz del veranillo de San Martín, leía y releía la definición de la palabra situada entre tibio y Tombuctú: «la idea general, relación o hecho de una existencia continua o sucesiva».
De manera impaciente, David cerró de un golpe el libro entre sus largos dedos. La palabra era tiempo. Anhelaba entender el tiempo, desafiarlo, derrotarlo —ir hacia atrás, no hacia adelante—, volver a los momentos vividos junto a su esposa, Jeanette, esos instantes que el tiempo había barrido.
El carrete de pesca del viejo granjero cantaba. David levantó la vista a tiempo de ver cómo el brillante cebo impactaba contra el agua, se hundía e iniciaba su retorcido regreso hacia el espigón. Ahora colgaba en el aire, a escasos centímetros de la punta de la caña. Sus últimas ondas en la superficie del agua se disipaban al límite del estanque. Otro instante que se desvanecía… Que se iba, se estaba yendo, ya se había ido. Tiempo.
A David se le abrieron más los ojos. Sabía que su fascinación por el tiempo rayaba la insania y era poco más que una reacción a la tragedia. Pero en momentos más calmados experimentaba una firme y creciente convicción de que su deseo de viajar a un pasado más feliz podía ser algo de lo más razonable. En cierta ocasión, un amigo científico le había comentado, con unos whiskys encima, que cualquier avance técnico que pasara por la mente humana se convertiría algún día en realidad gracias a la ciencia. Era concebible que el hombre pudiera viajar a otros planetas, así que eso acabaría sucediendo. Era concebible fabricar una máquina más inteligente que el ser humano, así que acabaría fabricandose. Era concebible que David pudiese volver junto a Jeanette. Cerró los ojos. Era inconcebible la idea de no volver a verla…
Contempló al granjero mientras éste recogía el sedal para volver a lanzar el cebo. El espigón crujió. «Aléjese del extremo», le gritó David. Llevaba tiempo pensando en arreglar dos de los pilares, que estaban verdosos y astillados. El viejo no dio señales de haberle oído. David no estaba de humor para preocuparse por él. Al carajo con el pantalán: aguantaría. Regresó a su mundo interior.
Se tumbó cuan largo era en un sofá del estudio, dejó caer el diccionario al suelo y se perdió en una fantasía poblada por visitantes de otro mundo. Imaginaba seres infinitamente más sabios que los humanos, con más sentidos que los cinco habituales en el hombre; seres que podían hablarle del tiempo. Pensaba en visitantes del espacio que aportaban una comprensión del tiempo como algo que parecía sobrepasar los límites de la mente humana… De largo. Puede que hubiese en el universo ciertas formas de vida —los que iban en platillos volantes, pongamos por caso— que podían deambular a su antojo por el tiempo. Y seguro que se reían de los terrícolas, para quienes el tiempo era una calle unidireccional cuyo final se apreciaba a simple vista.
Si pudiera, ¿hacia dónde viajaría en el tiempo? David se incorporó y se mesó el cabello corto y negro. «Hacia Jeanette», dijo en voz alta… Hacia las imágenes, los sonidos, los aromas y las sensaciones de cierta tarde de mayo. El paso del tiempo había oscurecido, aplanado y enfriado esa preciosa visión. Podía recordar lo vital, lo feliz y lo perfecta que había sido esa tarde. Pero ya no podía verla con claridad…
Vagamente, mientras se le rompía el corazón, podía verse a sí mismo junto a la hermosa y radiante Jeanette tal como habían sido ese día. ¿El momento perfecto? Eran infinitos, y todos igualmente adorables. Casados hacía dos semanas, habían llegado a esta casa aquel día… Habían explorado alegremente cada cuarto, alabando la verde y suave tranquilidad que enmarcaba cada ventana… Se habían apoyado en el dique de rocas, habían chapoteado con los pies descalzos en el estanque y se habían besado… Se habían tumbado sobre la hierba fresca de la loma… Jeanette, Jeanette, Jeanette…
La imagen se vio alterada por un grito. «¡Socorro! ¡Ayuda!».
David se puso en pie de un salto. Los dos pilares del extremo del pantalán se habían quebrado de arriba abajo, extendidos en toda su longitud. Las planchas de madera más cercanas al agua colgaban absurdamente entre ellos cual trampilla abierta de un cadalso. El viejo granjero había desaparecido. Nada se movía en la superficie.
David echó a correr ladera abajo, quitándose la ropa por el camino, y se arrojó a un agua tan fría que dolía. Al fondo, bajo el espigón roto, empezó a quedarse sin fuerzas. Tenía ante él al granjero, hecho una bola, sin moverse como no fuese gracias a la corriente. David salió a la superficie, se llenó de aire los pulmones y volvió a sumergirse. Se hizo con un tirante del mono de trabajo que llevaba puesto el viejo y tiró de esa masa pasiva en que se había convertido. Ni pelea, ni resistencia ni el abrazo de la muerte.
David consiguió arrastrar el cuerpo hasta la loma. Perdió la cuenta de las veces que intentó desalojar a la muerte de los pulmones del granjero. Arriba, abajo, apretar, soltar… Arriba, abajo, apretar, soltar… ¿Cuánto tiempo había pasado desde que le gritó a aquel chaval que vio en la carretera que fuese a buscar a un médico? Arriba, abajo… Ni el menor atisbo de vida en ese rostro pálido con la boca abierta. A David le dolían los brazos y los hombros: ya no podía convertir las manos en puños. El tiempo había vuelto a ganar, le había arrebatado otro ser humano a la gente que lo quería. De repente, David tomó conciencia de que llevaba todo el rato hablando en voz alta, airado… Que no se estaba comportando con la severa preocupación de quien intenta salvar una vida, sino con la rabia de un matón. No sentía ninguna emoción hacia el hombre que tenía bajo las manos; lo único que sentía era odio hacia su mutuo torturador: el tiempo.
Los neumáticos sisearon sobre la espesa grava del camino de arriba. Un hombre bajito y obeso trotó ladera abajo, agitando compulsivamente un maletín negro. David asintió preocupado. El maduro doctor Boyle, único galeno del pueblo, asintió a su vez mientras luchaba por recuperar el aliento.
—¿Señales de vida? —boqueó el doctor.
Había abierto el maletín y sostenía al sol una jeringa hipodérmica de larga aguja. Apretó el émbolo hasta que apareció una gotita en la punta de la aguja.
—Está muerto, doctor… Más muerto, imposible —declaró David—. Hace treinta minutos pensaba en el róbalo que se iba a tomar para cenar. Y ahora ya no está. Treinta minutos, todos ellos en la misma dirección, lo han dejado atrás.
El doctor Boyle le observó con leve estupor y luego se encogió de hombros.
—Le sorprendería ver lo difícil que es acabar con algunos de estos carcamales —dijo, casi con alegría.
David y él le dieron la vuelta al granjero. Yendo al grano, el doctor Boyle le clavó la larga aguja en el corazón al ahogado.
—Si le queda el más mínimo resuello, lo dejaremos como nuevo. Tal vez —volvió a poner el cuerpo sobre el estómago—. Bueno, ya ha descansado usted. Vuelta al trabajo, muchacho.
Mientras el doctor Boyle frotaba las extremidades del hombre y David le practicaba la respiración artificial, un atisbo de color rosáceo se asomó a esas mejillas de cera. Tras un regüeldo y un suspiro, el viejo volvió a respirar.
—Ha vuelto de entre los muertos —susurró David, pasmado.
—Si le gusta ponerse melodramático, supongo que sí, que lo hemos rescatado de entre los muertos —dijo el doctor Boyle mientras encendía un cigarrillo sin apartar la vista del rostro del ahogado.
—¿Lo hemos hecho o no?
—Todo es una cuestión de terminología —dijo Boyle, dando muestras evidentes de lo mucho que le aburría el tema—. Los ahogados, los electrocutados y los asfixiados suelen ser personas en muy buen estado: buenos pulmones, buen corazón, riñones, hígado, todo en perfecto estado de revista. Lo único que les pasa es que están muertos. Si los pillas a tiempo, a veces puedes hacer algo al respecto —le puso otra inyección al granjero, esta vez en el brazo—. Pues sí, adiós a la muerte y hola a unos años más de pesca.
—¿Cómo será estar muerto? —preguntó David—. Igual nos lo puede contar.
—No seamos morbosos —dijo el médico en tono ausente. Y luego frunció el ceño—. ¿Qué hace un jovenzuelo como usted dándole vueltas a la muerte? Si a usted le quedan sus buenos sesenta años —se ruborizó y le puso la mano a David en el hombro—. Lo siento… Me olvidé.
—¿Qué nos contará? —insistió David, insensible al desliz del médico.
Éste le observó con curiosidad.
—¿En qué consiste estar muerto? Pues en eso: en morir. En eso consiste —le aplicó el estetoscopio al viejo en el corazón, que volvía a latir—. ¿Qué nos puede contar nuestro amigo? —meneó la cabeza—. Pues nos dirá lo de costumbre. Seguro que lo ha leído cien veces en los periódicos. Los resucitados no recuerdan nada, así que el noventa por ciento dice lo habitual para hacerse el interesante —chasqueó los dedos—. Y se trata de una chorrada. ¿Sabe a qué frase me refiero?
—No. Hasta ahora no me había interesado ese tema.
El doctor Boyle sacó los restos de un lápiz y una hoja de papel del bolsillo del chaleco. Garabateó una frase en el papel y se lo pasó a David:
—Ahí la tiene. No la lea hasta que nuestro protegido se recupere lo suficiente como para poder hablar. Le apuesto cinco dólares a que dirá lo que acabo de escribir.
David dobló el papel y se lo quedó en la palma de la mano. Juntos transportaron al granjero hasta la casa.
Texto cedido para promoción por los editores del libro La cartera del cretino. Kurt Vonnegut. 2013. Malpaso. Traducción de Ramón de España.
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Kurt Vonnegut (EUA, 1922 - 2007) El humor negro, la voz satírica y la incomparable imaginación de Kurt Vonnegut captaron por primera vez la atención del público estadounidense con Las sirenas de Titán en 1959, y le erigieron como “un verdadero artista” (The New York Times) con Cuna de gato en 1963. Matadero Cinco es, probablemente, su obra más significativa. Vonnegut era, según Graham Greene, “uno de los mejores escritores norteamericanos”.