Es lo Cotidiano

NARRATIVA

Tachas 662 • II • Wendy Guerra

Imagen generada con IA de Adobe Firefly
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Tachas 662 • II • Wendy Guerra

Llegué a México con la necesidad de reclutar a un exnovio que me traía muy buenos recuerdos. Para eso llamé a varios amigos cubanos que había perdido en la diáspora de los noventa, y al final de la semana nos encontramos casi todos en un restaurante de La Condesa.

Aquel muchacho se había convertido en un hombre maduro, pero no perdía el espíritu de remero que le conocí. Creció en el pueblo de Cárdenas, y en el patio de su casa nacía el mar, el mismo que baña las translúcidas playas de Varadero. Desde chiquillo tenía la costumbre de apuntarse a cuanto deporte acuático se practicara en la zona, era un ganador nato, pero enseguida lo olvidaba, pues su obsesión era competir. Nos recuerdo juntos en un dueto exótico, fuimos esa pareja que nadie entendió. Su pelo rubio flotaba en el aire contrastando con mi pelo rapado y negro como azabache. Yo no practicaba deportes, lo esperaba en la orilla mientras él salía en kayak y volvía a nado para encontrarme frente a mis torpes apuntes de marinas que emborronaba sobre las cartulinas con acuarelas rusas, en ese lapso de tiempo él ganaba su mundo brazada a brazada mientras yo quedaba anclada en la orilla de nuestra adolescencia. Nadie comprendía por qué nos entendíamos tan bien, dejar hacer era justo lo que nos unía, y así fuimos los dos, dejando hacer a cada quien mientras los caminos se fueron transparentando en una gran aguada hasta desaparecer del dibujo común sin que nos diéramos cuenta.

Cuando encontré a Enzo sentí una emoción antigua, el pecho comenzó a cerrarse y al mirarlo supe que estaba ante el mismo pez peleador, ahora con muchas canas y un velo cenizo sobre los ojos. En esencia él era la misma persona, buceando ahora en una ciudad sin mar. Los amigos que encontré me hacían preguntas sobre Cuba. Yo intentaba explicar, en medio de la agitación, todo el panorama que había dejado atrás y del que intentaba descansar al menos unos días, pero me daba cuenta de que para ellos era importante escuchar mi testimonio, y así lo hice, intentando usar imágenes, símbolos, para dejarlos al corriente de lo que allí se vivía, narrando eso que uno cree que es la vida de todos; lo que les sucede a todos los ciudadanos es sólo una alucinación personal, fragmentos de tu realidad que el resto de los ciudadanos no se ha detenido a observar. Mientras hablaba de mí intentando evaluar una situación colectiva sentí una oleada de sinceridad, y es que siempre uno tiene sólo su parte de verdad. Yo era el último testigo del grupo de playeros vacacionistas que quedaba en la ciudad abandonada, por eso conté cada minuto de mis últimos días para describir lo que estaba sucediendo en Cuba. Al terminar mi fábula, entre lágrimas y besos, me sentí una heroína de la resistencia cubana. Ninguno de ellos era capaz de aguantar lo que aguantamos cada día, ¿para qué?, lo veía en sus ojos, allí sólo quedábamos los residuos, el resto, el casco y la mala idea, los extras de este desperdicio de película. Éramos las mulas de carga para avanzar al abismo que empuja el dolor, la brutalidad, la necedad incoherente y la vulgaridad, sobrellevando lo poco que nos queda de aquella utopía nacida en los años sesenta. Este sentimiento, sin dudas, venía como una anticipación del malentendido que me restaba por vivir. Así soy, una adivina insulsa que presiente cuándo la desgracia llega, se paraliza, y es incapaz de hacer algo por detenerla. Mis amigos reencontrados no me perdonaban haberme quedado, y a la vez sentían compasión por todo lo que había atravesado sola. ¿Por qué quedarse? Era la pregunta que nadie pronunció pero que el aire traía y llevaba en el aura de aquel restaurante. Eso era evidente. Al fin nos dejaron solos, Enzo y yo olvidamos el origen y salimos a caminar desafiando el peligro del DF. ¿Qué mayor peligro que todo lo contado y todo lo vivido? ¿Qué mayor peligro que haberlos perdido?

Como era un cuerpo lo que necesitaba, eso hicimos, el amor en todas partes, en el elevador de su edificio rompió el viejo abrigo de mi madre con una caricia, en su sala me desnudó para entrar como el gran buque que ha sido siempre. Así lo sentí adentrarse, rígido y viril por la acuosa y cálida ensenada, la misma que desfloró un verano. Aquí estaba, lidiando con los restos de virginidad que me ayudó a liberar a los diecisiete años en la hermosa bahía de Cárdenas al final de nuestras vacaciones escolares. Enzo rompía mi celibato, el de esta otra edad en cautiverio, y con las aguas que manaban de los dos nos encendimos entre temblores y ahogos, en un sollozo final nos rendimos incrédulos. ¿Cuántos años pasaron desde entonces? ¿Quizás fue ayer cuando nos despedimos y todo esto del exilio es una invención que se rompe al contacto con la piel? Todo este tiempo viví entretenida en la otra política, la política del cuerpo, enfrascada en el arte de ofrendarlo como único espacio de libertad. Seguía gozando de Enzo, para mí él era perfecto, pero urgían las playas en su cuerpo, entonces lo entendí, todo no se puede tener en nuestras condiciones, las playas podían esperar y nuestros cuerpos sentirían para siempre su vaivén en el gusto como recordatorio del origen, ese ritmo interior que nos acompaña y mece desde la infancia. La costumbre de tumbarnos a flotar aboyados sobre las olas nos perseguirá para siempre. Al despertar sentimos arena en la cama, pero la arena estaba sólo en nuestras impresiones, porque las playas quedaron allá, lejanas como Cuba.

La vida con Enzo no era la vida con Enzo, era una vida comunitaria y colectiva, las playas estarían lejos, pero el cubaneo era una presencia colindante, constante. Se hablaba mal de todo y de todos, los maridos eran prestados hasta el próximo amigo que se iría con la ex del anterior. Se hablaba de asuntos académicos en el mismo tono en que se charla sobre una receta de picadillo a la habanera. No se compraban muebles, ni cuadros, nada de eternidad había en aquellas casas porque, supuestamente, todos volverían en un período de diez años (máximo) a Cuba. El fin del eterno gobierno, para ellos, estaba cerca, se vivían sus penúltimos días.

El apoyo moral nunca faltaba, eran generosos y amables, cocinaban juntos, se acompañaban al médico, y por eso se mudaron cerca unos de otros; se llamaban a toda hora y planeaban las vacaciones a un mismo tiempo intentando no dejar a nadie solo en aquella ciudad soberbia y gris. Las casas mantenían la televisión encendida con Cubavisión Internacional, para avisarse al momento si pasaba algo. Lo difícil era hacerles entender que primero se enterarían por CNN México que por la televisión cubana. ¿Cómo es posible olvidar asuntos esenciales que caracterizan al cerrado sistema cubano en el que crecimos y que nadie ha logrado cambiar? Cambiarlo significaría tumbarlo todo, y esa noticia no la dará la televisión cubana, no, señor.

Impartían clases en universidades, volvían bajo la lluvia corriendo a su refugio, apartamentos con olor a cigarro habanero, entregaban artículos en los periódicos locales hablando del monotema Cuba, regresaban cansados en las noches cantando una canción de la Trova Santiaguera o un inmortal tema de Frank Domínguez, y acudían a discusiones públicas en mesas que opinaban sobre arte, historia y sociología del Caribe sin dejar a Cuba sobre la alfombra. Yo los veía ir y venir desde mi ventana, Enzo tenía un hermoso penthouse mirador en el centro de su gueto. Ir y venir lejos de una Cuba vedada por el exilio, esa que los perseguía a todas partes.

Un domingo Enzo me llevó al mercadillo, un pasadizo discreto en la Zona Rosa. Allí compré algunos libros, una cafetera de plata y una cartera de los años veinte que parecía la perfecta pieza usada por Anaïs Nin en sus años adolescentes en Nueva York. De repente vimos una enorme foto de Fidel, de aquellas de cuando el Comandante Guerrillero hablaba al pueblo en las alocuciones de cinco y siete horas seguidas. Compramos el cuadro y lo llevamos a la comida dominical. Mi intención era poner la foto en la pared ya que nuestros amigos no lograban prescindir de su presencia. Ahí empezaron los desacuerdos. No supieron leer la broma, lo único que les había quitado el exilio era la capacidad de reírse de la desgracia. Reírse de ello significaba una afrenta al dolor.

Enzo se sintió abandonado por sus amigos, que ya no deseaban compartir conmigo. Yo lo había cambiado. Él no quería seguir en su empeño político y prefería dar clases y aceptar contratos extras como editor. Teníamos el plan de mudarnos a una playa para nadar juntos y volver así a las aguas del pasado. Sus amigos estaban descontentos y entonces empezaron a usar tácticas del totalitarismo: sembrar la sospecha, dividir con pistas falsas, vencer con ayuda del rumor. No hay nada más parecido a un comunista que un decepcionado del comunismo. ¿Quiénes eran ellos y cómo llegaron hasta aquí? Si releemos sus verdaderas biografías vemos lo entrenados que estaban. El exilio intelectual en ciudades peligrosas, sin salida al mar, te puede asfixiar. No es ése el mismo exilio de París o Barcelona, en el que puedes andar libremente, éste es un exilio sombrío, sembrado de riesgos y muertes. ¿Cuántos cubanos célebres murieron aquí? La lista es enorme.

Tenía que aguantar por Enzo, pero no estaba segura de que Enzo aguantara conmigo entre tantas opiniones encontradas, de cualquier manera ellos habían sido su familia, ellos cuidaron sus fiebres, lo trajeron a casa en las madrugadas de nostálgicas borracheras, lo acompañaron cuando supo la horrible noticia del suicidio de su padre; ellos brindaron cuando se hizo doctor en Historia, y no lo dejaron nunca un domingo a las siete de la noche, cuando todo parece perder sentido. Y yo, ¿dónde estaba yo? Yo soy sólo una muerta renaciendo de las cenizas, el pasado que viene para desprenderlo de su presente. Como por arte de magia aparecieron sus ex, aparecieron espantosos cuentos sobre mí, verdades diluidas en mentiras o suposiciones lanzadas a ver qué efecto tendrían en Enzo. Mientras ellos murmuraban, yo seguía trabajando en mi libro Aprendiz de disidente, una colección de ensayos cortos escritos, muy a mi manera, sobre la Cuba que transito cada día. Yo pensaba que todo eso aclararía mi actitud con los amigos-vecinos de mi novio. Escribir era lo único posible aquí, pues contra el trabajo no hay quien pueda.

El calor en el Distrito Federal resulta insoportable, siento una rara asfixia en la altura, y el calor aumenta esa desesperación que te mantiene cautivo en un ardor indescriptible; aquí prefiero el invierno crudo, el verano no le queda nada bien a esta ciudad. Salíamos al supermercado por provisiones y no podía dejar de pensar en Cuba, me estaba contagiando de la enfermedad de Cuba, esa de aterrizar aquella realidad en ésta. En el supermercado estaba todo lo que nunca había tenido allá, todo lo que nos hacía falta y todo lo que no hace falta pero se vende. Elegía trajes de baño para adelantar nuestra mudanza cerca del mar, recopilaba cuadernos que no lograría llenar nunca y compraba agua de coco en latas para sentir el sabor de todos mis veranos en la garganta. Así pasé el calor en el DF, y tres meses más tarde, con las lluvias, había terminado mi libro. Los ensayos narraban las fórmulas para pasar de ser una escritora que no deseaba ser disidente hacia el plano de la disidencia, todo esto sin querer, y mostraban los aspectos sociológicos que te impulsan a serlo. Un simple autor se convierte en animal político, ésa es la tesis de mi estudio. El proceso de una intelectual ingenua con traje de culpable. La escalada dentro de un equívoco social que hablaba de un país desquiciado buscando los culpables del naufragio. Creo que, de alguna manera, eso empezaba a ser una guía para ser leída, entendida en el resto del mundo.

Estaba contenta con el resultado, creo que Enzo se había entusiasmado con mi nuevo libro, y yo estaba lista para leerles fragmentos a mis vecinos cubanos.

Algo no estaba claro para mí en México, en mi relación con los mexicanos, y es que nunca sabía lo que estaban pensando, lo que deseaban realmente de nosotros. Cuando llegaba a un restaurante y miraba alrededor, veía la gran distancia que existía entre aquellas personas y yo. Me sentía verdaderamente lejos de todo lo que había sido mi vida anterior, y me aferraba a Enzo tratando de entender cómo aguantó tantos años en una cultura tan diferente a la nuestra. ¿Los mexicanos decían lo que pensaban sobre nosotros? ¿Les agradaba que estuviéramos ocupando e invadiendo el espacio de un mexicano? No lo creo. ¿Cómo sería si los cubanos tuvieran que recibir a miles de mexicanos en la isla? Sin embargo, cuando llegaban los amigos de Enzo, percibía una proximidad sanadora, y aunque sentían cierto desprecio por esta díscola que venía a separarlos, estaba a salvo en sus gestos, en su acento, en el semblante, y hasta en su intolerancia, pues todo eso nos vincula y nos persigue, nuestros defectos son parte de la idiosincrasia con la que cargamos a todas partes.

Por fin llegó el día, Enzo les pidió a sus amigos, como regalo de cumpleaños, reunirnos para escuchar fragmentos del libro. Nos sentamos juntos, en círculo, después de comer, en la terraza mirador en la que se tenía todo el control del barrio. Poco a poco expliqué la base de mi trabajo de campo: narrarlo en primera persona, definiendo el contexto y exponiéndome también dentro del experimento con mi carácter y mis malas costumbres, mi ignorancia política y mis miedos. Eso era parte del ensayo, quedar expuesta. Mientras deletreaba las palabras me vi proyectada en una vívida gama que viaja de la niñita socialista a la mujer que ellos necesitaban convertir en espía para sentirse importantes desde la diáspora.

Los amigos de Enzo me registraban con sus ojos, no perdían un solo detalle de la lectura, les picó la curiosidad, así que pude desmenuzar la estructura hasta leerles lo más conveniente de las tres partes que conformaban el volumen. A las doce de la noche se sirvieron los tragos y de literatura no se habló más.

La idea era polemizar sobre la voz que trazaba el ensayo. Un ser que no tiene ningún interés en ser valiente pero que se ve forzado a enfrentarse con sus miedos al salir en defensa propia, atravesando la realidad interna de Cuba. Todo eso les pareció patético y despreciable. Los amigos de Enzo querían un nuevo héroe para Cuba en mi ensayo, o, si de pedir se trata, en la realidad. ¿No era aquello acaso un estudio hecho desde adentro? Pues ellos querían un panfleto que les esperanzara, algo que dijera: es posible ser valiente y triunfar con limpieza, sin dobleces. Es posible que exista un caldo de cultivo para nuevos líderes en Cuba. Debería ser posible hasta en los delirios de una autora como yo. Querían un final épico, estilo soviético, pues ellos venían del referente soviético aunque lo rechazaran, lo negaran y lo hicieran añicos en sus gestos diarios; su formación era ésa: soviética. ¿La Habana de ellos era mi Habana real? Éste es un asunto muy agudo y delicado. La idea de construir una heroína que no quiere serlo dentro de Cuba es un ensayo tan actual como complejo. Un poco de ficción dentro del ensayo ayuda a no hacer denso el relato. Estamos en la prehistoria de los géneros, y fusionarlos me causa mucho placer.

Mi trabajo había concluido, y ahora, a punto de ser publicado, al ver sus caras, al sentir su reacción, no tengo dudas, puse el dedo en la llaga, y eso es lo que quería lograr.

A los amigos de Enzo no les gustó nada; por el contrario, los movilizó para mal. Toda acción sincera provoca consecuencias, por eso pasé varios días respondiendo un extenso interrogatorio de mi novio. Amanecíamos hablando sobre lo perdido, la depresión nos ganó la pelea; era evidente, ya no deseaba mudarse conmigo, abortó su deseo de ir a las playas y desconfiaba de todo lo que yo hacía. Espiaba mis conversaciones telefónicas, me seguía a todos lados, releía mis textos y hasta abría los correos electrónicos que enviaba o recibía.

Una tarde salí a comprarme ropa de invierno, ya el frío había llegado a la ciudad y sólo tenía ropa de verano, por llamarles ropa a mis andrajos de lino y algodón. Bajé de un taxi de sitio, de los seguros, y cuando trataba de atravesar la calle para entrar en el Palacio de Hierro, me agarraron dos hombres y, sin tiempo para nada, me tiraron como un saco de papas en el interior de una camioneta negra. Pasé horas y horas dando vueltas con los delincuentes por la ciudad. Me bajaban en un cajero, en otro cajero, en otro, así fueron vaciando las tarjetas mientras, en cada bajada a las avenidas, amenazaban con matarme si movía un músculo para escapar. Insistían en preguntar códigos y códigos que yo no sabía, asuntos bancarios que una cubana como yo ignora, todas mis tarjetas son españolas y no uso chequeras. No tengo más que un solo código y las ganas de comprar, que a esas alturas habían desaparecido por completo. En la madrugada me guiaron a un sitio horrible, el vertedero de perros, un sitio para desguazarlos y cremarlos. La montaña de cenizas y el humo me hicieron flaquear, el miedo a ser quemada junto a las montañas de cuero, huesos y dientes me debilitó. Cuando me incorporé supe que me había desmayado, y sólo un culatazo de pistola y una patada por la espalda me despertó tras el golpe. Había sido abandonada en una acera, y allí quedé tendida hasta que una persona se acercó preguntando un teléfono o la dirección de mi casa. Estaba sangrando, y sin embargo sentía como si me lavara la cabeza y el champú corriera por mi hombro. De alguna manera el señor localizó a Enzo y al amanecer regresamos al apartamento. Las dos vecinas cubanas, asustadas, no dejaban de interrogarme. Me preguntaban todo el tiempo si no había sido la embajada cubana quien me había secuestrado. Les dije que no y les expliqué que eran mexicanos, sólo deseaban dinero. Enzo se dejaba llevar por la sospecha y cuando estuve sola me reveló que a ninguno de ellos les había pasado nada en esa ciudad durante casi veinte años.

Después de lo que yo había pasado me parecía absurdo hablar de política exterior cubana, de la Seguridad del Estado, de todo aquel absurdo con el que ellos necesitaban relacionar mi secuestro. Aquella pesadilla alimentaba el delirio de Enzo y mantenía activa la obsesión de sus amigos.

¿Por qué piensan que el gobierno tiene que ver con esto?, le pregunté a Enzo bajo un fuerte dolor de cabeza que no me dejaba pensar ni cerrar los ojos. Porque la descripción de la espía en tu libro es impresionante, es tal cual, y nadie hace un diario de lo que no ha vivido.

¿A qué viene todo esto? ¿No les parece demasiado rebuscado? ¡Cuánto delirio, por Dios!, dije intentando dormir sin conseguirlo.

Llamé a Barcelona, hablé con mi agente y con mi editora, estaban muy contentas con las primeras críticas de Aprendiz de disidente, les conté que volvería a La Habana. Estaba claro que Enzo no confiaba en mí, su neurosis lo tenía ciego, y preferí pensar que si me escapaba, me extrañaría e intentaría rescatarme violentando su miedo de volver a casa, a nuestra primera playa. Puse en orden las cosas con mi editorial y quedamos en no asistir a ninguno de los lanzamientos en España pero atender a la prensa por teléfono desde La Habana, el efecto era mejor en el caso de este libro. Recogí mis pocas pertenencias y me despedí de los amigos, quienes durante la comida final se comportaron sospechosamente amables (la sospecha empezaba a ser ya de parte y parte). Cristina, la más veterana de todos, me pidió de favor entregarle a su hermana mayor una carta que nadie debería leer, algo sobre la deserción de un alto oficial cubano. Me quedé pasmada. ¿Por qué elegirme para llevar ese documento si ellos no confiaban en mí?

Sería algo muy urgente, o al parecer no era tan grande la sospecha como para no usarme de correo, tal vez sólo fue un miedo pasajero y tonto, pero ese miedo ya se lo habían inoculado a Enzo, el marinero que perdió la gracia del mar. Ha ido cediendo hasta perderse en los demás. ¿Dónde está su carácter indomable? ¿Dónde quedó la vehemencia con que sostenía sus ideas? Ahora que por fin ya estaba en «tierras de libertad» lo sentía más preso que antes.

La Cuba que ellos quieren hay que construirla, pero el Distrito Federal queda demasiado lejos para poder hacerlo entre tragos sofisticados, bretes y rencores pasados.

Allí quedaron todos, tendidos sobre la madrugada, vencidos en el blanco sofá de la sala, borrachos, envejecidos, distantes, fríos y tristes. Valientes héroes aquellos que nos salvarán del desasosiego socialista a larga distancia. Yo agarré mis cosas y pedí un taxi. No quería que nadie me despidiera, y al amanecer, justo antes de cerrar la puerta, decidí no despertar a Enzo, simplemente me fui.

En el aeropuerto todo transcurrió con normalidad, el avión salió a su hora con la cabina cargada de paquetes, los cubanos deambulaban nerviosos por los pasillos, hablando alto, contando chistes, con miedo a lo que les cobrarían por todo lo que llevaban consigo. En Cuba no hay casi nada, por eso importamos casi todo. Llevaba mi maleta y un pequeño maletín de mano, nada más. Quería evitar problemas con las autoridades, pasar inadvertida y salir corriendo a mi casa.

Un poco antes de bajarme recordé que tenía la carta conmigo, pensé en ubicarla en un lugar en el que, en caso de registro, no la encontraran. Así fue, me paré para ir al baño y cuando estaba a punto de esconderla en mi ropa interior, decidí abrirla. ¿Por qué tengo que arriesgarme a entrar a Cuba ese tipo de información sin conocer verdaderamente lo que dice? Estaba medio abierta, le metí los dedos y despegué fácilmente el sobre. Me senté sobre la tapa del inodoro y leí el contenido del texto.

Pseudoescritora:

Sabíamos perfectamente que abrirías esta carta. Nunca confiamos en ti y para nosotros se hizo aún más evidente desde que nos leíste fragmentos de tu libro. A eso viniste, a indagar en nuestras ideas, en nuestra Cuba íntima, la nueva nación que queremos. Con tus aires de poeta crees que puedes engañarnos, pero sabemos que no eres más que una agente del gobierno cubano, una mujer que finge ser quien realmente no es para aprovecharse de nosotros; y eso luces en tu libro, esa capacidad de husmear en las vidas ajenas con aparente ingenuidad. Nuestras ideas no te quedaron claras porque fuimos muy cuidadosos contigo desde el primer momento.

Por favor, no regreses. Ni Enzo ni nosotros queremos tener ningún contacto contigo. Si insistes, los rumores que hay sobre ti se volverán noticia, y eso no le conviene ni a ti ni a tu gobierno.

Vete a husmear a otra parte, traidora.

Y debajo estaban las firmas de todos, comenzando por la de Enzo.

Bajé del avión abandonando la carta en el chorro ruidoso de agua del inodoro, pero no recuerdo en qué momento toqué suelo cubano y si llevaba todo conmigo, la conmoción era muy fuerte. Se me empastaban las preguntas con las respuestas, el cuerpo de Enzo desnudo, las canciones, los momentos de felicidad y esta angustia a causa de un malentendido que no llegará a su fin hasta que los cubanos podamos vivir unidos sin pensar que el otro nos perjudica. Me sentía peor que el día del secuestro. Avancé por inmigración, me acuñaron rápidamente el pasaporte y un amable oficial me dio la bienvenida, sentí paz al abandonar por fin aquel triste absurdo. Ya estaba en mi casa, dije buscando un poco de aire entre la luz fría de la enorme nave y la estera que escupía lentamente las maletas. Los perros que rastrean la droga pasaban junto a los pasajeros y yo no trataba de localizar mi maleta, estaba mal, a punto de desmayarme en el suelo pringoso del aeropuerto. Las enfermeras me hicieron un cerco, el de siempre, para obligarme a firmar una declaratoria de salud con la dirección de mi casa. Otro modo de control, ahora físico. Al fin vi caer mi maleta, y cuando la fui a tomar y casi la tocaba, un compañero de guayabera me la quitó y dijo en voz baja mirándome a los ojos: Vamos, sígame tranquilita. Caminé lentamente detrás del hombre, ya no sabía qué era peor, si dejar atrás a los cubanos de México o enfrentarme al compañero de guayabera. Estaba perdiendo la perspectiva, todo era irreal, malévolo.

Me dejaron sentada en un salón pequeño, estuve allí como media hora sin que nadie entrara. Al fin una señora vino por mí. ¿Qué pasa? ¿Por qué me tienen detenida? No me respondían. ¿Por qué no me dejan irme a casa?, pregunté a dos nuevos oficiales que me miraban fijamente. Luego llegó un señor vestido de verde con un libro en la mano. Yo no reconocí el libro hasta que me lo pusieron delante. Así que aprendiz de disidente, ¿verdad?, dijo dulcemente irónico el compañero de verde. ¿Aprendiz? Le pedí mi libro, me lo entregó, por primera vez lo tuve en mis manos. La portada era fantástica, una rara alegría me colmó de fuerzas para poder preguntar nuevamente qué hacía allí. ¿Este libro de ensayos refleja lo que usted vive en realidad?, dijo el compañero de guayabera acercándose a mi silla. Ésta es una reflexión basada en ciertas realidades, aclaré, primero que nada soy poeta, comenté justificándome, nerviosa por la situación y contenta de tener, por fin, mi obra impresa en las manos. ¿La van a vender en Cuba?, pregunté. Un espeso silencio inundó el lugar. ¿Vender en Cuba?, dijo el señor riendo a carcajadas, buscando la aprobación del resto. Los interrumpí para argumentar mi pregunta. Soy una escritora cubana y toda escritora desea ver… Tú lo que has demostrado con esto es tener demasiada información y ser una espía, y como tienes la madera, vas a colaborar en todo con nosotros. ¿Verdad que sí, compañera?, dijo el oficial mientras rasgaba hoja a hoja, desgarrando, destruyendo las páginas de Aprendiz de disidente, mi primer libro de ensayos sobre Cuba.

Fragmento del libro Domingo de Revolución. Wendy Guerra. Anagrama. 2016. Publicado con autorización de sus editores.  




 

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Wendy Guerra (Habana, Cuba, 1970) es graduada en Dirección de Cine por el Instituto Superior de Arte y fue alumna de Gabriel García Márquez en su taller de guiones «Cómo contar un cuento», impartido en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños. Trabajó desde su infancia como actriz de televisión y cine. Ha publicado las novelas Nunca fui primera dama y Posar desnuda en La Habana, y los libros de poesía Platea a oscuras, Cabeza rapada y Ropa interior. Su obra narrativa ha sido traducida a trece lenguas pero no está editada en su país.






 

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