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GUÍA DE LECTURA 646

Tachas 684 • El verano de la serpiente, de Cecilia Eudave • Jaime Panqueva

"...con lo maravilloso y lo extraño, figuras espectrales que atisban desde casas abandonadas y pitonisas ofidias cuyos designios marcan el verano."

 

El verano de la serpiente, portada del libro
El verano de la serpiente, portada del libro
Tachas 684 • El verano de la serpiente, de Cecilia Eudave • Jaime Panqueva

Desde tiempos inmemoriales hemos sentido una misteriosa fascinación por las serpientes. Existen teorías científicas que destacan nuestra capacidad por encima de otras especies para distinguirlas bajo condiciones difíciles. Nuestro cerebro de primates sabe que la vida puede depender de ello. Su presencia, por tanto, nos produce en primera instancia miedo o repulsión. Sin embargo, además de la maldad o el caos, las serpientes pueden encarnar el conocimiento, la regeneración o la medicina según el relato mítico al que nos refiramos. Esta extraordinaria polisemia es aprovechada de forma magistral en la novela de Cecilia Eudave El verano de la serpiente, publicada por Penguin en 2021; con una edición chilena publicada el año pasado y una traducción al inglés The Summer of the Serpent, a cargo de Robin Myers, lanzado hace unas semanas por Soho Press, sello de Penguin.

La historia de una calle de Guadalajara en el verano de 1977 concatena oblicuamente las vidas de sus vecinos y sus mascotas, entre ellas una boa capaz de escabullirse por el vecindario y, gracias a la habilidad ficcional de Eudave, puede compartirnos su apreciación sobre los humanos. A lo largo de nueve capítulos breves, que a la vez podrían fungir como cuentos, el mosaico de aparente tranquilidad citadina es surcado por una crueldad soterrada que arrastra también a las dos protagonistas, Ana y Maricarmen, niñas cuya inocencia será acechada a su vez por otro tipo de sierpes.

Diferentes reseñas alrededor de esta novela destacan la atmósfera como una conjunción de lo cotidiano, una calle concreta en una ciudad de provincia; con lo maravilloso y lo extraño, figuras espectrales que atisban desde casas abandonadas y pitonisas ofidias cuyos designios marcan el verano. El relato de Eudave imbrica estos elementos a la mirada inocente de los niños y a los comportamientos atípicos más verosímiles de los vecinos; aquel que tortura un perro diariamente, el hombre venido a menos que ayuda a la recolección de los desperdicios o los padres ausentes por sus cargas de trabajo. Para mí, su gran virtud está en la dimensión que asumen sus diferentes narradores con un lenguaje preciso, contundente y elegante:

El mundo se cae a pedazos, papá. Seguirá desmoronando entre tanta situación incontrolable, sorpresiva, cruel. ¿Cómo lo sé? Porque yo morí en esa estación violenta y desde mi condición de fantasma lo observo todo… Con frecuencia me pregunté por qué las cosas, las pequeñas cosas domésticas que dormitan en nuestro quehacer cotidiano, cuando intentamos abandonarlas abren con desmesura sus emociones y nos conducen a la añoranza. Lejos de acumular polvo o robar espacio se alzan como presencias indispensables, coleccionando los ecos familiares donde continuamos existiendo de manera inmóvil en sus recuerdos. Sí, manifestándonos en vibraciones eléctricas, erizando la piel de quien los toca, o como rumores ensombrecidos que se deslizan por las habitaciones propias, ahora ajenas, en donde hemos vivido. No queremos el olvido y solo podemos ser eternos en esos pedazos de memoria que los objetos custodian.

Volver a la aldea para hablar de nuestros universos, de las taras sociales, de la desprotección de la infancia. Una serpiente repta entre sus relatos y la mirada del lector debe estar muy atenta pues evoca instintos atávicos y destructivos.

 

Comentarios a mi correo electrónico: panquevadas@gmail.com






 

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