Aquel 19 de septiembre de 1985 • Ishtar Cardona
"...ante el vacío de autoridad (los pocos policías presentes decían que no tenían órdenes) la gente empezó a moverse y luego no hubo quien la parara..."
13:09 19/09/25
Hace treinta años yo vivía en la Juárez y estudiaba en la Roma.
El departamento que compramos tenía seguro contra erupciones volcánicas y contra terremotos: mi madre siempre le tuvo mucho respeto al Valle de México.
Ella -con su espíritu ingenieril- había buscado un edificio con cimientos hidráulicos y había encontrado, a finales de los 70's, un condominio recién construido en la colonia Juárez que se sangoloteaba nomás pasaba una combi por la calle, y que mi madre consideró la mejor inversión posible en ese momento.
Por supuesto que el terremoto de esa mañana del 19 de septiembre tumbó todo lo que había dentro de la casa. Todavía recuerdo clarito, clarito el florero con los crisantemos girando sobre las orillas de su base antes de azotar contra la superficie de vidrio de la mesa, los libreros cayendo, a mi gata recién parida volando entre las botellas del bar en el aire para salvarse rumbo a las recamaras. Pero al edificio no le pasó nada. Eso sí, se vino abajo la barda del estacionamiento subterráneo porque la casona vieja y porfirista de junto se cayó aplastando a los paracaidistas que el INAH intentaba expulsar de ahí desde hacía años.
Recuerdo el silencio brutal de los primeros segundo después de que el movimiento cesó y luego el coro de sollozos, lamentos y aullidos que se levantó in crescendo. Recuerdo mi casa bombardeada y a mi madre y su marido de entonces dando órdenes confusas. Recuerdo que me cambié el uniforme y me puse unos pantalones y camiseta para bajar a la placita del condominio a ver. En la calle de enfrente dos edificio nuevos de oficinas lucían acostados como fichas de dominó. En la mía los edificios porfiristas de sombrerito de bruja y de portones decorados como por pasteleros de Sanborns se convirtieron en chicharrón. Avenida Chapultepec parecía set de película de guerra. El asfalto levantado, techos enteros venidos abajo sobre los pisos sobrevivientes de edificios en acordeón y muros de otros edificios caidos de forma serpenteante sobre su misma base. Grietas largas y enormes en el piso. Gente parada enmedio de la mañana soleada y brillante sin saber qué hacer.
Recuerdo ese día muy claro. Las personas. Los diálogos. Los desalojos intermitentes porque a cada rato se decía que los tanques de gas del mercado de la colonia iban a explotar. Pero lo que más recuerdo es que ante el vacío de autoridad (los pocos policías presentes decían que no tenían órdenes) la gente empezó a moverse y luego no hubo quien la parara. Cuando años después en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM mis maestros decían que el terremoto del 85 originó el nacimiento de la sociedad civil organizada yo entendía perfectamente a qué se referían. Yo lo había visto de primera mano. Había visto a vecinos que tomaban cursos de primeros auxilios en La Salle y que eran apenas un poco más grandes que yo -15 años ellos- salir con su equipo a buscar gente entre los escombros. Sus papás ni siquiera trataron de detenerlos. Las demás familias se organizaron por cuadrillas para cuidar niños, sacar gente de los edificios de al lado, revisar daños en nuestros edificios, contactar ambulancias, buscar heramientas para los rescates, darle de comer a los voluntarios, ayudar a la gente que sacaban del metro cercano y que estaba muy desorientada, montar guardias. Y así se multiplicaba el esfuerzo por todos lados.
Tengo la sospecha de que el terremoto, con todo lo que vi y viví, me llevó de la manita a las ciencias sociales. Hace ya treinta años.
El departamento que compramos tenía seguro contra erupciones volcánicas y contra terremotos: mi madre siempre le tuvo mucho respeto al Valle de México.
Ella -con su espíritu ingenieril- había buscado un edificio con cimientos hidráulicos y había encontrado, a finales de los 70's, un condominio recién construido en la colonia Juárez que se sangoloteaba nomás pasaba una combi por la calle, y que mi madre consideró la mejor inversión posible en ese momento.
Por supuesto que el terremoto de esa mañana del 19 de septiembre tumbó todo lo que había dentro de la casa. Todavía recuerdo clarito, clarito el florero con los crisantemos girando sobre las orillas de su base antes de azotar contra la superficie de vidrio de la mesa, los libreros cayendo, a mi gata recién parida volando entre las botellas del bar en el aire para salvarse rumbo a las recamaras. Pero al edificio no le pasó nada. Eso sí, se vino abajo la barda del estacionamiento subterráneo porque la casona vieja y porfirista de junto se cayó aplastando a los paracaidistas que el INAH intentaba expulsar de ahí desde hacía años.
Recuerdo el silencio brutal de los primeros segundo después de que el movimiento cesó y luego el coro de sollozos, lamentos y aullidos que se levantó in crescendo. Recuerdo mi casa bombardeada y a mi madre y su marido de entonces dando órdenes confusas. Recuerdo que me cambié el uniforme y me puse unos pantalones y camiseta para bajar a la placita del condominio a ver. En la calle de enfrente dos edificio nuevos de oficinas lucían acostados como fichas de dominó. En la mía los edificios porfiristas de sombrerito de bruja y de portones decorados como por pasteleros de Sanborns se convirtieron en chicharrón. Avenida Chapultepec parecía set de película de guerra. El asfalto levantado, techos enteros venidos abajo sobre los pisos sobrevivientes de edificios en acordeón y muros de otros edificios caidos de forma serpenteante sobre su misma base. Grietas largas y enormes en el piso. Gente parada enmedio de la mañana soleada y brillante sin saber qué hacer.
Recuerdo ese día muy claro. Las personas. Los diálogos. Los desalojos intermitentes porque a cada rato se decía que los tanques de gas del mercado de la colonia iban a explotar. Pero lo que más recuerdo es que ante el vacío de autoridad (los pocos policías presentes decían que no tenían órdenes) la gente empezó a moverse y luego no hubo quien la parara. Cuando años después en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM mis maestros decían que el terremoto del 85 originó el nacimiento de la sociedad civil organizada yo entendía perfectamente a qué se referían. Yo lo había visto de primera mano. Había visto a vecinos que tomaban cursos de primeros auxilios en La Salle y que eran apenas un poco más grandes que yo -15 años ellos- salir con su equipo a buscar gente entre los escombros. Sus papás ni siquiera trataron de detenerlos. Las demás familias se organizaron por cuadrillas para cuidar niños, sacar gente de los edificios de al lado, revisar daños en nuestros edificios, contactar ambulancias, buscar heramientas para los rescates, darle de comer a los voluntarios, ayudar a la gente que sacaban del metro cercano y que estaba muy desorientada, montar guardias. Y así se multiplicaba el esfuerzo por todos lados.
Tengo la sospecha de que el terremoto, con todo lo que vi y viví, me llevó de la manita a las ciencias sociales. Hace ya treinta años.