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La extensión de True Detective: Galveston

Óscar Luviano

Tachas 365
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La extensión de True Detective: Galveston


No voy a decir nada que no se haya dicho ya sobre la serie de HBO estrenada en el 2014, True Detective, ni sobre sus contradictorios méritos: este título vino a sentar las nuevas bases de la narrativa televisiva, pero no nos dimos cuenta porque la creación de Nick Pizolatto también ostenta el récord de una decadencia atroz con sólo tres temporadas al aire.

Tras una temporada que supo mezclar el policial noir con el horror cósmico, apoyada en la interpretación en estado de gracia de Matthew McConaughey como Rustin Cohle, el detective de pasado trágico, percepción alterada y nihilismo desatado, True detective presentó dos temporadas que no sólo eran decepcionantes, sino que renegaban del espíritu que la había catapultado al estatus de serie de culto: nada de citas a la Carcosa de Robert Chambers u homenajes a Alan Moore y muy poca de la brutal concreción narrativa de los primeros guiones.

Se dice que fue la partida del director Cary Joji Fukunaga lo que condenó el futuro de la serie. La renuncia estuvo motivada por su tensa relación con el showrunner, guionista y productor Nick Pizolatto. La disputa que les valió la separación fue sobre el celebrado plano secuencia (8 minutos) del cuarto episodio.

Pizolatto lo quería fuera y Fukunaga la dejó dentro. Y se fue a filmar Beast of no nation.

El control de Pizolatto sobre las tres temporadas de True detective es bien conocido, y en su momento resultó en una esperanza infundada: la del renacimiento del autor televisivo. Pizolatto encarna el sueño de todo aspirante a guionista: sin una carrera dentro de los medios, apenas con un par de libros publicadas, surgió de la nada para crear todo un universo televisivo sobre un puñado de obsesiones: el pantanoso paisaje de la América White trash, la masculinidad tóxica y el abuso infantil.

A pesar de la pérdida de la brújula de True Detective, es posible rastrear estos tropos en cada uno de sus episodios, al punto de que a cada una de las tres temporadas les quedaría esta sinopsis: “La segunda oportunidad de hombres derrotados por un sistema criminal que regresan para un intento de redención”: esa es la odisea tanto de Rusty Cohle como de su comparsa MartinHart (Woody Harrelson), y la del detective Ray Velcoro (Colin Farrell) y su contraparte, el mafioso Frank Semyon (Vince Vaughn) en la segunda temporada, y la del amnésico progresivo Wayne Hays (Mahershala Ali) y su compañero Roland West (Stephen Dorff) en la tercera y tal vez última entrega.

Sin embargo, esa esperanza blanca del nuevo guionista total se esfuma apenas y se ve el primer capítulo de la segunda temporada. Nunca estará claro qué pasó con la escritura de Pizolatto. Acaso produjo demasiado pronto un modelo insuperable. Acaso ese logro le hizo perder el hambre necesaria para crear historias memorables. Lo cierto es que las seasons 2 y 3 son torpes en su desarrollo y abundan en giros penosos, si bien el autor suma pocos momentos memorables como el desesperado intento de Frank Semyo por atravesar el desierto a pie, herido de muerte para reencontrarse con Jordan y escapar a Venezuela.

Quizá movido por las malas críticas y los malos resultados (y por lo que parece la cancelación definitiva de la serie), Pizolatto decidió probar suerte en el cine, en lo que fue un regreso a sus orígenes: desempolvó la adaptación de su propia y olvidada novela, Galveston (2010). Un movimiento tardío y errado, y es que Galveston hubiese sido una gran temporada de True Detective.

Se trata de una descarnada novela negra con todos los elementos que dieron el éxito a la serie de HBO: Roy Cady, un matón con un cáncer mortal, tiene un amorío con la esposa de su jefe y con ello firma una segunda sentencia de muerte. Llevado con engaños a una casa de seguridad donde tratan de matarlo, la libra y toma bajo su protección a una adolescente que esperaba también el tiro de gracia, Rocky. Perseguidos por el patrón de Roy, y con la hija de Rocky en el asiento trasero, huyen a Galveston, destino en el que ella cree que podrá volver a comenzar.

El cáncer mueve a Roy a un último acto de redención: llevar a su familia imposible a ese santuario antes de morir, pero conforme la novela avanza, queda claro que Roy es el peor enemigo de su propia causa: abandona a Rocky en un hotelucho para visitar a su ex y hacerle ver que ahora es un hombre nuevo, en un intento de reconciliación.

A igual que en True detective, ocurre algo terrible que lo tuerce todo, y Roy se oculta por más de 15 años en un pacto de silencio que se verá roto en un tristísimo epílogo.

En lugar pues, de hacer con este material una serie que hubiera sido en todos los casos mejor que las dos últimas entregas de su creación, Pizolatto se lanzó a la tarea de producir la adaptación cinematográfica que había escrito en 2016.

El proyecto arrancó por todo lo alto con los ascendentes Elle Fanning como Rocky y Ben Foster como Roy, y la elección de la francesa Mélanie Laurent como directora (más conocida por su intervención como actriz en Inglourius basterds de Taratino).

La cosa no pudo acabar peor: Pizolatto entró en conflicto con las decisiones de Laurent (quien, al parecer, modificó el guion) y retiró su crédito de la película (que aparece como escrita por Jim Hammet, el seudónimo bajo el que se publicó la novela originalmente). El filme, que canceló su gala en el Festival de Toronto del 2018, fue ignorado por público y crítica, a pesar de la entrañable actuación de Fanning y la meritoria atmósfera melancólica que Laurent imprime a esta road movie.

Creo que si se abre la posibilidad de una cuarta temporada de True Detective (ahora que su autor se promociona como el guionista de Batman), se deberían tomar a todos los involucrados en el filme y expandir Galveston hasta las ocho horas.

Mi propuesta debería ser considerada. Ya sea solo porque sería la oportunidad para una True detective que solventase el defecto más señalado en sus anteriores (y en casi toda obra de Pizolatto): un cierto matiz misógino.

Y es que mientras en su conjunto los relatos de Pizolatto pueden ser vistos como exploraciones de una masculinidad atormentada y tóxica, que tras destruir todo lo que toca busca un último momento de redención, las mujeres que retrata no rebasan el trazo de brocha gorda: tras interrogar a la madre de una de las víctimas del culto de Rey de Amarillo, Cohle le sugiere que se suicide por no haber cuidado adecuadamente de la niña, y aunque vemos muchas fotos y hasta vídeos de esas decenas de víctimas, ni siquiera se les llama por su nombre.

Al parecer, Laurent no quiso ese destino de vehículo de las acciones masculinas para Rocky, y añadió escenas en el guion de Galveston para dar cuerpo a la madre adolescente (los juegos con su hija en la playa, su desesperado llanto en baño del hotel, un último baile en un precioso vestido rojo): el resultado es lo que separa a esta película del gran contingente del género del vengador solitario.

La furia de Pizolatto al respecto es lógica si se considera la fe que el autor le tiene a la idea de la redención masculina a través del sacrificio.

A pesar de ello, tengo una gran fe en Pizolatto, dentro o fuera de True detective, rehaga o no Galveston, pues este título (novela y guion) contienen una de las escenas más sinceras y valientes sobre la virilidad que he leído y visto, todo un manifiesto sobre la heterosexualidad masculina.

La escena es ésta:

Roy, a pesar de huir de su aterrador jefe, deja a Rocky y a su hija en un hotelucho. Se despide de ella de una manera humillante y se larga en su coche a buscar a su expareja Loraine (la cantante y directora afroamericana Adepero Oduye).

Loraine reacciona al encontrar a Roy frente a su casa con miedo: le impide entrar, lo atiende en la calle y le hace ver que lleva un dispositivo de alarma. Roy le dice que ha cambiado, que ha salvado a una adolescente. Loraine le dice que se sintió aliviada cuando lo encarcelaron. Roy trata de besarla y Loraine amenaza con hacer sonar la alarma. Como último recurso, Roy le revela que se está muriendo. Loraine le dice que todos vamos a morir.

Una oposición a la fantasía del neomachismo de que enunciar nuestros méritos nos hace buenos hombres. Hay actos, dijo aquí Pizolatto, de los que ni siquiera los verdaderos detectives se pueden redimir.




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Óscar Luviano
(Ciudad de México, 1968) es narrador y poeta. Cuentos suyos se incluyen en Nuevas voces de la narrativa mexicana (Planeta, 2003) y en Así se acaba el mundo (SM, 2012). Colabora en diversos medios y publicaciones.


https://www.youtube.com/watch?v=59v-_mEu4_

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