Es lo Cotidiano

DIARIO DE UNA MILLENIAL MUSICÓMANA Y NOSTÁLGICA

Esto es mío, mío

Daniela Aguilar

Esto es mío, mío

Las historias deben ser contadas. Para eso están, para eso estamos. Las de grandes inventos y revoluciones estarán ya en las páginas de algún libro. Para las revoluciones pequeñas o sin precedentes, sin publicar, sin oírse aún, sin ser contadas, deberíamos estar nosotros. Para hablar de dudas, preguntar y repreguntar, dormitar pensando en todo eso y seguir.

Las historias importan, no sé bien cuánto, aunque sólo dos o tres las escuchemos. Son vitales. Para mí se han hecho vitales. ¿Esto se llama aprender?

Si se vive en un constante ¡date prisa!, ¡haz algo que te beneficie, Daniela! ¡te falta hacer…!, ¿no sabes que hay cosas que importan?, ¡deja ya todo eso! no hay mucha esperanza de contarlas, ni escucharlas del mismo locutor. Si se trata de viejos reproches todo, no dan ganas de prestar atención.

Supongo que por eso me enamoré, sin remedio al parecer, tan rápido cuando descubrí canciones que no sólo hacían de serenata o anuncio de camioneta-borrachera-mansión-sombrero. Las respeto, creo, pero a mí no me funcionaban.

Es una vía alterna, a veces discreta, otras muy reprochada y evidente, para no pasarlo en donde sólo hay tiempo para fijarse en el error y hablar de ello se vuelve casi un deporte.

Lo sé, mi música es fea, vieja, no dice nada. Porque la música no es la vida real, no todo es cancioncitas, a ver cuándo lo entiendo. ¿Cierto? Estoy perdida, pero mi madre no decide aún si entre amigos con los que no debería cruzar palabra o las ojeras en cara de bebé que a veces me cargo por quedarme buscando algo nuevo qué escuchar.

 

Nico, These Days

En ésas estaba, sin saber qué carajo espero, pero sigo, quiero encontrarlo. Escucho. Nico, Nico, esa modelo alemana. Divago…

Llego a These Days. Audífonos, porque alrededor todo se puso raro y mejor así. Una belleza. No lo voy a discutir. La repito. Toda la noche. Todo el día.

Mi madre sí ha cumplido la misión de señalarme mi otredad cada que puede, si es en público qué mejor, ¡puntos extra para ella! Pero sólo el hecho de que ella le llame “mi música” a eso que llevo a todos lados, me resulta halagador. Yo no la hice, si acaso la canto sin ton ni son. Pero yo creo en esto. Sí: es mía. ¡Algo bonito que me pertenece y que ni siquiera es un objeto, sino una idea, unos sonidos, unas sensaciones! Soy libre, soy un vagabundo.

 

The Lazy Lies, Who’s that Sally?

Esa es una canción muy genial. Muy.

Al segundo 5 yo ya estoy siguiendo el ritmo con los pies sentada en las escaleras, los audífonos bien puestos, moviendo la cabeza y canturreando “I haaaateeee heeeer” sin darme cuenta de que el volumen es alto y en realidad mi “Whooooos that Saaaaally” ya puso medio histérica a mi madre, más por no escuchar sus intentos de hacerme callar. Qué bueno. Porque esa canción debe escucharse de corrido y cantarse sin NINGUNA interrupción.

Es la mejor canción, me río cuando mi papá asoma su cabeza advirtiendo que mi madre, bueno, que me prepare, porque ya valí madre, ella viene en camino.

Yo insisto, amo esa canción, como para decirlo y que no sea a la ligera.

Pero, miren: soy libre, soy un vagabundo. Esto es mío. Y nadie, NADIE, va a quitármelo.

Ya estoy del otro lado.

 

 

***

Daniela Aguilar (León, Guanajuato, 2000) es estudiante, escritora en ciernes y entusiasta de los discos. La música pop transformó su vida. Siente una extraña nostalgia por épocas que no vivió, pero ama con intensidad su era de las redes sociales y la inmediatez.

 

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