domingo. 21.04.2024
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RESEÑA

Tachas 564• Origen y destino del Cuaderno de Octubre • Carlos Ulises Mata

Carlos Ulises Mata

David Huerta, 1971 - Foto, Ricardo Salazar
David Huerta, 1971 - Foto, Ricardo Salazar
Tachas 564• Origen y destino del Cuaderno de Octubre • Carlos Ulises Mata

El día mismo que David Huerta murió —“3 de octubre no se olvida”, como vine a decirlo en el primer homenaje póstumo en que participé—, Fernando Fernández resolvió con una frase que no olvidaré y he seguido rumiando la dimensión y el sentido de nuestra pérdida: “Es la mejor persona que he conocido en la vida”.

Entre las 11 de la mañana del aquel lunes y el comienzo de la madrugada del día siguiente, al concluir la primera jornada fúnebre en la agencia Gayosso de Félix Cuevas, recuerdo haber repasado las incontables experiencias compartidas con David que hacían las veces de prueba de la frase de Fernando Fernández.

Cuaderno de Octubre, 1 - Portada
Cuaderno de Octubre, 1 - Portada

Pronto concluí que pensaba como él: David fue un amigo fuera de cualquier serie, literalmente fuera de lo ordinario. Su amistad no se ajustaba a moldes conocidos; o mejor dicho: reventaba los moldes y las formas de la amistad y situaba esa vivencia fundamental en el terreno luminoso donde se fusionan la hermandad, la apropiación de los pesares y las alegrías del otro, la escucha atenta, la observación penetrante y la ternura sin límites. Y sin embargo, tuvieron que transcurrir varios días para llegar a una evidencia diversa: además de ser ese gran amigo y esa inmensa persona, David Huerta encarnaba una realidad que trascendía nuestro afecto, iba más allá de nuestro dolor y, al fin, era independiente y más importante que ellos: la de haber sido uno de los primeros poetas de la lengua española, y que esa realidad no se modificaría por la circunstancia de su muerte.

Buscando conciliar esas dos estribaduras de nuestra relación vital con David (la afectiva y la literaria), las semanas siguientes a su partida un grupo de camaradas (sus familiares incluidos) dimos nombre a una entidad que ya existía —la “Sociedad de amigos de David Huerta”— y le impusimos la misión de hacer una publicación en homenaje suyo, que comenzara a circular a más tardar al cumplirse su primer aniversario luctuoso. Pronto, las ideas de los amigos hicieron de esa publicación una serie posible: en lugar de ser un libro sería un anuario y se llamaría Cuaderno de Octubre, al ser ése el mes de nacimiento y muerte de nuestro camarada (días 8 y 3, respectivamente) y por colindancia con el Cuaderno de noviembre, su hermoso libro de 1976. Tal novedad dotó al proyecto de una promesa y un compromiso: sacar un número cada año y salir siempre en octubre.

Se sucedieron las reuniones y, al paso de un mes, quienes formamos la mesa de redacción del anuario establecimos su estructura y secciones, considerando la variedad de los intereses de Huerta, y a cada cual la nombramos con un verso o pasaje salido de su obra: una de inéditos (en prosa o en verso), una de traducciones, una de reseñas y otra de ensayos sobre su obra; una de breves escritos memoriosos; una más (inspirada en las “Visitas guiadas” que inventó Gerardo Deniz) dedicada a la exploración de un solo poema; otra de homenajes literarios y visuales; la llamada “Diccionario davidiano”, en la que, siguiendo el modelo de las entradas alfabéticas, se abordan asuntos (autores, libros, palabras y etc.) que lo conciernen íntimamente; las obligadas bibliografía y cronología, más una llamada “La música de lo que pasa”, que consigna las noticias y acontecimientos relevantes al proyecto ocurridos entre un año y otro.

En ese momento debimos afrontar el capital aspecto de la financiación y los lectores del anuario, para lo cual formamos una lista de más o menos 200 amigas y amigos de David en cinco países, a quienes propusimos apoyar el proyecto bajo el viejo modelo de la compra anticipada o suscripción. La respuesta fue magnífica y abundante. Hubo personas que se suscribieron y ofrecieron su apoyo horas después de recibir el primer correo remitido. Al final recibimos contribuciones de 133 personas, ahí incluidos los diecinueve camaradas con quienes el proyecto se inició, con lo cual el anuario casi se pagó antes de imprimirse, permitiéndonos, además, elevar el tiraje, de los 250 ejemplares considerados en el origen, a los 400 que se hicieron.

El resultado fue (y es) una publicación de 162 páginas, formada con las colaboraciones de 31 autores de 5 países, cuya lectura juzgamos atractiva para quienes conocen y se interesan en la obra de David Huerta, pero no solamente: también para quienes quieren descubrirla, consideran a la poesía como un asunto central de la vida pública o meramente son aficionados a la literatura.

El índice del primer número respalda lo que digo. Además de tres poemas inéditos de David (entregados por su esposa, la escritora Verónica Murguía), Sergio Ugalde comenta en sus páginas las cartas que Huerta intercambió con José Lezama Lima y pertenecen a su archivo. Seguido a ese material se presenta la conferencia “El agua y la urna. Sobre una décima gongorina de 1617”, dictada por David en la Cátedra Góngora de Córdoba. El estudio y homenaje al poeta corre a cargo de tres académicos españoles de primera categoría, como son Amelia de Paz, Jordi Doce y Antonio Carreira. En el “Diccionario davidiano”, bajo la forma de ensayos libres, aparecen las entradas Dante (por Marco Perilli), Deniz (por Fernando Fernández), Lezama Lima (por Salvador Gallardo Cabrera), Perse (por Jorge Ortega) y Toledo (por Jaime Moreno Villarreal). Los amigos que propusieron poemas son Alfonso Alegre Heitzmann (de Barcelona), Subhro Bandopadhyay (de Calcuta), Hernán Bravo Varela, Jorge Esquinca, Alicia García Bergua, Mario Murgia y Julio Trujillo (de México), mientras que la parte testimonial incluye escritos de verdad conmovedores de una decena de alumnos y colegas, como el editor Francisco Magaña, el poeta Josu Landa, el tipógrafo Juan Pascoe, la escritora chilena María Elena Blanco, el traductor Marc Schafer, entre otros. Más una decena de fotografías.

Hecho y casi agotado el primer número del Cuaderno de Octubre (y en adelantada preparación el número 2), una constatación nos ilumina: el entusiasmo del grupo original y de quienes se han adherido al proyecto no ha hecho más que crecer. Quienes lo animamos, creemos que la obra de David amerita una indagación prismática y rigurosa como la que el anuario se propone, y juzgamos que hacerlo no es sólo un deber a su memoria sino una obligación cultural, que idealmente debería extenderse a otros muchos autores de primera categoría, como se intentó con Octavio Paz (su anuario llegó a sólo tres números) y tendría que hacerse con López Velarde, Elena Garro, José Emilio Pacheco, Sergio Pitol, Alfonso Reyes, y tantos más, a la manera en que se hace en Francia con Marcel Proust y Gustave Flaubert, en Estados Unidos con William Faulkner, en España con Ortega y Gasset, y en Estados Unidos con Borges.



 

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