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Tachas 566 • ¿Qué es poesía? • Jaime Labastida

Jaime Labastida

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Tachas 566 • ¿Qué es poesía? • Jaime Labastida

No pocos teóricos y poetas han intentado definir la poesía. Establecer definiciones consiste en levantar fronteras nítidas entre conceptos. De-finir es trazar el límite que separa un objeto conceptual de otro: indica la línea teórica donde empieza un objeto y termina otro. Aristóteles usó, para lograrlo, un sistema binario: el género próximo y la diferencia específica. El hombre es, según ese método, ζῶον πολιτικὀν (zoón politikón), o sea, un ser vivo que habita en la ciudad. La definición aristotélica suele traducirse al español diciendo: el hombre es un animal político. Sin embargo, el término animal viene del latín anima (alma), mientras que el término zoón nos indica otra cosa: ζὠω (zóo) es, simplemente, vivir, en tanto que el término ον (on) es el participio del verbo ειμι (eimi, ser). Es preferible decir, pues, que el hombre es un ser social, como quería Protágoras, dotado de palabra (logos). Además, decir que el hombre es unzoón politikón significa que habita en la ciudad, no que se dedica a la actividad política, tal como la entendemos ahora. 

Spinoza señaló que omnis determinatio negatio est: toda afirmación es una negación, pues si se afirma que esto es gato, se niega que sea perro. El asunto es claro si vemos lo que encierra una licencia profesional, la de médico o ingeniero. Al otorgarle una licencia a un profesional, por la misma causa se le impide a otro que ejerza ese oficio. Según ese método, habría que de-terminar lo que la poesía es, fijar sus límites conceptuales, establecer sus fronteras, diferenciarla de otro edificio verbal, la prosa, supongamos. ¿Es posible? ¿Qué sucede con el concepto de poesía? ¿Puede ser de-finido? Es cierto, hay muchas definiciones de poesía, ninguna de ellas por completo satisfactoria. La poesía es un fenómeno en constante movimiento. No es posible dar una definición que nos satisfaga. T. S. Eliot afirma que es imposible definir la poesía y que, si se llegara a definir, nada se ganaría. Por esta causa, acaso sea mejor indagar por algunos de los atributos que le son propios.

El término poesía tiene por raíz el verbo heleno ποιἐω (poieo, hacer y, en un inicio, hacer algo con las manos). Poco a poco, el verbo heleno se cargó con el peso específico que en nuestra lengua posee el verbo crear y, por encima de todo, hacer algo nuevo por medio de las palabras. Esto nos dice poco, porque todos los hombres responden con sentido a las preguntas que se les hagan, según dice Descartes, por lo que siempre introducen algo nuevo en las respuestas. Si esto es cierto, cierto es también que, en el acto poético de escribir, esta novedad adquiere un nuevo nivel: es la innovación en estado puro, si pudiera decirse así. El fundador de la gramática castellana, Elio Antonio de Nebrija, sostuvo que la diferencia entre la prosa y la poesía consistía en que esta última está sujeta a leyes. Podemos admitirlo. ¿Leyes, sí, pero cuáles? Porque las leyes que rigen la poesía están en constante movimiento y todo poeta, al escribir, al fundar una nueva escuela, establece otras leyes propias. Nebrija mismo negaba que la poesía necesitara de la rima, por ejemplo, y decía que era un recurso falso. 

Otro método, eficaz en apariencia, podría consistir en aplicar a la poesía el proceso de análisis: dividir, desarmar, separar, analizar el poema hasta hallar en él su núcleo último, lo más pequeño, irreductible, que no puede ser dividido en nada más pequeño aún. A este núcleo final los griegos lo llamaron átomo pues no podía ser dividido ya en ninguna otra cosa menor. El átomo de los helenos era en realidad un concepto, un producto teórico; la palabra se forma con α (alpha) privativa, sin y τομἠ (tomé), corte, o sea, lo que tiene un límite en el corte. Hoy, damos el nombre de átomo a lo que a su vez contiene partículas que llamamos elementales. Diversos críticos, entre otros Roman Jakobson, han intentado encontrar el núcleo atómico del poema. El recurso que Jakobson utiliza pertenece, en rigor, a la lingüística, que descompone el fenómeno del habla hasta llegar al fonema, la parte más simple de la lengua. Empero, este método tiene límites. El poema es una arquitectura verbal que posee sentido: he aquí uno de sus rasgos decisivos. Cabe dividirla, es necesario analizar el poema hasta encontrar en él su núcleo más simple, pero ese núcleo no es algo que carezca de sentido. Octavio Paz dice, con toda razón, que el núcleo del poema, su parte más simple, es la frase poética. El análisis se detiene allí, en la frase poética, expresión con sentido. Éste es uno de los atributos fundamentales de toda poesía: condensar lo escrito: Ca lo poco e bien dicho finca en el corazón, afirma Juan Ruiz, Arcipreste de Hita. 

Volvamos a preguntar, ¿qué es poesía? Gustavo Adolfo Bécquer sostuvo que la poesía residía en los objetos. Interrogado por una mujer que deseaba saber qué era poesía, el poeta respondió: ¿Y tú me lo preguntas? Poesía eres tú. Luego, en un texto escrito en prosa, Bécquer precisó que la poesía se hallaba en un crepúsculo, en los ojos de una mujer hermosa, en una serie de objetos que consideraba bellos. Concluía su argumento al decir: podrá no haber poetas/ pero siempre habrá poesía. Examinemos con atención lo que nos propone Bécquer. ¿Quién es este tú del que se dice que es poesía? Una mujer. ¿Qué mujer? Una en particular, lo sabemos, en tanto que Bécquer la describió en el texto en prosa donde explica su poema. Pero, ¿acaso ese tú no puede ser dicho de toda mujer que alguien considere hermosa? Este tú es toda mujer posible y en el poema alcanza una dimensión distinta. Nada importa quién sea la mujer a la que el poeta se dirija, lo cierto es que, según él, la poesía reside en ella (no en la arquitectura verbal que la dice). De ahí que, si la poesía está en los objetos, nada importa que no haya poetas que escriban poesía: siempre la habrá en los objetos bellos. No parece la de Bécquer una definición adecuada de la poesía. En particular por un hecho: lo que dice el poeta en este poema no existía antes de que lo escribiera. Su sentimiento y el objeto que lo impulsa a escribir se transforman por obra de la palabra poética. Mejor: el objeto al que hace referencia el poeta se encuentra en la escritura misma, no en la realidad (aunque a ella aluda o se refiera de manera indirecta). No existe un vínculo directo, referencial, entre la palabra y el objeto, en tanto que la poesía es una creación verbal. 

Otro gran poeta, Antonio Machado, puso en la boca de un profesor apócrifo, Juan de Mairena, una definición sencilla de poesía. Dijo: no hay mejor definición de la poesía que ésta: “poesía es algo de lo que hacen los poetas”. Sin embargo, cabría hacer la petición de principio: para saber qué es poesía, se necesita saber quiénes son los poetas y, si lo supiéramos, cabría preguntar qué algo de entre las diversas cosas que hacen los poetas es, en realidad, poesía. La definición de Mairena, por lo tanto, se mueve en un círculo vicioso: con objeto de saber qué es poesía se necesita saber quiénes son poetas y, a la vez, para saber quiénes son poetas se precisa saber qué es poesía. Por si lo anterior fuera poco, es necesario delimitar los varios actos de los poetas para saber qué, de entre todos los que realizan, es en verdad, poesía. 

En su Discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, aquel poeta enorme que respondía al nombre de José Gorostiza, indicó algunos de los rasgos que, a su juicio, constituían la poesía. Aceptó que era, por esencia, indefinible. Por esa razón, se limitó a ofrecer lo que llamó unas notas sobre la poesía. Son, sin duda, deslumbrantes y apuntan en la dirección correcta. Así, asoció la poesía al canto y le atribuyó, por necesidad, un vínculo estrecho con la música. También exigió de ella la organización inteligente de su materia (la “construcción en grande”, dijo). Sin embargo, no pretendió dar una definición de la misma. Habría que releer sus notas, siempre que intentemos comprender, así sea de manera torpe, lo que la poesía es.

Veamos otro atributo esencial de la poesía. ¿De dónde nace? ¿Cómo, por qué se crea? Martin Heidegger dice que la poesía nace en momentos cruciales, cuando nos hacen falta las palabras, en el momento en que el lenguaje común ya no basta. La poesía nacería del azoro, de la necesidad de darle una voz al abismo. Tal vez, si aceptáramos la proposición de Heidegger concluiríamos que la actitud extrema que da origen al arrebato poético es condición necesaria, pero no suficiente, para que nazca la poesía. Es imprescindible no sólo el trabajo constante (el gran poeta que fue Paul Valéry dijo que un poema jamás se terminaba; que se abandonaba) sino también otra cosa extraña, acaso indefinible e impalpable, que algunos llaman la gracia, para que el poema en tanto que obra maestra se produzca, pues no todos los escritos de los poetas poseen la misma altura ni la misma dimensión. Sólo de vez en vez el poeta alcanza un alto grado de excelencia. José Gorostiza, después de haber escrito Muerte sin fin, una obra suprema, consideró los posteriores escritos que intentó como un poema frustrado. 

No hay plena identidad entre el objeto y la palabra. Suele pensarse que la función primordial y acaso única de la lengua consiste en designar los objetos, en otorgarles un nombre. A esto tal vez nos haya acostumbrado la idea que se plasma en el Génesis, cuando Jehová nombra las cosas: la luz, la tierra, el agua y les añade un adjetivo: las considera buenas. El mundo es creado por un acto de habla. En el Génesis, la voz adquiere poderes mágicos: crea las cosas al nombrarlas. Según este criterio, la más importante de las funciones de la lengua sería la de señalar o la de indicar los objetos con su nombre, con el nombre que les es propio; colocarles sus etiquetas de identidad. Pero, aun si esto fuera cierto, cada lengua le otorga matices distintos a los objetos. En la lengua náhuatl, cuauhtli, águila, no sólo designa a este cernícalo, sino que cuauhtli, el águila misma, el animal vivo y la voz que la designa, son, al mismo tiempo, el sol. Por esta causa, en el poema, la forma de decir el objeto es una revelación, una creación verbal inédita; el poema no se limita a decir la cosa: en verdad, la crea. En este sentido, el poema alude a cierto objeto real (acaso, a una emoción), pero, en rigor, no mienta un objeto determinado y carece de todo valor referencial: el objeto poético es de carácter estrictamente lingüístico y se halla en el interior del poema mismo. 

Advirtamos lo que sucede en unas imágenes constantes para los mexicanos: las que forman parte del escudo nacional, el águila y la serpiente. De acuerdo con la mentalidad occidental, que viene de la tradición hebrea y cristiana, la serpiente es la expresión del mal, la forma que asume el demonio para tentar a Eva y hacerla pecar. En la concepción mexica, por el contrario, la serpiente es, ella misma, agua, signo de fertilidad. El águila, en la visión occidental que nos es propia, indica la más poderosa de las aves de rapiña, la que domina la extensión del cielo: simboliza, por lo tanto, la fuerza. Así, nuestro escudo indicaría el bien que lucha contra el mal, la fuerza buena que vence a la maldad. Es posible que sea así, hoy, pero esto no cabe en la mentalidad mexica: el sol, por un lado; por otro, el agua y, junto con ella, el nopal que brota de la tierra nutricia, son elementos agrícolas. Entre el objeto y la palabra hay un abismo, nunca identidad simple. Es preciso entrar en los múltiples sentidos del vínculo entre la palabra y el objeto. El lenguaje no es transparente; en ocasiones nos resulta opaco: objeto y palabra no son idénticos: se trata de una igualdad parcial entre diferentes. 

Otra manera de saber qué es poesía pudiera ser la que nos indicara cuáles construcciones verbales son, en verdad, poéticas. Se podría indicar o recorrer con el dedo índice un conjunto de poemas y, sin mediar palabra, señalar éste, ése, aquél, estos poemas son la poesía; sólo estos pocos versos de estos pocos poemas son, en rigor, poemas. Ciertas formas del pensamiento oriental designan, por el índice, el Todo, idéntico al Vacío. Como se sabe, mostrar, empero, no es demostrar ni probar, menos aún de-finir. El índice forma parte del primer sistema de señales, que los seres humanos compartimos con los primates superiores. Necesitamos avanzar un paso más allá y encontrar, tal vez, algunos atributos básicos sin los cuales esto que llamamos poesía dejará de serlo. Así, es necesario iniciar el examen del asunto por el núcleo de la poesía, como antes se dijo, por la frase poética. Sin duda alguna, en la frase poética están condensadas todas las características que constituyen el acto poético. Allí están, en germen o en embrión, todos los rasgos propios de la poesía. Si arrancamos de este núcleo, tal vez podamos comprender, de mejor manera, las características de esta forma tan alta de expresión que es la poesía: en este núcleo, pues, en la frase poética, se encuentran el ritmo, la música, la imagen, la metáfora, la estructura, rasgos que habremos de examinar, cada uno, por separado primero, para después unirlos en un solo haz. 

Tal vez al final de esta lectura, se pueda tener una mejor aproximación a la experiencia personal que constituye el acto poético, acto que se produce siempre en el espacio que va del escritor al poema y del poema al lector: acto intransferible y que proporciona un placer constante. Nadie obtendrá de esta lección de poesía la certeza suficiente para saber lo que la poesía es, en verdad; obtendrá, sí, lo espero, ciertas herramientas que le permitan amar y entender algún poema. Que así sea.



 

(Tomado de: Labastida, Jaime, Lección de poesía. México: UNAM, Plantel Naucalpan, Academia Mexicana de la Lengua, 2020.]






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Jaime Labastida. 
 (Los Mochis, Sinaloa, 1939). Poeta, periodista, ensayista, filósofo y académico mexicano. De febrero de 2011 a febrero de 2019, fue director de la Academia Mexicana de la Lengua.



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