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Tachas 632 • Teoría Del Hombre • Alberto Domínguez

Alberto Domínguez

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Tachas 632 • Teoría Del Hombre • Alberto Domínguez

Dejó dicho Charles Bukowski: «Soy indiferente a la destrucción de la raza humana, me da exactamente igual. Si barrieran de la Tierra a toda la humanidad, no se perdería nada». No es que la gente le asqueara de un modo insuperable, sino que se trataba de algo más simple: «Yo no era un misántropo ni un misógino, pero prefería estar solo. Era agradable sentarse solo en un recinto pequeño y beber y fumar. Siempre supe hacerme compañía». Algunos años antes, Ernest Hemingway había escrito en su libro de recuerdos parisinos que «solo la gente pone límites a la felicidad». Felicidad y gente: aceite y agua. 

Como al autor de Factotum, a Cioran tampoco le gustaba el ser humano. «En cuanto salgo a la calle, al ver a la gente, exterminación es la primera palabra que me viene a la mente», confesaba sin remilgos. Apreciaba a unos pocos individuos, y reconocía que algunos hombres, Bach el primero, habían hecho cosas admirables, pero abominaba de la especie y de todo lo que el hombre ha construido colectivamente. «Yo no soy un amigo del hombre y no estoy en absoluto orgulloso de ser un hombre. Es más: tener confianza al hombre representa un peligro amenazador, la creencia en el hombre es una gran necedad, una locura. Yo soy una persona que en el fondo desprecia, podríamos decir, al hombre. Desde luego, tengo aún muy buenos amigos, pero, si pienso en el hombre en general, siempre llego a la misma conclusión: la de que tal vez habría sido mejor que no hubiera existido nunca. Se podía prescindir —por decirlo así— perfectamente del hombre». Para uno que compone La pasión según san Mateo, hay miles, millones de seres deleznables: Bach, Marco Aurelio o Dostoievski no son más que excepciones, anomalías de una especie que agoniza. Y los genios, después de todo, si bien se mira, también son hombres: no hay genialidad que redima del hecho de ser hombre. Como escribe Montaigne a propósito de Sócrates, «todo lo sabio que quiera, pero al fin y al cabo es un hombre: ¿qué hay más caduco, más miserable y más nulo?». Ya desde 

Nietzsche la noción del hombre como recipiendario de las cualidades de Dios en la Tierra había caído bajo sospecha. (En este sentido Nietzsche prefirió el escepticismo de Hobbes al entusiasmo humanista y laico de Rousseau). 

Cioran rompió definitivamente con la corriente de autoalabanza: para él el hombre es un ser imperfecto y lamentable. Más un asesino en potencia que candidato a la santidad. 

Abel Posse

El deber de amar al prójimo es una impertinencia, algo inconcebible. «¿Acaso se le pide a un virus que ame a otro virus?», ironiza Cioran. «Por mucho que me remonte en mi memoria, siempre he odiado a todos mis vecinos. Sentir a alguien viviendo al lado, al otro lado de la pared, oír el ruido que hace, percibir su presencia, imaginar su respiración: todo eso me ha vuelto loco siempre. Al prójimo, en el sentido físico de la palabra, no, nunca lo he amado, y, por lo demás, no se puede amarlo. Es esencialmente odiable… para todo el mundo. Y, si no se puede amar al prójimo al que se conoce, ¿qué sentido tiene amar al que no se conoce y del que nos hacemos una idea en abstracto? En resumen, se puede sentir por los hombres piedad, pero amor»… Thomas Bernhard se muestra de la misma opinión cuando escribe: «Ya de niño me apartaba de ella, de la masa, aborrecía la multitud, la aglomeración de gente, esa concentración de bajeza y aturdimiento y mentira. Tanto como tendríamos que amar a cada individuo, pienso, aborrecemos la masa». Deseo, sí, de dejar de ser hombre, de alejarse del hombre. «El hombre es el cáncer de la Tierra», escribe con contundencia. Cioran era demasiado lúcido como para querer tener algo que ver con la humanidad. «¡No tener ya nada en común con los hombres salvo el hecho de ser hombre!», proclama a voz en grito. 

Texto cedido para promoción por los editores del libro Cioran. Manual de antiayuda. Alberto Domínguez. Editorial AlRevés. 2020, España.


 

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Alberto Domínguez (Barcelona, 1975). Se licenció en Filosofía en la Universidad de Barcelona y ha colaborado en diversas publicaciones. Cioran. Manual de antiayuda es su primer libro.

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