Es lo Cotidiano

NARRATIVA

Tachas 671 • Los Escorpiones • Kathy Acker

Imagen generada con IA de Adobe Firefly
Tachas 671 • Los Escorpiones • Kathy Acker

Andaba por ahí con una pandilla y estaba muerta de miedo. Formábamos parte de la banda de LOS ESCORPIONES.

Papá ya no me quería. Y ya está.

Andaba desesperada buscando el amor que me había robado.

Mis amigos eran como yo. Estaban desesperados, eran producto de familias destrozadas, de la pobreza, y estaban dispuestos a cualquier cosa con tal de escapar de la miseria.

A pesar de las restricciones escolares, hacíamos exactamente lo que nos daba la gana y así se estaba bien. Nos emborrachábamos. Nos drogábamos. Follábamos. Nos hacíamos el mayor daño sexual que podíamos. El speed, la sobrecarga afectiva, y el dolor aturdían de vez en cuando nuestros cerebros. Demenciaban nuestros aparatos perceptivos.

Sabíamos que no podíamos cambiar la mierda en la que vivíamos, de modo que tratábamos de cambiarnos a nosotros mismos.

Yo me odiaba a mí misma. Hacía todo lo posible por hacerme daño. No recuerdo con quién follé la primera vez que follé, pero no debía de saber nada sobre el control de natalidad porque me quedé preñada. Recuerdo mi aborto. Ciento noventa dólares.

Entré en una gran habitación blanca. Debía de haber unas cincuenta chicas más. Unas cuantas adolescentes y dos o tres cuarentonas. Las mujeres se pusieron en fila. Las que estaban sentadas decían que sí con la cabeza. Algunas iban acompañadas de sus hombres. Qué suerte tienen, pensé. La mayoría de nosotras íbamos solas. A las de mi fila nos dieron unos grandes impresos: al final de cada uno de ellos había un párrafo que decía que la mujer le otorgaba al médico el derecho a hacer lo que a él le diera la gana, y que si ella se moría no era por culpa del médico. No era la primera vez que nos entregábamos a un hombre. Por eso estábamos allí. Todas nosotras lo firmamos todo. Luego nos cogieron el dinero.

Mi fila fue introducida en una habitación verde claro. En la habitación blanca, otras cincuenta chicas empezaron a firmar impresos y a entregar sus ciento noventa dólares robados, suplicados, prestados.

En una salita anaranjada explicaron que un huevo cae de los ovarios y que, cuando la polla entra en ese canal que se llama EL ÚTERO, deja allí millones, no sé cuántos exactamente, de espermatozoides. Si uno de estos espermatozoides, solo uno, se encuentra con el huevo que ha caído, la hembra (yo y tú) se ha metido en un buen lío. La hembra puede utilizar uno de los diversos métodos de control de natalidad, ninguno de los cuales falla o produce deformaciones.

Allá vosotras, chicas. Tenéis que ser fuertes. Enderézate, eres una mujer moderna. Estamos en la época de la postliberación femenina. Bien, ¿qué piensas hacer? A estas alturas ya eres mayorcita y tienes que cuidar de ti misma. Nadie va a ayudarte. Solo tú puedes hacerlo.

Bueno, no pude evitarlo, me ENCANTA follar, y el tío era TAN guapo, valió la pena.

Las chicas sabíamos todo lo que había que saber sin que hiciera falta que nadie nos dijera nada y éramos nosotras las que nos habíamos metido en el lío y estábamos todas metidas en él.

Un aborto es un proceso sencillo. Es casi indoloro. Incluso si no es indoloro, solo dura cinco minutos. Si TIENES QUE abortar, pero eres un ser débil y estúpido, podemos anestesiarte.

Las paredes anaranjadas eran gruesas, lo suficiente como para asordinar los chillidos que salían del quirófano. Un aborto era, evidentemente, lo mismo que si te follaban. Bastaba con que cerrásemos los ojos y abriéramos las piernas: otros se encargarían de lo demás. Nos quitaron la ropa. Nos dieron sábanas blancas para cubrir nuestra desnudez. Nos devolvieron a la sala verde claro. Me encanta que los hombres se encarguen de mí.

Recuerdo a una rubia bajita y menuda, más joven incluso que yo. Supongo que era la primera vez que se la follaban. Era incapaz de decir palabra. De decir si quería local o no. LOCAL significa anestesia local. Te meten unas agujas hipodérmicas muy largas, cargadas con novocaína, en los labios del coño, y no adormecen en absoluto el sitio donde duele. La anestesia general cuesta cincuenta dólares más y te llena a rebosar de morfina sintética y suero de la verdad. Nos reunimos todas alrededor de ella, le cogimos de las manos, le dimos golpecitos en las piernas. Gradualmente empezó a calmarse. No se podía hacer otra cosa. Teníamos que esperar mientras cada una de nosotras iba sufriéndolo por turnos. Finalmente vinieron por ella.

Era de las que se lo creen todo. Se había creído eso de que con anestesia local no duele. Primero iban a hacérselo a las que querían anestesia local.

Jamás olvidaré la cara de esa chica cuando salió. Seguro que ni del coño de su mamá salió tan aturdida. Tenía la cara blanca como un muerto, y los ojos abiertos como un pez.

—He cometido un error. No lo hagas. No hagas nada de lo que te digan que has de hacer.

Antes de que pudiera añadir nada más se la llevaron en la camilla de ruedas.

Empecé a cogerle gusto a esa habitación verde claro, a las mujeres que estaban más asustadas que yo y a las que podía consolar, a la sensación de que alguien se ocupaba de mí. Me sentía más segura allí que en la calle. Deseé un aborto permanente.

Me sujetaron los tobillos y las muñecas con unas tiras negras. Cuando le pregunté a la enorme anestesista rubia si cabía la posibilidad de que reaccionase mal a la anestesia, ella le dijo a la otra enorme enfermera rubia que yo era la típica apasionada de los alimentos naturales. Después de eso no volví a preguntarles nada e hice exactamente lo que me dijeron.

Una hora después una mano grande me sacudió y me dijo que ya era hora de que me fuera. Había chicas tendidas por todo mi alrededor, medio muertas. Me salía sangre de entre las piernas. Otra enfermera me dio una compresa, media taza de café, mi ropa, veinte pastillas de penicilina, y me dijo que me fuera. No volví a hablar con ninguna de las demás chicas.

Penelope Mowlard era la chica más horripilante de mi clase. Tenía la piel verde. Era estúpida. No sabía dar besos. Era desgarbada. Era idiota. Tenía la cara achatada, llena de grasa, casi sin ojos, y su pelo era repugnante de tan sucio.

El colegio de Miss Richard era un colegio para buenas chicas bien educaditas. Lo mejor era que nadie se enterase de si nos metíamos en líos. Durante varios meses Penelope anduvo por las aulas y los pasillos con un estómago cada vez más hinchado. Era tan estúpida que no se había enterado de lo que pasaba. Las maestras no dijeron nada por miedo o porque eran unas tortilleras de mierda. Nosotras no dijimos nada porque era divertido hacerla sufrir.

Una mañana, a primera hora, un viejo que hacía de bedel encontró un paquete ensangrentado en el fondo de uno de los cubos de basura que había en el sótano. Ese mismo día, al cabo de unas horas, vimos que el estómago de Penelope había desaparecido. La directora no podía expulsarla porque tenía que evitar el escándalo a toda costa.

No se me ocurría qué método anticonceptivo podía utilizar. Las espumas y las cremas para el diafragma tenían muy mal sabor cada vez que tenía la oportunidad de notar una lengua en mi coño, así que elegí la lengua. Los DIU me hacían sangrar y me infectaban otra vez. Había en Harlem un farmacéutico que me pasaba píldoras anticonceptivas cada dos meses a cambio de que se la mamara detrás del mostrador, pero tomarlas cada dos meses no basta. Todos los chicos con los que follaba se negaban a usar condones.

Decidí que si me volvía a quedar preñada me clavaría la punta de una percha de alambre en el coño. Me daba igual morir con tal que muriese el bebé. Luego oí contar la historia de una mujer, creo que es verdad, que tenía unas ganas tan desesperadas de matar a su bebé que se sujetó con cadenas varias pesadas planchas a los brazos, piernas y estómago, y se tiró de lo alto de un tercer piso. Aunque se fracturó casi todos los huesos, su hijo no murió y la mujer dio a luz en la ambulancia.

Seguía teniendo unos deseos desesperados de follar. Los abortos hacen que sea peligroso volver a follar porque distienden la abertura del útero y el esperma puede llegar al óvulo con una facilidad pasmosa. También trastornan el sistema hormonal: para compensar, las hormonas producen muchos más huevos. Los abortos dejan muchos orificios abiertos en la matriz, y cualquier cuerpo extraño que roce esos orificios puede producir una infección.

No estoy tratando de contar los aspectos más repugnantes y horripilantes de mi vida. Los abortos son el símbolo, la imagen exterior, de las relaciones sexuales tal como ocurren en este mundo. Describir mis abortos me parece la única forma real de hablar del dolor y del miedo…, mi incontenible impulso de amor sexual me ha hecho conocer todo eso.

Mi segundo aborto ocurrió dos meses después de mi primer aborto.

Costó cincuenta dólares porque fue una extracción menstrual. Las diferencias entre un aborto y una extracción menstrual son:

En la extracción menstrual el médico no dilata la cerviz. El bebé es aún pequeñísimo.

Como el médico puede tanto encontrarlo como no encontrarlo, las extracciones menstruales pueden resultar peligrosas y son ilegales.

La mayoría de los médicos que llevan a cabo las extracciones menstruales no tienen título oficial de doctor en medicina.

En cuanto entré en la consulta, me doparon con Valium.

La cola era más corta.

Llegué a ver al médico.

Era el único médico que había allí.

Mataba de 32 a 48 bebés al día y se embolsaba de 1600 a 2400 dólares diarios.

Me metió la mano por el coño y dijo que muy bien.

Me clavó una aguja en el brazo y trató de ser amable.

Una semana después de mi segundo aborto tuve una infección vaginal. Cuando telefoneé al médico para quejarme, él me dijo que la culpa no era suya y que jamás había oído hablar de mí.

Yo no sabía hasta qué punto estos abortos estaban causándome un daño físico y mental. Tenía unos deseos desesperados de follar más y más, a fin de encontrar finalmente el amor que yo buscaba. Muy pronto todo mi ser estuvo en llamas, no solamente mi sexo, y me dedicaba a hacer todo lo posible para lograr que me llegase el equivalente no sexual del amor.

El resto de LOS ESCORPIONES iban creciendo más o menos como yo.

Empezamos a armar alborotos. Una mañana, a primera hora, robamos una furgoneta en un pueblo de Connecticut y entramos en tromba en una ferretería. Echamos por la puerta todo lo que había en la tienda.

No es que odiemos, a ver si me explico, es que necesitamos compensaciones. Luchar contra el aburrimiento de una sociedad de mierda. Contra las imágenes robotizadas, alienadas. Tenga, señora, su pizza preparada. Solo contra la locura.

Hay cristales rotos por el suelo. Chicles pegados por todas partes. Mierda hasta en las grietas de la mesa. La caja registradora está tan negra como un listín telefónico quemado.

Convertimos la tienda en un cementerio y la calle quedó como uno de los barrios bajos de Nueva York en donde vivimos.

En cuanto logramos nuestro propósito, nos fuimos del pueblo de Connecticut.

Robamos.

Monkey y yo fuimos los que empezamos a robar. Estábamos colocados de metadona. Entramos a saco en Bloomingdale’s, unos grandes almacenes de Nueva York.

Yo me dirigía a cierto lugar al que también se dirigían mi padre y su novia. Johnny y su novia no querían saber nada de mí.

Fuimos a Bloomingdale’s en taxi, para parecer gente honesta. Yo llevaba un vestido de lana rojo y un chaquetón de lana marrón. Cuando vas a robar hay que parecer honesto.

Estaba agarrada al extremo del taxi en el que Johnny y su amiga me habían recogido. Era evidente que ellos no querían saber nada de mí. El resto del grupo rockero de Johnny iba en el coche.

En cuanto Monkey y yo entramos en Bloomingdale’s, nos fuimos cada uno por nuestro lado. Comprobé que mi aspecto fuera el adecuado. Mi pelo rizado y moreno, mi maquillaje casi invisible y mi vestido rojo hacían que pareciese una chica de buena familia, con pasta. Quería tener ese aspecto. Ser de buena familia y tener pasta es como un sueño. Controlé mis vibraciones. Me dije a mí misma que tenía que mantener la calma, estar tranquila. Cuando entré en los almacenes, controlé las vibraciones de los almacenes. No me seguía nadie.

Papá y yo estamos en la planta baja del Laguna Beach Hotel, que es el hotel preferido de Nixon. Tengo ante mí una pared rectangular de color blanco. Al pie de esa pared, un poco a la derecha, suben los peldaños de una escalera mecánica. Inscrito en esa pared, a la altura del primer tercio de su extensión, por la derecha, hay un pasillo absolutamente negro. Encima de esa pared blanca, un espacio vacío; encima del espacio vacío, un rectángulo blanco señala una habitación. No hay nada en torno a esas paredes, esa escalera, ese pasillo.

Por el lado este, los objetos arquitectónicos están interconectados, ocultos los unos dentro de los otros.

Voy por el hotel sin papá, adelante ATRÁS. El hotel es el ahora, enormes cuadrados transparentes. Me deslizo hacia la habitación negra del final.

La pared del fondo de esa habitación no es una pared sino una serie de ventanas. Ventanas a través de las cuales veo un océano negro y fosforescente. Ninguno de los tíos del grupo de papá quiere estar conmigo, y papá está con Sally. Quiero ir a nadar, tengo que ir a nadar. El océano es de color verde luminoso, aunque sea de noche. El océano es refulgente.

Ahora la ventana es completamente transparente. A través de ella veo el cuerpo de un hombre, como si fuera un cadáver, que gira en la centelleante agua verde.

Yo quería un abrigo de pieles.

Pequeñas salas rodean un inmenso vestíbulo negro. Delgadas paredes blancas, casi inexistentes, separan estas salas.

Compré un jersey rojo en el departamento juvenil de la tercera planta, para que cualquiera que estuviera mirándome no creyese que yo era una ladrona.

Luego subí por la escalera automática hasta el departamento de peletería. Dejé mi chaquetón de lana a un lado y empecé a probarme, uno tras otro, montones de abrigos de pieles. Robar es un lujo. Al cabo, de diez o quince minutos la dependienta tuvo que desplazarse al otro extremo del mostrador para buscar cambio.

Naturalmente, papá y Sally y los chicos del grupo son los primeros en conseguir sus habitaciones. Mi habitación es la habitación que absolutamente nadie habría querido.

Mi habitación es un enorme hexágono situado en la esquina frontal izquierda del hotel. No tiene un interior o un exterior claramente definidos, ni ninguna clase de regularidad arquitectónica. Largas tuberías blancas forman parte de su techo. Dos de sus lados, pero siempre dos distintos, están abiertos.

La función de mi cuarto tampoco queda clara. Sus únicos muebles son un par de sillones de barbería y un retrete. Es un sitio para que se reúnan los hombres.

Empleados del hotel vestidos de blanco y negro entran en mi habitación y quieren hacerme daño. Cortan pedazos de mi cuerpo. Llamo al director del hotel. Él me explica que mi habitación era antiguamente el lavabo de caballeros. Lo entiendo.

Mi coño era un lavabo de caballeros.

Salgo con un abrigo de leopardo puesto.

Queridos sueños:

Vosotros sois lo único que importa. Sois mi esperanza y vivo para vosotros y en vosotros. Sois la crudeza y la locura, los colores, los olores, la pasión, los acontecimientos. Sois las cosas por las que vivo. Por favor,

llevadme con vosotros.

Los sueños hacen que el mundo de la visión se desenfrene en nuestra conciencia.

Los sueños no bastan por sí mismos para destruir la manta de aburrimiento.

Los sueños a los que permitimos que nos destruyan hacen que seamos visiones/veamos el mundo de la visión.

Cada día hace falta una herramienta afilada, un potente aparato destructor, para apartar de nosotros el aburrimiento, la lobotomía, la fe en los seres humanos, el estancamiento, las imágenes y la acumulación. En cuanto dejemos de tener fe en los seres humanos, en cuanto sepamos que somos perros y árboles, empezaremos a ser felices.

A partir del momento en que llegamos a vislumbrar el mundo de la visión (nótese aquí hasta qué punto oscurece las cosas el lenguaje convencional: NOSOTROS como si fuésemos el centro de la actividad VEMOS lo que es el centro de la actividad: pura VISIÓN. De hecho, es la VISIÓN la que nos crea a NOSOTROS. ¿Hay algo cierto?). En cuanto hemos llegado a vislumbrar el mundo de la visión, hemos de cuidarnos de no pensar que el mundo de la visión somos nosotros. Hemos de llegar más lejos, estar más locos incluso.

No tenía suficiente comida, de modo que empecé a trabajar en una panadería hippie.

Era el año 1977.

No me permitían preparar comida ni tomar decisiones. Mi trabajo consistía en ir dándole a la gente el pan o las galletas que me pedían y recoger su dinero. También hacía zumos vegetales, emparedados con rebanadas de pan sobre las que extendía tofu y diversas verduras.

No soy nadie porque trabajo. Tengo que fingir que me gustan los clientes y que me encanta darles galletas o lo que sea, por muy mal que me traten.

(En una panadería del East Village).

Señora Gorda: ¿Qué ingredientes tiene ese pastel?

Repugnante Dependienta Despistada: Un poco de aceite de coco y de harina de trigo, malta de cebada, agua y semillas de sésamo.

Señora Gorda: ¿Y esa harina de trigo no tendrá abonos químicos?

Repugnante Dependienta Despistada: Ninguno de los ingredientes que utilizamos tiene abonos químicos.

Señora Gorda: ¿Qué es eso de la malta de cebada?

(Jaleo de diez clientes en el fondo. Un niño mugriento está tocando las galletas).

Repugnante Dependienta Despistada (que jamás adopta expresión alguna): Es un derivado del cereal.

Señora Gorda: ¿Y no ponen azúcar ni miel?

Repugnante Dependienta Despistada: No.

(El crío mugriento agarra un par de galletas de avellana y sale corriendo).

Señora Gorda: ¿Y qué ingredientes tienen esas galletas de ahí?

Repugnante Dependienta Despistada: Eso son galletas de girasol y arándanos agrios.

Señora Gorda: ¿Y esas llevan harina de trigo? (Un hombre de unos treinta años empieza a revolver una caja de pastelitos. La dependienta se vuelve y le dice: «Disculpe, señor, ahora mismo le atiendo»).

Treintañero: Quiero este pastelito.

Repugnante Dependienta Despistada: Se lo serviré en cuanto haya terminado de atender a esta señora.

Señora Gorda: ¿De qué está hecha esta galleta? (Vuelca la bandeja).

Repugnante Dependienta Despistada (volviéndose rápidamente hacia ella): Está hecha de harina de avena con bayas de arce. (Dirigiéndose al treintañero). Ahora mismo le atiendo.

Treintañero (sollozando): Cada vez que vengo a esta tienda no hay modo de que nadie me preste atención. Antiguamente no era así, venía aquí, me sentaba y hasta charlaba un rato. La gente me atendía bien. (Se va sollozando sonoramente).

Señora Gorda: ¿Y esta otra galleta? Tengo que ir con mucho cuidado. El médico me ha dicho que no puedo comer nada dulce.

Repugnante Dependienta Despistada: Es de algarroba.

Señora Gorda: Entonces seguro que tiene azúcar.

Una Chica Rica: Solo quiero esta tartita. (Agarrando una tartita de cacahuetes y rompiendo el estante). Tenga.

Repugnante Dependienta Despistada (cogiendo las monedas y devolviendo cinco centavos): Serán cuarenta centavos. Gracias. (A la Señora Gorda). Solo usamos malta de cebada, y en las galletas y tartitas donde pone arce ponemos jarabe de arce.

(El dueño sale de la trastienda y le dice a la dependienta que tiene que trabajar más aprisa. ¿Por qué hay tantos clientes haciendo cola? La ha contratado para TRABAJAR. No tiene estos problemas con ninguno de los demás empleados).

Señora Gorda: Bueno, ¿de qué es esa tartaleta?

Repugnante Dependienta Despistada: Es de cacahuete.

Señora Gorda: ¿No tiene nada de azúcar?

Joven Delgada y Diminuta: Quiero diez barras de pan de arroz, una docena de tartaletas, tres docenas de galletas variadas, dos zumos de verduras y dos emparedados envueltos para llevar. Tengo prisa.

Repugnante Dependienta Despistada (a la Señora Gorda): ¿Quiere alguna galleta, señora?

(Mientras cinco clientes cogen galletas por su cuenta, un sexto cliente se monta encima de los hombros de los otros para coger tartaletas. Todos los estantes se hunden).

Señora Gorda: Oiga, señorita. Quiero esa tartaleta de ahí. (Señala una tartaleta con semillas de adormidera que se encuentra sepultada bajo un cuerpo que, víctima de la contusión producida por el desplome de los estantes, ya es cadáver).

Debido a que trabajo, no soy nadie. La panadería tiene muchos clientes. Los hippies tienen ideales y venden baratas unas galletas muy buenas. En cuanto me atrevo a tomarme el tiempo suficiente para pensar algo, para observar un sentimiento, generalmente el odio, en el momento en que se está formando, para dejar que descanse mi dolorido cuerpo, entra algún cliente.

Era, leí, como si hubiese surgido de repente ante mí un hombre que, en su rebelde y apasionada juventud, había sido el ídolo de Madrid y un grave motivo de preocupación y desconsuelo para sus padres. Aquel hombre se llevó, por la fuerza, a una monja que vivía en un convento, granjeándose así la enemistad de la Iglesia y las antipatías de su soberano. Aquel hombre había seguido los dictados de su deseo sin tener en cuenta nada más, y había sobrevivido. Y había llegado a ver. A ver la pena. En eso consiste la visión. Sacrificó toda la fortuna que poseía en Europa al servicio de su rey, combatió contra los franceses, y al final una proclama especial puso precio a su cabeza. Conoció la pasión, el poder, la guerra, el exilio y el amor. Una vez repuesto en el trono, el rey supo darle las gracias, y fue honrado por su sabiduría, y aplastado por el dolor que le produjo la muerte de su joven esposa.

Un hippie parisino de veintiséis años, que hablaba con acento inglés, trabajaba en el mostrador con la Repugnante Dependienta Despistada. El hippie jamás daba golpe porque ella tenía que pasarse todo el tiempo tratando de conseguir que los clientes la ayudaran a saber qué podía hacer con su vida y cómo podía ser creativa.

—¿Por qué le sonríes a todo el mundo? —le preguntó el hippie a la Repugnante Dependienta Despistada, mientras esta hacía desesperados esfuerzos por terminar de leer una página.

—¿Y por qué no debería sonreír?

—¿Verdad que no todo el mundo te cae bien? Si no tienes ganas de ser amable con la gente, no lo seas.

—¿Qué tendría que hacer?

—Haz lo que te salga de dentro. No seas hipócrita.

—No me sale nada de dentro. —La Repugnante Dependienta Despistada tenía ganas de matar a aquel estúpido hippie.

—Entonces no dirijas esas sonrisas a los clientes.

—Me pagan para que sonría.

—Actúas de forma hipócrita, Janey. Eso te pasa porque te riges por criterios masculinos. Fíjate en mí. No sonrío si no me sale de dentro, y jamás hago el menor esfuerzo por nadie.

Justo en ese momento entró en la tienda un apergaminado cincuentón.

—¿Me da un vaso de zumo de heno?

Repugnante Dependienta Despistada: Desde luego, señor. (Rodea corriendo el mostrador para coger un vaso de papel, regresa corriendo hasta detrás del mostrador, se arrodilla para sacar el zumo de la nevera, se pone en pie para servir el zumo con la jarra, se arrodilla para guardar la jarra, vuelve a ponerse en pie). Ahí tiene, señor.

Cincuentón Apergaminado: ¿Sabía usted que este zumo aniquila todas las enfermedades del mundo, con tal que se tome la cantidad suficiente? Mata el cáncer. En la Biblia, Nabucodonosor comía heno, y eso bastaba para curarle de todo.

Joven Judía Tipo Putón (que ha entrado en la tienda mientras la Repugnante Dependienta Despistada hacía sus carreras para servir el zumo. Muy próxima a la Repugnante Dependienta Despistada): ¿Y usted a qué se dedica?

Repugnante Dependienta Despistada: ¿Cómo que a qué me dedico?

Joven Judía Tipo Putón: ¿Qué más hace para ganarse la vida? ¿Es usted puta?

Repugnante Dependienta Despistada: No. Voy a la escuela.

Delgadísima Hippie Rubia: Quiero esa tartaleta y esa otra y dos de aquellas, ¿y es tierna esa?, también la quiero. Y un pan redondo. (Cuando la Repugnante Dependienta Despistada se encarama para coger el pan). ¿Te gusta tu trabajo?

Repugnante Dependienta Despistada: No está mal.

Delgadísima Hippie Rubia: ¿Qué pasa con este trabajo? ¿No estás contenta?

Repugnante Dependienta Despistada: No siento precisamente una gran pasión por esto de pasarme cuatro horas al día dando galletas y panes y cobrando. Pero no está mal.

Delgadísima Hippie Rubia: Si te interesaras más por la panadería, entraras a ver cómo se hacen las galletas, hablaras más con los clientes, tal vez te gustaría más este trabajo.

Repugnante Dependienta Despistada: Cuando estoy aquí me pagan para que atienda a los clientes, y no tengo tiempo libre para nada más. Tengo que hacer los deberes.

Delgadísima Hippie Rubia: Ya. Vas a la tuya. (Cuando la Delgadísima Hippie Rubia sale de la tienda, el Hippie parisino dice: «Eres una maleducada»).

Repugnante Dependienta Despistada: ¿Por qué soy una maleducada?

Dependiente Hippie Parisino: Tú sabrás.

Repugnante Dependienta Despistada (presa del pánico): Pues no lo sé. ¿Por qué soy maleducada?

Dependiente Hippie Parisino: Simplemente, porque no eres amable.

Repugnante Dependienta Despistada: Mira, ya que tenemos que trabajar juntos, deberíamos llevarnos mínimamente bien. No puedo consentir que me insultes por las buenas.

Dependiente Hippie Parisino: Parece que no te gusta jugar a estas cosas, ¿eh? (Se aleja de la Repugnante Dependienta Despistada).

A partir de entonces, toda la gente de la tienda me evitó. Yo era una epidemia y estaba rodeada por un enorme círculo de vacío. Cuando había algún otro dependiente trabajando conmigo, se retiraba a la trastienda en cuanto me veía.

Tenía que encargarme yo sola de todos los clientes. Mi padre dejó de mandarme dinero. Tuve que trabajar siete días a la semana. Ya no tenía ningún sentimiento. Había dejado de ser una persona real. Si dejaba de trabajar aunque solo fuera un segundo, el odio que sentía era incontenible. Podía reventar de odio. El odio que emerge así es como una bomba.

Lo que más odiaba era haber dejado de tener sueños o visiones. No es que el mundo de la visión, el mundo de la pasión y la rebeldía, hubiera dejado de existir. Siempre existe. Pero cuando permanecía despierta estaba alejada de los sueños. Era una psicótica.

Salí de mi cochambrosa escuela. Ya era de noche. Iba corriendo porque llegaba tarde a la panadería. Tropecé.

—Ja, ja, ja. —Rieron unos chicos a mi espalda. A tomar por saco.

—Solo porque antes era de LOS ESCORPIONES esa se cree que es muy dura. —Gruñó un estúpido mascachicles—. Ahora se dedica a vender galletitas de mierda al primer gilipollas que se lo pide. Seguro que tiene el coño cosido.

Lo hice. Seguí corriendo para no llegar tarde.

—Ven aquí.

Seguí corriendo.

—Eh, tú, ven. —Me agarraron del hombro—. Mírame. —Mientras una mano me hacía dar la vuelta, otra mano me levantó la barbilla para que mis ojos viesen un par de ojos chinos de color gris y una nariz larga. Debido a la oscuridad, eso fue lo único que vi.

—No les hagas caso. Jamás en la vida han usado la polla. He oído decir que te acuestas con todo el mundo.

—Antes sí, pero ahora ya no. ¿Quién eres tú?

—Je, je, je. —Su sonrisa tenía un tono burlón—. He oído decir que ni siquiera te importaba saber cómo se llamaba el tío que te follaba.

—¿Qué quieres de mí?

—Quiero meterte la polla entre las piernas.

—De eso nada. —Había vuelto a adoptar el tono de mis días con LOS ESCORPIONES. Y notar su mano subiendo y bajando por mi rígida espalda hizo que se me mojara la entrepierna.

—¿Que no? ¿Que no? —Me hablaba en la mismísima oreja—. ¿Y a quién le dices que sí? ¿A un chico que te espera en casa? ¿Y crees que te follará mejor que yo? —Sus palabras sonaban cada vez más próximas, más obscenas—. Ahora mismo te vienes conmigo.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Tengo que trabajar.

—¿Qué coño dice esa zorra?

—¿Por qué no le das una buena paliza, Tommy?

—Dale un directo al estómago.

—Les gustas a mis amigos, ¿sabes? —me susurró el tipo al oído, empujándome y haciéndome caminar—. Tú y yo nos lo vamos a pasar de puta madre.

—Mira, no puedo acompañarte. No soy lo que crees. Si me quedo sin trabajo estoy perdida. No voy a echar a perder mi vida por un polvo.

Los labios del tipo se acercaron a los míos. Su lengua se metió en mi boca y cubrió mi lengua. Sus manos eran enormes insectos recorriéndome la espalda.

Supongo que transcurrió mucho tiempo, pero no me enteré.

—¿Qué?

—Pues… —No sabía qué hacer—. Si me voy contigo, echaré a perder nuestra amistad.

Su mano acercó mis labios a sus labios hasta que me empezó a follar la boca con su boca. Era una fuente. Yo le apartaba a empujones.

Él alzó la cabeza:

—Tú decides. —Me dijo.

Me fui con él y ya no me importó una mierda nada que no fuera él.

El amor me devolvió al mundo del delito. Tommy y yo nos dedicamos a secuestrar niños. A ensuciar las paredes de las casas. A llevar armas peligrosas y a usarlas. Hicimos todo lo que pudimos por aturdir nuestra conciencia y actuamos con la mayor brutalidad posible. Nos cagamos por la calle. Atacamos a desconocidos con botellas partidas. Golpeamos a la gente en la cabeza con objetos duros. Pateamos en los huevos a los tíos que nos encontrábamos por la calle. Provocamos peleas y disturbios.

Casi no podía soportar tanta felicidad. La sexualidad me enloquecía más que la delincuencia. Empezaba a correrme en cuanto él me tocaba: me corría solo con que me tocara los pezones. No podía dejar de precipitarme hacia él como un volcán sobrecargado…

Seguíamos sin sentir ninguna emoción, pero por debajo…

Es difícil ir más allá de la sexualidad:

Tengo las piernas abiertas. Las rodillas levantadas. El chocho abierto. Una mano en el clítoris.

Alzo la pierna izquierda. Tengo la pierna derecha doblada, en horizontal. Una mano bajo la pierna izquierda; el dedo corazón metido hasta el fondo en el coño.

Piernas abiertas, el culo para arriba. Los dedos corazón y anular, una V que abren bien abierto el coño.

Tommy era un ESCORPIÓN.

Era un delincuente intelectual.

Creía que sus planes funcionaban, y funcionaban.

No veía ninguna realidad más allá de sus planes.

Era demasiado listo para creer en sus propios planes.

Absolutamente enloquecido de miedo en la negrura FUGADO.

Todos los chicos de los ESCORPIONES se FUGABAN de casa.

Por eso odiaban a las mujeres.

Dependían de la delincuencia y la delincuencia les volvía estúpidos.

MÁS ALLÁ DEL DELITO, DE LOS SUEÑOS, DEL SEXO: DESASTRE

Una conversación entre Tommy y Janey antes de que llegara el desastre: desastre más allá de la FUGA:

Tommy: ¿Crees que hay algún para-siempre?

Janey: ¿Alguna cosa que dure siempre? (Piensa). Claro. Todo dura siempre.

Tommy: ¿Qué?

Janey: El amor solo se pierde cuando pierdes la cabeza y te conviertes en otro.

Tommy: Ya no hay verdades. Nada se tiene en pie.

Janey: Tienes un cerebro repugnante, y no porque tengas esas ideas, esa forma de juzgar las cosas, sino porque dependes de ellas. Sabes que tus planes no son reales. Eres un chico listo. Solo ves la nada por todas partes.

Hay un mundo delante mismo de tus ojos. No es el dinero, el mundo de la acción alienada. Cualquiera puede hacer lo que quiera. Todo es libre, absolutamente todo. A la brillante luz del sol. Los hechos brotan… No sé lo que me digo, necesito dinero. Tengo que estrecharle la mano al mundo de la muerte y el mundo de la muerte está matando a los hombres…

Tenemos que llegar a un punto en el que podamos estar juntos…

No puedo llevarte, Janey. No quiero saber quién eres.

Pero si no estamos juntos, no seremos capaces de sobrevivir. Esto no es una novela. Se trata de que tú y yo estamos enamorados.

No.

NO al lenguaje no a todo excepto al dinero-trabajo al que me veo obligada

sentada sola en esta habitación cómo se abre un libro,

el objeto el acontecimiento no un enorme jodido NO

y solo por el NO llegas a entender

Tommy y yo estamos juntos.

Nos fuimos al club de rock a eso de la una. Parecía que hubiese una guerra.

Habíamos oído decir que un grupo de rock llamado THE CONTORTIONS iba a tocar en un pueblo de campesinos pobres, en Nueva Jersey, y el cantante, que era blanco, se creía que era James Brown. El resto del grupo estaba tan borracho que no pudo impedir que los campesinos apalearan a Brown.

James Brown se arrastraba como un crío de meses por el suelo.

Los campesinos se la cascaban en un rincón.

James Brown se arrastró hasta la bota de un campesino.

El campesino, confundido, saltó por encima de James.

Todos los presentes empezaron a pegarse los unos a los otros.

Oí las sirenas de la pasma.

Salí corriendo.

Me seguía el resto de LOS ESCORPIONES.

Nos montamos en la furgoneta.

Luces verdes y rosas lanzaban destellos, brillaban luces de neón amarillas y violetas.

Las luces brillantes eran cada vez más densas.

Nosotros íbamos más rápidos.

—Eh —dijo Sally—, písalo a fondo.

—¿Eh?

—Nos sigue la pasma.

Él pisó a fondo.

—¿No puedes correr más?

Él condujo más rápido incluso.

Oí claramente las sirenas de la pasma.

—Chúpame las tetas. —Greaso se inclinó hacia un lado y le chupó las tetas a Sally sin dejar de conducir.

—Vigila, Greaso.

Las sirenas de la pasma sonaban más fuerte.

El pie de Greaso pisó a fondo todo el rato.

Estábamos en una zona completamente oscura de Newark.

Una lucecita roja apareció en la oscuridad.

La luz roja fue haciéndose más grande.

No recuerdo el choque. Murió todo el mundo, con la sola excepción de Monkey, que tuvo daños cerebrales, y yo. Durante varios días estuve flotando en un sueño.

La oscuridad que ahora veo por todas partes procede de unas necesidades pervertidas por no realizadas. Esto es lo que veo. No podré seguir fingiendo que el mundo no es horrible. Un miedo abrumador me separa de lo que veo. El miedo abrumador me convierte ahora en parte del mundo de la muerte.

La chica empezó a huir de la muerte…

Abandonó la escuela y se fue a vivir al East Village…

Fragmento del libro Aborto en la escuela. Kathy Acker. Editorial Anagrama. 2019. Traducción de Antonio Maurie. Publicado con autorización de sus editores.  




 

***
Kathy Acker (Nueva York, 1947-Tijuana, 1997). Novelista, ensayista y dramaturga, construyó una obra personalísima y renovadora a base de sintetizar influencias tan diversas como las de la narrativa de William S. Burroughs, Marguerite Duras o Gertrude Stein, el nouveau roman, la French Theory, el feminismo, la filosofía, el misticismo y la pornografía. Licenciada en Escritura Creativa por la Universidad de San Diego y con estudios de griego y literatura clásica, vivió entre Estados Unidos e Inglaterra y trabajó como administrativa, secretaria, stripper, performer porno y profesora de universidad. Entre sus títulos destacan Great Expectations (1982), relectura libérrima y subversiva del clásico de Dickens; el consagratorio Aborto en la escuela (1984); Don Quijote, que fue un sueño (1986) o El imperio de los sinsentidos (1988).






 

[ir a la portada de Tachas 671]